La Proporción De Oblvion

Capítulo 2: El Caso 89

Ahí está la anomalía, un hombre de edad avanzada, con un semblante de evidente cansancio por la experiencia que te dan los turnos consecutivos, cuidadosamente posicionado de rodillas con las manos a los lados sosteniendo sus propios ojos. En lugar de sus ojos, en las cuencas vacías, unos rollos de papel para la etiquetadora mecánica que utilizan los revisores de productividad en estas zonas, esos inspectores de obras que sellan las hojas de reporte de los operadores, y su respectivo sello, con el que autoriza o rechaza la producción del turno, colocado de pie con la goma para abajo justo enfrente del cuerpo sin vida del revisor. El uniforme está gastado por el uso y por la lluvia, pero los zapatos conservan un brillo impecable.

—¿Quién encontró el cuerpo? —pregunto al agente que está de pie al lado de una estantería llena de productos defectuosos.

—Su compañero, el otro revisor en turno —responde con calma el agente.

—Lléveme con él, camarada, necesito su declaración —ordeno, y el agente solo se da la vuelta y me hace con la mano un gesto para que lo siga.

Caminamos entre los pasillos llenos de estanterías, cada vez las siento más familiares, como si yo mismo las hubiera recorrido con anterioridad, pero es imposible, yo nunca había estado en este lugar. Camino entre los anaqueles donde los reportes se almacenan y llego a una oficina llena de polvo, con un aroma a óxido y humo de tabaco, y mis ojos empiezan a llorar por el humo ahí acumulado.

En una silla de oficina de cuero falso, desgastada y sucia por el hollín, está sentado el testigo que encontró el cuerpo del revisor. Es un hombre que se me hace extrañamente conocido, sin embargo sé muy bien que jamás lo había visto. Está terminando su cigarrillo y lo deja en el cenicero.

—Ahí estaba, lo encontré tal y como estaba —repite el testigo.

Un revisor con su uniforme desgastado y sucio pero manteniendo el calzado lo más pulcro posible, su cabello está lleno de canas pero su rostro no se ve tan castigado por tantos turnos y tanto agotamiento, sin embargo su voz denota que el hollín y el polvo finalmente ganaron la batalla contra su bienestar físico. Saco mi placa para presentarme y me interrumpe.

—Ya sé lo que va a preguntar, camarada investigador, yo no le hice nada a mi compañero, nunca le haría daño a nadie —repite el hombre, perdiendo los estribos.

—Cierre la boca, camarada —le recuerda uno de los agentes del orden—, no se está comportando a la altura —dice el otro agente, a la par mía.

—¿Vio a alguien salir de aquí, o vio algo más al encontrar el cuerpo de su compañero? —pregunto con una voz seca y rasposa.

El humo finalmente me está haciendo mella y mis deseos por fumar aumentan, pese a que no recuerdo haber probado nunca un cigarrillo. Ese aroma dulce pero tóxico de la grasa industrial y el hollín me causa náuseas, y el humo y el ambiente me irritan los ojos, que cada vez se sienten más resecos, y el ardor es insoportable. El agente del orden me pasa un formulario con la información del revisor y, pese a no ver los datos por la irritación de los ojos, solo firmo con prisa y devuelvo la tablilla con gancho donde estaba el formulario. Uno de ellos me ve y dice:

—¿Está bien, camarada?

Yo solo asiento con la cabeza, sin embargo el dolor me hace ver manchones blancos por todos lados y un punzante dolor de cabeza empieza a sentirse en mis sienes. Necesito salir de este sector pero debo hablar con otros testigos o posibles transgresores. Busco una silla donde sentarme, mis piernas se sienten entumecidas.

—Muchos turnos causan eso, sé reconocer los síntomas —me dice uno de los operarios, que fue enviado al escritorio donde me senté para que pudiera continuar con mi investigación—. Estas zonas causan eso, y si uno no está acostumbrado, las molestias se vuelven cada vez más severas. Tome, camarada —me dice mientras me da un vaso con agua fresca—. El secreto es mantenerse hidratado.

Lo dice con una sonrisa amable y auténtica.

—Gra… gracias —digo con dificultad.

Mi garganta se siente en llamas y el agua parece comenzar a aliviar mis molestias. El operario me ve y asiente, reconociendo mi alivio, que se hizo muy evidente en mi semblante.

—Por favor, tome asiento, camarada —le digo al operario.

Él toma asiento con algo de dificultad, parece que sus piernas también están entumecidas por múltiples turnos de pie y sin descanso.

—¿Conocía al revisor? —le pregunto, recobrando mi rostro burocrático.

—Sí, camarada. Él revisaba nuestras actividades y llevaba varios turnos supervisando. Era conocido por sellar las formas sin revisarlas, es por eso que la calidad de la producción ha disminuido y muchos han sido reasignados, hasta hubo uno que, cuando le llegó el papel, le levantó la mano a su supervisor, pobre diablo, y desde entonces no se le ha vuelto a ver por aquí. No me extraña que tuviera enemigos, dentro de la fábrica o en las bodegas, donde solía saltarse algunos turnos para venir a dormir mientras los demás camaradas y yo nos sentábamos a descansar —dice mientras saca un cigarrillo.

De nuevo el maldito humo, digo para mis adentros.

—¿Le molesta si fumo? —pregunta el operario.

—Adelante —le autorizo mientras respiro profundo—. ¿Cree que alguien de los que fueron reasignados podría ser el responsable de esta anomalía?

—Es muy probable, camarada investigador, ese hombre tenía muchos enemigos, su única labor era revisar los documentos y siempre los firmaba sin ver. Como le decía antes, eso causó muchas reasignaciones injustas y arbitrarias.

Levanto mi mano.

—¡Camarada! —interrumpo al operario—. Cada reasignación tiene un sentido más allá de una vendetta contra operarios ineficientes. El ministerio no comete errores —lo reprendo.

El operario ríe.

—Camarada, espero que esté en lo correcto —me dice con un tono burlón.

—Recuerde su bienestar —le digo con seriedad—. Y apague ese maldito cigarrillo —le ordeno, mientras se levanta y se retira.




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