La propuesta del Sr. Miller.

Capítulo 66: Contra reloj

CAPÍTULO 66: Contra reloj

“El verdadero peligro no siempre hace ruido”

Amanece antes de que yo cierre los ojos.

No porque haya dormido poco, sino porque mi mente no se permitió descansar. Cada sonido de la casa se me ha ido quedando grabado: los pasos que se repiten, los turnos que cambian, las puertas que nunca chirrían excepto una.

Sigo acostada unos segundos más cuando entra la luz. No me levanto de inmediato. El control también está en saber cuándo no moverse.

Hoy es un nuevo día.

Y eso significa nuevas grietas.

Cuando por fin me incorporo, lo hago sin prisa. Me observo en el espejo: el rostro tranquilo, los ojos despiertos. No hay rastro de miedo visible. Bien. El miedo llama vigilancia; la calma genera descuido.

Mientras me arreglo, pienso.

Él cree que me está estudiando.

Yo llevo días estudiando su estructura.

Es él el centro del poder aquí. Volkov no confía en mí. Eso lo vuelve predecible. Los guardias cumplen órdenes, pero no lo respetan a él de la misma forma. Y las empleadas escuchan más de lo que deberían.

Me pongo una blusa sencilla. Nada que parezca provocación. Nada que parezca derrota.

Salgo al pasillo.

Nadie me detiene.

Las órdenes han cambiado. Eso significa que ya está reaccionando en función mía.

Bajo las escaleras despacio. El olor del café llena el aire. Hay dos hombres en la sala, conversando en voz baja. Cuando me ven, se callan. No me miran con hostilidad. Me observan con cautela.

Perfecto.

Entro a la cocina como si siempre hubiera tenido ese derecho. Tomo una taza, me sirvo café. Una de las cocineras me mira, insegura.

—No te preocupes —le digo—. Puedo sola.

Mientras revuelvo el café, sigo pensando.

Mi objetivo hoy no es huir. Es ensanchar el espacio. Que me vean moverme. Que se acostumbren. Que normalicen mi presencia.

El caos no se introduce de golpe. Se instala poco a poco, hasta que nadie recuerda cómo era antes.

Escucho pasos detrás de mí. No me giro enseguida. No quiero parecer pendiente.

—Madrugaste —saluda Jhonatan.

Su voz está tranquila, pero hay algo distinto. Más atento. Más cuidadoso.

—Siempre lo hago —respondo—. No me gusta perder el inicio del día.

Me giro entonces. Nuestros ojos se cruzan.

—Hoy estaré ocupado —añade—. Habrá movimiento.

—Siempre lo hay —contesto—

Me observa, intentando descifrar si es una frase casual o una advertencia.

—Puedes moverte por la casa —informa—. Ya lo sabes.

Asiento.

—Lo sé —respondo—. Y sé cuidarme.

Antes de que se vaya, lo llamo sin levantar la voz.

—Espera.

Se detiene en el umbral. No se gira de inmediato. Eso me dice que ya está calculando si decirme que no.

—¿Qué pasa? —pregunta al fin.

Camino un paso hacia él. No invado su espacio. Tampoco me quedo atrás.

—Quiero hacer una llamada —digo—. A mi madre.

Veo la reacción exacta: no sorpresa, no rechazo automático. Evaluación.

—¿Para qué? —pregunta seco.

—Para que sepa que estoy bien —respondo—. Y para saber cómo está ella.

Hago una pausa breve, medida.

—No he desaparecido por decisión propia. Y ella está enferma.

Eso último no es reproche. Es contexto. Él lo entiende.

—Una llamada —dice—. Corta.

—Suficiente —contesto con una sonrisa.

Asiente despacio.

Minutos después tengo el teléfono en la mano. No es el mío. Lo sé. Aun así, funciona. Él está cerca, lo suficiente para oír el tono, no las palabras exactas.

Tecleo el número que sé de memoria desde que soy una niña y el cual nunca ha cambiado.

A este punto se que mi madre entiende la situación en la que me encuentro, y, también se que no está sola. Sé que Harry está pendiente a ella, y que cualquier cosa están el uno para el otro.

Cuando mi madre contesta, su voz me atraviesa el pecho. No dejo que se note.

—Mamá —digo—. Soy yo.

—Ay, mi amor —dice—. Gracias a Dios, gracias a Dios estás viva.

Cierro los ojos un segundo. No me permito más.

—Estoy bien —digo enseguida—. De verdad. No estoy herida. Me están cuidando.

“Cuidar” no es “estar a salvo”, es vigilancia. Y eso es lo que necesito que entienda.

—¿Dónde estás? —pregunta, desesperada—. ¿Te han hecho algo?

—No —respondo con calma—. Estoy en una casa. Me están cuidando.

La palabra cuidando es deliberada. No es verdad completa, pero tranquiliza y no despierta alarmas.

—Sé lo que está pasando —dice ella, bajando la voz—. Sé que no estás ahí porque quieres.

Traga saliva. La escucho intentar recomponerse.

—Escúchame bien, mamá —digo—. Necesito que tú estés fuerte. Más que nunca.

—Lo intento —susurra—. Pero eres mi hija…

—Lo sé —la detengo—. Por eso te llamo.

Respiro hondo antes de continuar. Ahora vienen las pistas.

—¿Recuerdas la bugambilia del jardín? —pregunto— La que siempre se marchita cuando alguien la riega demasiado.

Lo que necesito que entienda es que:

No actúen de forma impulsiva.

No aceleren rescates.

No hagan movimientos bruscos.

Silencio. Luego, un pequeño asentimiento en su voz.

—Sí, claro.

—Dile a la enfermera que no la toque —añado—. Ya sabes que se pone nerviosa y hace más daño queriendo ayudar.

No hablo de plantas.

Nunca lo hago.

—Y por favor —continúo— No muevan nada de la oficina. Nada. Ni siquiera para limpiar.

—Dale —responde ella, entendiendo—. Yo informo que no entre nadie.

—Mejor así —digo—. Hay cosas que solo funcionan cuando nadie las reordena.

La escucho sollozar de nuevo, más bajo esta vez.

—Harry está… —empieza— Está como loco buscándote.

—Dile que estoy pensando —respondo—. Todo el tiempo.




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