La propuesta del Sr. Miller.

Capítulo 67: Después del caos

Capítulo 67: Después del caos

“El infierno tiene nombres propios, y la guerra siempre exige traición”

NARRA STELLA

Estoy en la habitación ojeando el libro que tengo en las manos, no leo, simplemente lo observo como si esto fuera un entretenimiento más para pasar las horas.

—Siga —digo al escuchar el par de toques en la puerta.

Jhonatan entra, no lo esperaba.

La invitación llega con torpeza, casi como si le costara pronunciarla.

—Quiero sacarte de la casa esta noche —dice— A cenar. Fuera.

Levanto la mirada con lentitud, como si evaluara si es una broma.

—¿Fuera? —repito—. ¿Eso existe para mí?

Él asiente, serio.

—Como disculpa —añade—. Pero hay una condición.

Ahí viene.

—Tendrás que ir con los ojos vendados.

No hago un gesto inmediato. Dejo que la propuesta se asiente entre nosotros.

—No quiero arriesgarme —continúa—. A que veas rutas. A que cambies de opinión y escapes.

Podría discutir. Podría ofenderme.

Pero no es lo que conviene.

Inclino la cabeza, pensativa.

—¿Y si digo que no?

—Entonces lo entenderé —responde—. No insistiré.

Mentira piadosa.

Sé que le dolería.

Camino hacia el espejo sin responderle. Me observo un segundo, como si la decisión se reflejara ahí.

—Está bien —digo al fin—. Acepto.

Él se tensa apenas.

—¿Así de fácil?

Lo miro por encima del hombro.

—No es fácil —respondo—. Es un riesgo. Pero ya aprendí que aquí, todo lo es.

Eso lo desarma un poco.

—Gracias —dice, sincero.

Cuando se va, cierro la puerta y me quedo sola.

Entonces sonrío. No una sonrisa dulce.

Una calculada.

Me tomo mi tiempo al arreglarme. Demasiado tiempo.

Elijo un vestido negro que no grita, pero susurra. Que cae con naturalidad, que marca sin exhibir. El tipo de belleza que no parece un esfuerzo y por eso mismo desconcierta. Los tacones son altos, pero no lo suficiente para quedar a su altura.

Recojo mi cabello solo lo suficiente para dejar el cuello expuesto. Un gesto involuntario para cualquiera. Una distracción para él.

Mientras me maquillo, pienso: Cuento segundos. Repaso sonidos, horarios, cambios de luz.

Cuando llaman a la puerta, estoy lista.

Él entra y se detiene apenas un segundo. Lo noto. Siempre lo noto.

—Te ves… —empieza.

—No hace falta —lo interrumpo con suavidad—. Dijiste que era una cena, no un interrogatorio.

Sonríe, vencido.

—Quiero que uses esto —de su bolsillo saca una pequeña cajita —Pensé exclusivamente en ti cuando lo vi.

Me extiende la caja, la abro y finjo ser la mujer que él cree poder impresionar con joyas.

Mi marido me ha comprado más impresionantes y con mejor gusto.

—Es hermoso —sonrío ante el collar de diamantes y el brazalete que le acompaña.

—¿Si te gusta? —Curiosea.

—Me encanta.

Lo saco de la caja y se lo extiendo —¿Podrías ayudarme a ponerlo, por favor? —pido.

Doy media vuelta dándole la espalda a centímetros de su cuerpo, tomo mi cabello y lo hago a un lado.

La yema de sus dedos roza mi cuello, intento evitar alguna mueca de asco porque es lo único que provoca Jhonatan Ivanock.

Una vez tengo la joya alrededor de mi cuello, se siente como una soga que jala hacia la muerte.

Luego saca la venda. Negra. Limpia. Profesional.

—Confío en ti —dice—. Pero esto es necesario.

Me acerco yo misma y le extiendo la mano.

—Hazlo tú —le pido—. Así sé que está bien puesta.

Duda un instante, luego accede.

Sus dedos rozan mi cabello al ajustar la venda. No es íntimo, pero tampoco es frío. Es consciente.

Cuando la tela cubre mis ojos, el mundo se apaga.

O eso cree él.

—¿Lista? —pregunta.

Asiento.

—Guíame —respondo—. Prometo no correr.

Él suelta una risa baja, aliviada.

No sabe que, incluso a ciegas, estoy mirando más de lo que imagina.

Porque mientras él cree que me protege de huir, yo estoy aprendiendo algo mucho más importante: Hasta dónde está dispuesto a ceder con tal de no perderme.

Me sostiene ante casa paso que bajo las escaleras, me guía hasta la salida. Siento diferentes motores, reconozco que son camionetas.

Me ayuda a subir ahora sí a un carro con mayor cuidado, como si fuera el objeto más preciado en su vida en este momento. Lo siento ubicarse a mi lado, de piloto.

El motor arranca y el movimiento del coche me da la primera pista.

No acelera de golpe. Salimos despacio, como si aún estuviéramos dentro del perímetro seguro.

Con la venda puesta, mis otros sentidos se agudizan.

Cuento curvas.

Escucho el tipo de asfalto.

El eco cambia cuando pasamos bajo un puente.

El sonido distante de una autopista luego se aleja.

No pregunto nada. Preguntar sería delatarme.

En cambio, apoyo la cabeza ligeramente contra el respaldo y suspiro, como si el trayecto me tranquilizara.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí —respondo—. Es extraño pero se siente como una salida normal.

Eso le gusta. Lo noto en el silencio que sigue.

En cómo relaja la mano sobre el volante.

Aprovecho.

—Hace tiempo que nadie me saca a cenar —añado—. Supongo que debería agradecerte.

—No tienes que agradecer nada —dice—. Quiero que te sientas cómoda.

Clave.

Siempre escuchar las palabras que la gente usa sin pensar.

El coche se detiene tras un trayecto que memorizo completo. Me ayuda a bajar. Su mano es firme, protectora. No posesiva. Aún.

Cuando me quita la venda, la luz es cálida. No hay ruido de calle.

Un lugar apartado. Privado. Un restaurante pequeño. Elegante sin ostentación. Demasiado discreto para ser casual.

Nos conducen a una mesa apartada, casi escondida. Aquí nadie escucha si no quiere escuchar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.