Capítulo 68: Amor y verdades
“El amor que ya no puede esconderse deja de huir y se queda para siempre.”
NARRA STELLA
Siento como me mueven un poco, mi cuerpo entra en un estado de alerta que hace que mis ojos se abran de golpe y mi respiración se detenga.
—Lo siento, no quería despertarte —excusa Harry.
—¿Llegamos? —Pregunto levantándome para sentarme bien.
—Estamos entrando a la propiedad —informa.
—¿Cuánto tiempo estuve dormida? —Pregunto.
—No lo suficiente para que estés recompuesta —responde.
—¿Quiénes están acá? —Curioseo.
—Todos, excepto cualquier persona que pueda intervenir en tu tranquilidad.
—¿Mi madre?
—Es la primera en estarte esperando, cariño.
Sonrío con ese peso que aún no me deja en paz.
El peso de la verdad.
Siento cómo la velocidad va disminuyendo hasta que los motores se apagan por completo. Harry es el primero en bajar, paso las manos por mi rostro en un intento de no parecer tan destruida; fallo completamente.
Me abre la puerta y me sostiene fuertemente al bajar, noto una mueca cuando me agarró con fuerza de su brazo.
—¿Estás bien? —Pregunto preocupada.
—Un rascuño, nada del otro mundo —responde.
Enrollo mis brazos alrededor de cuello.
—Gracias, de verdad. No tienes ni idea de cuánto te esperaba —susurro a su oído.
—Y tú no tienes ni idea de cuánto anhelaba encontrarte.
—Te debo la vida, Harry.
Me aparta con cuidado —Yo te debo más que eso, nena.
Deja un corto beso en mis labios.
—Vamos, par de tortolitos —se acerca Cristian —Las muestras de amor para luego.
Lo fulmino con la mirada haciéndolo reír.
—No tienes idea de cuánto me alegra que estés bien —continúa —Nos tenías con los nervios de punta.
Sonrío —Supongo que no tardas en decirme que te debo la vida.
—Pues… ya que lo mencionas —se acerca un poco más —Stella Corney, me debes tu vida.
—Menudo cabrón —suelto.
Suelta una carcajada —Mentira, las personas que me importan jamás les cobro nada —sin previo aviso deja un beso en mi frente.
Siento la tensión de la mirada que le brinda Harry ante tal gesto, Duarte simplemente se dedica a ignorarlo como lo hace con la mayoría de las cosas.
—¿Qué esperan? Tienen a medio mundo esperándolos adentro —habla Sofía mientras se limpia las manchas de sangre con un pañuelo húmedo.
Busco entrelazar la mano de Harry con la mía, en este momento es lo único que me hace sentir que estoy fuera de peligro.
Avanzamos algunos pasos.
Cuando cruzamos la puerta de la casa, el aire cambia.
No es silencio lo que nos recibe, es expectativa. Densa. Tensa. Como si todos hubieran estado conteniendo la respiración desde hace horas.
Los veo primero de lejos, de pie en la sala.
Heily, Heidy, Henry, Magdalena, Noelia, Yaneth, Carolina.
Nadie habla al principio. Nadie se mueve. Es como si necesitaran comprobar que soy real, que no soy un rumor, que no me voy a desvanecer si parpadean.
Siento la mano de Harry en la parte baja de mi espalda. No me empuja, no me guía. Solo está ahí. Recordándome que no estoy sola.
Carolina es la primera en reaccionar.
—No puedo creer que ya estés aquí —dice mientras se lanza a darme un abrazo.
Ni siquiera puedo reaccionar, me cuesta.
—De verdad me hacías demasiada falta —susurra.
Me separo lentamente como si tenerla aquí fuera un constante recuerdo de las mentiras.
Henry se acerca después. No dice nada. Solo se acerca dándome un corto abrazo con respeto.
—Me alegra verte —dice al final, bajo—. De verdad.
Asiento. Agradecida.
Heidy se acerca. Pero su mirada está cargada de algo más profundo: alivio, furia contenida, determinación.
—Gracias a Dios —dice—. Bienvenida a casa.
Heily vacila entre acercarse o quedarse en su sitio, sus ojos apenas pueden verme y noto la pequeña lágrima que cae con delicadeza por su mejilla.
—Ven acá —le pido abriendo mis brazos.
Los brazos de la menor de los Miller se enredan en mi cuerpo y me sostiene con fuerza, como si temiera de que me llevarán otra vez.
—Estábamos muy asustados, en serio —dice.
—Lo sé, lo sé —hablo —Pero estoy bien, de verdad. Ya estoy aquí.
Mi esposo se adelanta un poco, rompiendo la escena.
—Necesita descansar —dice con voz firme—. Ha sido suficiente por hoy.
—¿No gusta comer algo, señora? Lo que sea se lo preparo —pregunta Noelia a lo que me niego.
—No te preocupes, no tengo apetito. Quiero solo descansar —pido.
—Tú madre está en la habitación de arriba. Harry me dijo que venían con muchas manchas de sangre, no queríamos preocuparla… además, tu sabes que ella no es consiente de quienes te tenían en realidad —me avisa Heidy.
—Gracias —sonrío —Yo me encargo.
—Los demás quedan en su casa. Los baños ya están completamente equipados para que tomen duchas, se cambien y coman algo —informa mi suegra —Ha sido una noche demasiado tensa.
—Descansa, Stella. Ha sido un placer poder ayudarte —me dice Alejandro.
—A ustedes, muchas gracias —sonrío.
Harry me guía de la cintura por las escaleras hasta quedar frente a la puerta de la habitación de Mónica.
—Voy caminando a la habitación. Tú tienes menos sangre que yo, te espero acá —me dice a lo que asiento.
Respiro profundo antes de tan siquiera poder ingresar.
—Hola —digo sin saber cómo más saludar.
Da un paso. Luego otro. Y de pronto está frente a mí, llevándose las manos a la boca. Sus ojos se llenan de lágrimas que no caen de inmediato, como si incluso el llanto necesitara permiso.
—Estás… —su voz se rompe— estás aquí…
No respondo. No puedo. El nudo en mi garganta es demasiado grande.
Ella me abraza. Fuerte. Desesperada. Como si quisiera asegurarse de que no me pueden volver a llevar.