Capitulo 65: Límites rotos
“Quien confunde el silencio con debilidad, suele descubrir la verdad cuando ya es tarde.”
Enderezo el saco, acomodo la silla volcada y dejo el despacho tal como estaba antes de la pelea. No porque importe la apariencia, sino porque necesito claridad.
Salgo y me dirijo al baño. Cierro con seguro.
Apoyo ambas manos en el lavamanos de mármol y bajo la cabeza. Una gota de sangre cae y se rompe contra la superficie blanca. Abro el grifo. El agua fría corre con fuerza. Me llevo las manos al rostro y dejo que me empape. El golpe en el pómulo izquierdo ya empieza a inflamarse. Me observo en el espejo: la mandíbula tensa, los ojos oscuros, más cansados de lo que deberían estar.
No fue solo una pelea. Fue una advertencia de frente.
Me lavo la cara con lentitud, como si cada movimiento ayudara a ordenar las ideas. Respiro hondo. Una vez. Dos. Apoyo la frente contra el espejo un segundo más de lo necesario.
Ella debe seguir viva. Eso es lo único que importa.
Me seco con una toalla y no me arreglo demasiado. Lo único que necesito es estar lúcido. Cuando salgo del baño, ya han pasado varios minutos, pero el tiempo aquí lo siento más pesado.
Regreso al despacho.
La casa está llena de murmullos. Entro nuevamente al despacho y dejo la puerta abierta esta vez y me sirvo un vaso de whisky que bebo al instante.
El reloj marca el inicio de la media hora más larga del día en donde tengo que esperar a Martinelli.
Durante esos treinta minutos, nada ocurre y a la vez ocurre todo.
Mis hombres entran y salen sin hablar más de lo necesario. Se revisan mapas, se confirman llamadas, se descartan rumores. Cada ruta marcada en la mesa es una posibilidad y una amenaza.
A los veinte minutos exactos, escucho el sonido de motores acercándose al perímetro. No necesito asomarme para saber quién es.
El italiano y su gente.
A los treinta minutos, el despacho ya no es solo mío.
Alejandro Martinelli entra primero. Alto, traje oscuro, expresión tranquila, de esas que no se alteran ni cuando el caos está servido. Detrás de él, su gente: hombres experimentados, miradas frías, manos que ya han hecho esto antes y por supuesto su esposa. Sofía apenas y me brinda una sonrisa entendiendo la situación.
—Lo siento por la demora —dice con acento marcado— Traje a todos los que pude sin levantar sospechas —excusa.
—Llegaste a tiempo —respondo.
No hay apretones largos. No hay cortesías innecesarias. En segundos, el despacho se transforma en un centro de guerra silenciosa. Mapas desplegados sobre la mesa, pantallas encendidas, fotografías ampliadas. Señalan rutas marítimas, carreteras secundarias, casas registradas a nombre de intermediarios rusos.
—Ellos no se mueven al azar —dice Sofía, señalando un punto—. Siempre usan lugares donde puedan desaparecer rápido.
—Y no se quedan mucho tiempo —añade otra mujer a su lado— Especialmente cuando la rehén no es… común.
No dice su nombre. No hace falta.
Yo observo cada línea, cada posible traslado. Veo los patrones. Los errores. Los lugares donde yo la escondería y los descarto uno por uno.
—Aquí —dice el Alejandro finalmente, marcando una ruta secundaria que conecta con una zona boscosa—. Demasiado limpia para ser casual.
Me inclino sobre la mesa.
—Eso pensaba.
—Hay vigilancia, pero mínima —continúa—. Confían en que nadie los buscará ahí.
Cierro el puño lentamente.
—Entonces ahí empezamos.
No es un plan final. Es el primer movimiento real. El momento en que la desesperación se convierte en estrategia.
El despacho no vuelve a cerrarse.
Las luces permanecen encendidas aunque afuera empieza a oscurecer. Nadie se sienta del todo cómodo; algunos apoyan una cadera en la mesa, otros permanecen de pie con los brazos cruzados. El ambiente huele a tabaco frío, a metal, a decisiones que no admiten marcha atrás.
Mi madre entra junto a Noelia con tres bandejas en donde traen tazas de café. Le sonrió en agradecimiento y ella entiende el gesto, no se queda, cosa que agradezco que haga. No quiero que esté demasiado involucrada en esto.
—Necesito tiempos —digo al fin—. No suposiciones. Tiempos.
Alejandro asiente y hace una seña. Uno de los suyos abre un portátil, proyecta imágenes satelitales, rutas marcadas en rojo.
—El secuestro ocurrió aquí —dice, señalando—. Desde ese punto, con el tipo de convoy que usaron, tenían dos opciones reales.
Amplía el mapa. Las carreteras se bifurcan como venas.
—Moverla rápido y lejos, o esconderla cerca y observar su reacción.
—¿Cuál eligieron? —pregunto, sin rodeos.
—La segunda —responde—. Todo indica que no querían velocidad, sino control.
Aprieto la mandíbula.
—¿Cuántos vehículos? —pregunto.
—Dos confirmados. Posiblemente un tercero de apoyo, sin placas, sin ruido. Gente profesional, pero no militar. Mafia.
Uno de mis hombres se acerca.
—Acabamos de recibir algo —dice—. Hace unas dos horas, en una zona rural al norte, alguien compró grandes cantidades de comida, agua y suministros básicos. Demasiado para una pareja, muy poco para una base grande.
Me inclino más sobre la mesa, casi encima del mapa.
—Muéstrame.
El punto aparece en la pantalla. Una propiedad aislada, rodeada de vegetación, una sola vía de acceso. No es ostentosa, pero tampoco improvisada. Un lugar pensado para pasar desapercibido.
—No entramos —ordeno de inmediato—. Nada de movimientos bruscos.
El italiano me observa con atención, como si estuviera calibrando mi pulso.
—¿Prefieres confirmar primero?
—Prefiero que siga respirando cuando la saque de ahí —respondo—. Si está en ese lugar, un asalto frontal solo la pondría en riesgo.
—¿Y si se mueven esta noche? —pregunta por primera vez Cristian, tenso.
—Es importante moverse antes que ellos entonces —dice Martinelli.