Trato de enfocar, pero los datos de los supervisores me resultan ilegibles: las letras bailan frente a mis ojos. Supongo que el cansancio me está llevando a un punto crítico, a un lugar sin retorno. Decido ignorar los datos. Me parecen inútiles si pienso que los reportes solo van a incluir que todo está bien y que nunca fueron revisados sin ser sellados. Eso explica por qué el supervisor en jefe no creía que este libro fuera de utilidad, aunque yo quería intentarlo. Nunca pensé que mi creciente dolor de cabeza y el agotamiento fueran a sabotear mi investigación. Es un callejón sin salida, pienso mientras me froto los ojos y arqueo el cuello hacia atrás para estirarme. Mi lugar no está en despachos ni entre burócratas; está allá afuera. Intentar algo nuevo, como consultar registros, no me llevará a ninguna parte.
Me pongo de pie y devuelvo el libro al archivador.
—¿Fue de ayuda? —pregunta el hombre, con una preocupación sincera.
—No, camarada. Es un callejón sin salida —respondo mientras me pongo el abrigo y me preparo para salir.
—Eso quería explicarle, camarada. Estos datos son reportes y cifras que solo llegan al archivador en jefe, y luego él los convierte en un reporte centralizado que recibe el gran archivador. Ya sabe, es similar a como operan ustedes —dice con un tono académico, sin arrogancia alguna.
El camarada archivador me simpatiza, pero no quiero que piense que está fuera de sospecha. Decido solo asentir y ponerme el sombrero.
—Camarada investigador —dice el hombre—, creo que puedo ayudarlo. En el sector hay un hombre, un sindicalista que pretende operar entre las sombras. He oído hablar de él, y es muy probable que, si hay algún inconforme, él lo sepa y nos lleve en la dirección correcta.
—¿Nos lleve? —lo interrumpo.
—Sí, yo debo ir con usted, camarada —responde—. Este hombre solo responde a gente que conoce, y ya hemos cruzado palabras. Estoy seguro de que soy de ayuda.
—Está bien, vamos —digo, soltando una tímida sonrisa.
El archivador llega con su abrigo puesto. Se nota que su rango es superior al mío por lo brillante de su uniforme y lo impecable de su abrigo. No es alguien que haya estado en las fábricas y, sin embargo, me lleva a ver a alguien que podrá ayudarme. Salimos del despacho. La recepcionista no está; debe de estar en su descanso. Al salir, la lluvia nos recuerda el frío del sector, y el vaho que sale de nuestras bocas da fe de lo duro que es el exterior.
—Sígame, camarada —dice el archivador.
Asiento y comenzamos a andar. Dos agentes del orden caminan a cierta distancia detrás de nosotros; supongo que escoltan al archivador, como corresponde a su rango. Las calles siguen inundadas de ciudadanos, como siempre; la lluvia no detiene las actividades del sector. Mujeres van y vienen con bolsas de la compra, y hombres caminan llevando carretillas cargadas de materiales o llenan camiones para mover los productos a toda la ciudad. Un hombre nos devuelve la mirada con firmeza; toca el hombro de otro camarada que descansa a su lado y ambos sonríen al ver al archivador. Definitivamente el camarada es un hombre de despacho y llama mucho la atención.
Llegamos a un edificio sin rótulos, sin propaganda del régimen y sin ventanas. El archivador toca la puerta, que tiene una sola ventanilla angosta, horizontal y corrediza.
—Ya sé qué quieren, pasen adelante —digo en voz alta, y no sé de dónde sale eso.
El archivador se voltea.
—¿Disculpe?
—No, no, no hablaba con usted, camarada.
La ventanilla se abre.
—Ya sé qué quieren, pasen adelante —dice el hombre de adentro, y nos abre la puerta.
Pasamos a un pasillo oscuro y húmedo. El hombre nos recibe los abrigos y los sombreros y, después de colgarlos, nos señala el camino con la mano. Es alto y fornido, con el cabello rapado y cicatrices por toda la cara y el cuello.
—El jefe los espera —dice.
—Gra… gracias —responde el archivador, con la voz temblorosa.
No está acostumbrado a estos lugares; para mí son normales. Pasamos a una oficina oscura y cálida. Hay calentadores de suelo eléctricos y unas lámparas altas y grandes, de luz tenue. Un hombre regordete y bajito, con el cabello recortado a juego con su traje de mala calidad, que pretende pasar por alta costura como el de los altos mandos del régimen, nos extiende la mano.
—¡Camaradas! —dice, con una voz alta y rasposa de tanto fumar.
Su tos delata una pésima salud; definitivamente es alguien que no visita seguido los centros de bienestar.
—No es muy común que alguien esté enojado con los supervisores, y creo que sé a quién buscan —dice el hombre, aunque yo todavía no he hecho las preguntas.
Es normal que todo llegue a sus oídos, y por eso entiendo que sepa exactamente por qué estamos aquí.
—El hombre que buscan —dice el sindicalista, extendiéndome un sobre con un expediente—. El bastardo se fue del sector, y es posible que esté buscando otros sectores donde esconderse. Yo hablaría con los encargados del tranvía, para preguntarles si lo han visto.
Su aliento es asqueroso, pero la sangre en sus zapatos lo delata. Recibo el sobre con la mano izquierda y, con la derecha, saco mi arma reglamentaria. Mi mano la encuentra sin que yo se lo ordene, como si ya conociera el camino.
—¡No te muevas más, bastardo! —ordeno.
El hombre de la puerta entra al escuchar mi grito, enorme, con las cicatrices más rojas por la rabia, pero se detiene en seco cuando el cañón de mi arma lo encuentra a él también. El archivador, pálido como las hojas de sus archivos, retrocede hasta la pared y se queda ahí, con las manos en el pecho, como si fuera a rezarle al concreto.
—Ca… camarada, por favor, no dispare —dice el sindicalista con la voz temblorosa, y la tos, esa tos suya, le arranca un grito que se escucha hasta el pasillo—. No… no, por favor, se lo muestro, camarada, se lo muestro, el bastardo está aquí, nunca se fue del sector.