Quentin cruzó la puerta principal detrás de sus padres. Fiel a su modestia, su madre portaba un recatado vestido azul marino, adornada solo por un collar de perlas que llevaba generaciones en la familia.
Probablemente no había en la fiesta nadie que poseyera una mayor fortuna que los Schubert, al menos hasta que llegaran los reyes. Sin embargo, sus padres reprobaban la ostentación de lujos y preferían que la excelencia de sus caracteres fuera lo que les otorgara distinción.
Quentin no encontraba tan censurable mostrar un poco de la riqueza que tantos años de trabajo honesto les había costado amasar. No obstante, bajo el régimen Schubert, Teodoro era quien tenía la última palabra en todo y a Quentin no le quedaba más que acatar su voluntad de hierro, le pareciera o no. Oh, y cómo le pesaba a veces esa rigidez.
Quentin abrió y cerró los puños para librarse del sombrío pensamiento. Estaba en una fiesta, no era momento de lamentarse por su rígida estructura familiar, ni hacerse ideas sobre lo que ocurriría cuando al fin tomara valor para…
—¡Miren nada más! ¡Los Schubert están aquí! ¡La fiesta puede comenzar! —exclamó el señor Rodric Muller al otro lado del salón.
Quentin giró el rostro a tiempo para verlo caminar hacia sus padres con su usual aire de jocoso engreimiento. A su lado iba su esposa Violeta y su hijo André.
En cuanto André se percató de la presencia de Quentin, su rubio rostro palideció varios tonos. Quentin confirmó entonces para su adentros que André había sido uno de los desvergonzados que habían irrumpido en el cementerio. Era una lástima que la presencia de sus padres le impidieran darle el escarmiento que se merecía, mira que incluir a dos señoritas en sus tretas era imperdonable y peor era haberlas abandonado en la huida. La juventud no era justificación para la falta de caballerosidad y Quentin no era la clase de hombre que se hiciera de la vista gorda ante ese tipo de omisiones. Iba a saldar cuentas con André, aunque tuviera que esperar a otra ocasión.
—Es usted incorregible —suspiró la madre de Quentin en cuanto Muller besó su mano.
—¿Acaso no son los Schubert el alma de la fiesta? —preguntó él con fingida inocencia, lo que le arrancó una sonrisa a todos.
No, definitivamente los Schubert no eran conocidos por su temperamento festivo.
—Para eso ya tenemos a los Muller —señaló Teodoro tratando de imprimir un poco de humor a su tono parco.
—Para eso tenemos a la festejada que toda la vida ha sido retozona —comentó Violeta Muller mientras se hacía aire con la mano—. ¿Soy yo o hace mucho calor para ser otoño? ¡Qué abran las ventanas!
—Querida, no hagas esa clase de comentarios de Colette, sabes que Nicolás es especial cuando se trata de su pequeña —la amonestó Rodric mirando sobre su hombro por si el anfitrión o su esposa andaban cerca.
—Como lo es cualquier padre con su hija —añadió Teodoro—. Al menos eso asumo, yo solo tuve varones.
—Yo no dije nada malo de Colette, solo lo que salta a la vista. Es una joven de personalidad burbujeante, ¿a que no? Desde niña era imposible mantenerla quieta —se defendió Violeta—. Por cierto, hablando de hijos, ¿dónde está Siegfried?
—Helga no se ha sentido bien de salud. De hecho, sino mejora para mañana, mandarán a Jon con nosotros unos días —explicó la madre de Quentin.
—Ah, esa nuera tuya salió muy enfermiza. Si sigue así, terminarás criando a tu nieto, Ginebra.
Rodric trató de darle un discreto codazo a su mujer, pero ni fue discreto, ni sirvió para callarla. Violeta era la clase de persona que hablaba sin tapujos, mucho más cuando se sentía entre amigos.
—A nosotros nos encanta tener a Jon en casa, es un niño encantador —fue lo único que replicó Ginebra.
—Sin duda lo es —confirmó Rodric, abochornado en nombre de su esposa.
—¿A ti también te gusta tener un niño en casa? —inquirió Violeta girándose hacia Quentin—. Debes ser el tío divertido, ¿no?
—Lo procuro, pero mis padres acaparan a Jon la mayor parte del tiempo —contestó él.
—Oh, no lo hacemos —refutó Ginebra—. Bueno, quizá un poco…
—Deberías pasar más tiempo con tu sobrino, te servirá para cuando sea tu turno de tener hijos. Porque ya has de estar pensando en matrimonio, ¿o no? Seguro que sí, ¿cuántos años tienes? ¿24?
—23 —la corrigió Quentin.
—Edad perfecta para empezar a buscar esposa —exclamó Violeta sin percatarse de las múltiples miradas de súplica de su esposo para que fuera prudente—. Dime, Quentin, ¿tienes a alguna chica en mente? Yo te puedo dar mi opinión, sabes que me relaciono bien con toda la buena sociedad, conozco a las jóvenes que están en edad casadera y a sus familias.
—Eh… —El rubor subió por el cuello de Quentin sin que pudiera controlarlo—. Se lo agradezco, señora Muller, pero creo que por el momento me limitaré a ser el tío divertido.
—Oh, vamos, viendo a tu hermano mayor casado, seguro que ya te apetece tener mujer. Una que goce de mejor salud, esperemos…
A pesar de conocerla de siempre, esta era la primera vez que Quentin resultaba el blanco de las imprudencias de la señora Muller. Qué bochornoso, ¿cómo hablar abiertamente de temas tan privados? Claro que Quentin deseaba una esposa y una familia. Ver a Siegfried tan realizado, aún con los problemas de salud de su esposa, era razón más que suficiente para anhelar la dicha matrimonial. Sin embargo, estos no eran momentos para pensar en matrimonio. No cuando primero debía tomar las riendas de su futuro y enfrentarse a la censura de su estricto padre.