Siento la vibración de las ruedas del tranvía contra los rieles. No sé cuántas paradas llevamos, pero algo me dice que me acerco a mi destino. Los demás pasajeros se ven tranquilos, distraídos con algún artículo de los comunicados oficiales del régimen: algún disidente encarcelado, algún ajuste presupuestario, un nuevo monumento inaugurado. Siempre parecen las mismas noticias, o eso recuerdo de lo que una vez vi en ellos. Mis manos tiemblan; debe ser el frío. Las meto en los bolsillos y toco la tela del forro de mi abrigo reglamentario. Es el uniforme que he vestido desde que recuerdo, y mis manos ya se habituaron a la textura del paño del abrigo y al casimir del uniforme.
Un sonido me saca del letargo. Es una mujer llorando. Mis piernas me dicen que me levante y vea si todo está bien, pero mi asiento está cómodo y el cuero guarda un poco de calor. Que se encarguen de ella los de bienestar poblacional: no es común ver a un ciudadano quebrarse así, no es normal que alguien llore en la calle o en el tranvía. Justo como imaginaba, ahí están los agentes del orden y dos agentes del Ministerio de Bienestar, de su división, la Dirección General para la Optimización del Vigor Ciudadano y la Estabilidad Emocional. Se llevan a la mujer a otro vagón, un poco más alejado. No es mi problema, no es asunto mío ni mi jurisdicción. Mi trabajo es investigar las anomalías poblacionales, y a eso me dirijo.
Siento la vista cansada; debe ser lo pesado del aire aquí, en la zona industrial. Ya debo de estar cerca. Me froto los ojos con las palmas y noto la resequedad de los párpados, tan presente como si jamás hubiera tenido lágrimas.
—Es el hollín, camarada investigador —me dice la mujer del asiento contiguo, con una sonrisa seca pero sincera—. Cuando me pasa, cierro los ojos y trato de no abrirlos hasta llegar a mi destino.
Sus palabras suenan cálidas, en contraste con el frío incesante que me hacía temblar las manos antes de esconderlas en los bolsillos.
—Gracias, camarada —respondo mientras me quito el sombrero gris, que también forma parte de mi uniforme, y reclino la cabeza contra el cuero del respaldo.
Cerrar los ojos me da un poco de alivio. Comienza otro sueño, un reflejo de mi mente tras tantos casos y turnos consecutivos en el ministerio. Veo de nuevo la figura masculina del sueño anterior, pero esta vez no está en la oscuridad abierta de antes: se encuentra en lo que parece una bodega. Ya no retrocede, ya no tiene las manos en alto, ya no se mueve. Solo lo veo, como si yo lo arrastrara por unos pasillos entre anaqueles llenos de cajas.
El rechinar de los frenos del tranvía me saca del sueño. Vuelvo a frotarme los ojos y me pongo el sombrero con torpeza. Un sueño que debía ser reparador y que solo me deja más agotado y cada vez más desconcertado. Me pongo de pie y mis piernas aún tiemblan por el frío. El régimen debe de estar ahorrando en calefacción, y por eso los carros de la red de transporte colectivo se sienten cada vez más fríos. Es incómodo, pero todo forma parte del plan de ahorro energético de los afiches pegados en las paredes del carro.
Camino hacia la salida y el inspector del tranvía me saluda llevándose la mano a la boina y asintiendo con la cabeza.
—Buen viaje, oficial —dice, mientras ayuda a una anciana con su equipaje.
La estación se siente cálida, agradable, acogedora. Podría quedarme aquí a descansar del frío del exterior, pero debo cumplir mi labor: las cuentas deben cuadrar y mis reportes deben llegar; el ministerio lo demanda. La estación es un edificio largo y gris, como todo, pero con la elegancia del concreto y la eficiencia de nuestros ingenieros. Cada cosa en su lugar es el lema de los cuerpos de ingenieros del Ministerio de Infraestructura Monumental y Estética Colectiva, los hombres del casco, como les dicen a modo de broma allá en mi ministerio. Las bancas están llenas de pasajeros que esperan sus respectivos transportes. Todos parecen bastante calmados, supongo que por el ambiente cálido de la estación; ojalá que al salir y abordar no les llegue el frío hasta la médula.
Salgo de la estación con rumbo al lugar indicado en la hoja de reporte de la anomalía. Antes de cruzar la salida veo un arco donde debería decir el número del sector, el 89. No logro enfocarlo ni leerlo por el ángulo en que se encuentra, pero sé bien que es el sector donde debo estar.
Las calles están vivas, como siempre. Numerosas personas caminan hacia sus turnos de trabajo y otras leen los boletines oficiales mientras se acercan a los calentadores de carbón que el régimen puso a disposición del pueblo para que no se congele. Los vehículos van y vienen por las calles adoquinadas del centro del sector 89. Todo parece normal: la anomalía debe de ser nueva, o los ciudadanos ya habrían leído acerca de ella en los boletines y la comentarían por todos lados. Es algo que mi ministerio cumple al pie de la letra, la discreción operativa institucional, de la que hace gala cada trabajador de campo como yo.
Me acerco a una pareja que conversa en la entrada del callejón hacia el que me dirijo. El hombre me sonríe y me saluda con el sombrero; la mujer me guiña el ojo. Ambos se hacen a un lado para dejarme pasar y, cuando lo hago, retoman su conversación.
—Como te decía —dice el hombre—, he escuchado que hay ajustes en el 233 y otros en el 144, allá arriba, pero son solo rumores…
No alcanzo a oír más, porque ya estoy lejos, pero noto cierta preocupación en la voz del caballero. De no tener tanto que hacer, me detendría para informarle que cada ajuste está debidamente planificado y procesado de la manera más conveniente para cada habitante de nuestra ciudad, y que no hay nada de qué preocuparse. Pero será en otra ocasión: por ahora, debo llegar al lugar de la anomalía.
Llego a un edificio de bodegas, un anexo de los archivos de la Oficina de Inspección y Revisión. Me resulta familiar, pero no recuerdo haber estado nunca en él. Al acercarme a la escena, uno de los agentes del orden me entrega un formulario que firmo sin leer: son protocolos, nada más, y conozco bien esos formularios, parte de las formalidades al tomar el caso. Un cordón de agentes retiene a unos pocos curiosos. Me abro paso entre ellos y ahí está, la anomalía.