La Proporción De Oblvion

Capítulo 3: Los archivos y el Archivador

Las calles están frías. Sigo navegando entre mis pensamientos, tratando de imaginar quién podría ser capaz de semejante barbarie contra un camarada. El régimen no permite el asesinato; es un término innombrable. Una disputa en un callejón, alguna riña que terminó mal: eso es lo que existe. Pero esto es barbarie, una anomalía sobresaliente, como la llamarían en el ministerio. Hubo saña y toda la intención de dejar un mensaje a los compañeros del pobre revisor: no firmes sin ver lo que firmas.

Qué ironía, con mi situación actual. El agotamiento me ha tenido firmando sin leer, solo por memoria y porque conozco bien los formularios; tampoco he leído con atención los reportes. Pero no puedo retrasar más la investigación, y menos reportarme al centro de bienestar más cercano para que me revisen los ojos. El ministerio no tolera esas demoras y los números deben cuadrar.

Por fin llego al edificio de los archivos del sector 89. La placa está muy en alto y no se distingue, pero sé que ahí, en números dorados, está el 89. Debería decir también Archivos Centrales de la Oficina de Inspección y Revisión, pero la lluvia me impide distinguir lo que dice. Dentro del edificio, la limpieza de los centros del régimen es impecable y el ardor de los ojos mengua un poco. Este debía ser mi primer destino al bajar del tranvía, pero primero tenía que ver la anomalía. Aquí encontraré las respuestas que busco.

Me dirijo a la recepcionista, que debe anunciarme al camarada supervisor en jefe y al archivador de la oficina.

—Señor, lo busca un investigador del Ministerio de Registro de Datos y Corrección de Desviaciones Estadísticas. ¿Lo dejo pasar? —dice ella por el intercomunicador.

—¡Claro que sí! ¡Que se reporte de inmediato en mi despacho! —ordena la voz al otro lado.

—Enseguida —responde la recepcionista. Y a mí—: Pase adelante, camarada.

Su sonrisa deja ver el agotamiento, aunque su belleza opaca las arrugas que el maquillaje y este sector contaminado han dejado en su rostro. Su uniforme está impecable; la placa con su nombre me resulta ilegible por la posición en que la lleva, así que solo digo:

—Gracias, camarada.

Avanzo por los pasillos. El aroma a limpiador industrial y a humo de cigarrillo lo inunda todo, y las bancas de descanso se ven casi nuevas, como si nunca se utilizaran. Este tipo de edificios recibe pocos visitantes, y cada camarada tiene su propio despacho, salvo las mecanógrafas, que redactan los informes que inundan las bandejas del Ministerio Central de Trabajo y de todos los demás ministerios que necesiten recibir estos reportes de productividad y desarrollo. Cada oficina tiene su propio oficinista revisando datos y estadísticas de cada operador reportado por los supervisores. Aquí voy a encontrar las respuestas que necesito.

Llego a la oficina del archivador, que está reunido con el supervisor en jefe.

—Adelante, camarada investigador. Recibimos las órdenes del ministerio, y el reporte que necesita está sobre aquel escritorio —dice el archivador.

—También necesito los datos de la fábrica donde encontraron el cuerpo y los registros de los trabajadores que llegaron de otros sectores junto a la víctima. Quiero confirmar a todos los que fueron reasignados con él —solicito.

El supervisor en jefe y el archivador cruzan miradas y asienten al mismo tiempo, con un gesto cómplice que despierta mis alertas. Sin embargo, sé que es por el hermetismo de cada ministerio: pedir información sin la forma oficial causa este tipo de efectos. Hay un debido proceso para todo, y acabo de solicitar algo que parece incomodar a estas autoridades.

—Está bien —dice el supervisor en jefe—. Le daremos lo que solicita.

El archivador se pone de pie y se dirige a los archivos principales de la oficina. El supervisor en jefe también se levanta.

—Claro que sí, camarada. ¿Le ofrezco un poco de agua, o prefiere algo más fuerte para este frío?

—¿Disculpe? —digo, pensando que ha habido un malentendido.

—Sí, camarada: usted me preguntó si tenía algo de beber, y yo le respondí.

Debo confesar que lo estaba pensando, pero no quise contradecir a una autoridad. Así que acepto el agua. Debo de haberlo preguntado en voz alta sin darme cuenta; el cansancio ya me está jugando malas pasadas. Cuando termine este caso me reportaré al centro de bienestar más cercano y tendré un buen descanso. Es todo lo que necesito para quedar como nuevo.

La asistente del supervisor llega con un vaso de agua. Su uniforme impecable le sienta bien a su figura.

—Gracias —le dice el supervisor.

Ella asiente y se retira del despacho, no sin antes dedicarme una cálida sonrisa. Al salir deja una estela de perfume, dulce y demasiado intensa para este aire, que me aturde, hasta que la voz del supervisor me devuelve a la sala.

—Camarada investigador, quiero preguntarle algo, pero quiero que sea extraoficial —dice el hombre.

Cuando entré, su uniforme se veía impecable; ahora lo veo desgastado y sin brillo, casi como si fuera otro distinto.

—Adelante —respondo, con la solidez de la voz que siempre me ha caracterizado.

—¿No siente que a veces algo no está bien, como si el aire fuera diferente? El ambiente se siente más pesado.

—Camarada supervisor, con todo respeto, no estoy autorizado a responder ni a confirmar si hay alguna anomalía ambiental. Eso corresponde al Ministerio de Asuntos Ambientales y Climáticos; yo soy de otro ministerio —respondo con frialdad.

—Lo sé, camarada, pero personalmente, ¿no ha sentido que algo está fuera de lugar? —dice, con cierta preocupación en la voz—. No lo sé, solo que no me siento cómodo con el mundo tal y como está.

—Camarada supervisor —respondo—, debemos confiar en el régimen, que todo lo sabe y todo controla, y que administra con abundancia. Le recomiendo no exteriorizar esas incomodidades con ningún otro oficial, o podría ser reasignado.

Le devuelvo el mismo tono de preocupación, pero procuro ser bastante claro sobre la rigurosidad del régimen y lo poco tolerante que puede ser ante la duda.




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