La propuesta del Sr. Miller.

Capitulo 64: Territorio enemigo

Salgo de la empresa con una sensación extraña en mi pecho. No es cansancio, es algo más denso a lo cual no tengo explicación. A lo mejor fue la pequeña discusión con Nicolás y Harry.

Mis tacones resuenan breves sobre el mármol antes de que la puerta de vidrio se cierre a mis espaldas.

Las camionetas me esperan al frente. Hilton me abre la puerta y me subo de manera automática.

Es rutina, siempre es la misma rutina.

A través del vidrio polarizado veo como el resto del equipo se acomoda: cuatro camionetas en total, todas idénticas ocupan sus posiciones precisas, casi como coreografiadas. Delante dos, detrás otras dos.

Hilton se acomoda en su asiento de copiloto, finalmente el motor arranca. El ruido de la ciudad queda atrás poco a poco, remplazada por la carretera abierta, largas franjas de asfalto y un cielo despejado.

Apoyo mi cabeza en el respaldo y cierro los ojos un segundo, esto me genera un poco de paz y tranquilidad ante los hechos que rodearon mi día.

Pero ese segundo es suficiente.

—Atención. Vehículo gris entrando por el carril izquierdo —informa Hilton —Confirmen visual.

Levanto la mirada. A través del vidrio observo como una camioneta aparece demasiado rápido, demasiado cerca.

—No me gusta —dice —Señora, póngase el cinturón.

—¿Qué pasa, Hilton? —pregunto sintiendo un nudo en mi estómago.

—Nada. Precaución —responde, pero su mano ya está cerca del arma.

La radio estalla en voces superpuestas.

—¡Nos están cerrando atrás!

—¡Vehículo negro sin placas a las seis!

—¡Formación defensiva, ahora!

Todo está pasando muy rápido.

La camioneta de adelante frena en seco. El impacto no llega a ser un choque, pero el golpe me lanza hacia adelante.

—¡Agáchese! —ordena —¡Cabeza abajo, ya!

Obedezco por puro instinto .

Escucho el rugido de motores acelerando, el chirrido violento de las llantas, un golpe seco en la parte trasera de la camioneta.

—Convoy, protocolo rojo —grita por la radio —¡Repito, protocolo rojo! ¡Nos interceptan! —repite —Necesitamos comunicación con Martinelli, requerimos refuerzos.

—¡No hay señal, nos cortaron la señal! —responden.

—¡Bloquea puertas! —le grita al chófer.

Un disparo impacta la parte trasera. Es seco. Corto. Brutal.

Hilton maniobra para pasar a la parte de atrás conmigo, sigo agachada cuando el vidrio delantero estalla en una lluvia de fragmentos. El guardaespaldas me cubre la cabeza con su cuerpo.

—Respire señora, la necesito aquí —me pide, pero mi pecho sube y baja —¡Necesito respuestas defensivas!

Escucho como las puertas se abren en otras camionetas. Gritos cortos. Más disparos.

—¡Flanco derecho, cinco hombres armados!

—¡No son locales!

—¡Armas automáticas!

Hilton aprieta la mandíbula, lo noto incluso sin verle el rostro.

—Maldita sea —murmura —Señora, escuche con atención. Esto no es solo intimidación, usted es consiente de quienes vienen.

Un disparo atraviesa la puerta trasera. El metal se hunde a centímetros de mi hombro.

Grito.

—¡Tranquila! —me ordena —¡Míreme! ¡Respire conmigo!

Fuera el caos es total. Los disparos ahora son continuos. Veo por la rendija del vidrio a hombres vestidos de negro moviéndose con precisión quirúrgica. No corren. Avanzan.

—Son rusos —confirma alguien por la radio.

Hilton queda rígido un segundo. Entonces, soy consciente de que me quieren a mi.

Estoy asustada, siento mi vida en este momento en un hielo a punto de quebrarse. Esto es grave, están acabando con todos sin importar el costo de la vida.

Otro disparo, esta vez más cerca. El conductor grita cuando una bala impacta el tablero.

—No podemos sostener esto —dice —¡Nos superan!

—¡Plan de extracción! —responde Hilton —¡Cambio de vehículo, ahora!

—Estamos rodeados, no es posible.

La puerta se abre violentamente. El aire frío entra junto a una mano que no reconozco.

—¡Muévase! —me grita, apenas y lo puedo entender.

—¡No! —ruge Hilton y dispara.

No se a que parte de su cuerpo le da, tampoco quiero saber.

Dos hombres se lanzan sobre él para sacarlo de la camioneta, lucha como un animal acorralado luego de que le han quitado el arma.

Intento correr, huir. No alcanzo.

Alguien me sujeta del brazo con una fuerza inhumana. Volteo. Mi cuerpo entra en estado de shock cuando es el mismo conductor quien me tiene acorralada.

Me entrega a otra persona, quien pone un arma en mi espalda.

—No la dañen —escucho —El jefe la quiere viva.

Ese detalle me hiela más que la propia arma que tengo a mis espaldas.

Hilton se halla en el suelo noqueado, es entonces que veo todo a mi alrededor. Mucha sangre derramada, camionetas estrelladas, hombres de mi equipo tirados a un lado en conjunto, tengo miedo de saber su situación. Debaten entre la vida o la muerte, por mi culpa.

Me empujan dentro de otra camioneta. Esta vez hay dos hombres conmigo. Uno apunta. El otro habla por radio en ruso, rápido, tenso.

La puerta se cierra, el mundo exterior desaparece ante mis ojos cuando siento como ponen un pañuelo en mi nariz que me hace perder la conciencia.

[…]

Cuando sientes que puedes morir, pareciera que la vida se te presentara en un pequeño cortometraje en tu cerebro de todo lo vivido. Ese incendio, mis padres, las clínicas, ese orfanato, las sesiones de psicología que tuve que recibir antes de mi adopción, la llegada a casa, la primera vez que vi a Caro, todo lo que he vivido con Harry.

Todo lleva al mismo lugar; experiencias.

Llevo una mano a mi cabeza por inercia. Entonces recuerdo todo lo vivido y lo único que espero es que sea una pesadilla de esas que cuando te levantas todo ha pasado.

Pero este no es el caso.

Apenas y puedo con el peso de mis ojos. El aire es distinto. Denso. Huele a humedad vieja y a metal. Mis ojos y apenas se guían entre la oscuridad, estoy acostada en una cama angosta, paredes de concreto, una puerta pesada sin manija visible. No hay ventanas. No hay reloj. No hay sonido de ciudad.




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