La propuesta del Sr. Miller.

Capitulo 70: Demasiado real

Capitulo 70: Demasiado Real

“Cuando el contrato se rompe y el amor reclama territorio, el poder hace arder a alguien.”

La cena avanza con calma. Carolina está junto a Marck, y los demás Miller se distribuyen en la mesa.

Mi madre habla de algo simple y Harry le sigue la conversación. Intento memorizar el sonido de sus voces, como si presintiera que la tranquilidad tiene fecha de vencimiento.

Entonces mi teléfono vibra. Lo miro sin pensar demasiado.

Número privado.

Frunzo el ceño.

—Ya vuelvo —murmuro, levantándome con naturalidad.

Camino hacia el pasillo y contesto en voz baja.

—¿Hola?

Silencio. Un segundo.

Dos.

—Extrañaba escuchar tu voz.

El aire se me congela en los pulmones.

No.

No él.

—¿Qué haces llamando? —mi tono cambia al instante, se vuelve duro.

Él suelta una risa baja, casi complacida.

—Ah, ahí está. Esa versión tuya es mi favorita.

Lo odio.

Odio cómo habla. Odio cómo su voz aún logra tensarme el cuerpo entero.

—No vuelvas a llamarme.

—Si no quisieras hablar conmigo, ya habrías colgado.

Aprieto el teléfono.

—No lo hago porque sé que algo planeas.

—Siempre tan desconfiada. Siempre tan peligrosa.

Lo imagino sonriendo.

—Me mentiste —dice finalmente.

Su tono no es de rabia. Es de herida.

—No te debía nada.

—Me debías la verdad.

—Te debía distancia —ataco.

Hay un silencio denso.

—Yo nunca te haría daño.

Una carcajada seca se me escapa.

—Tú eres el daño.

Eso no lo detiene de seguir.

—Te protegí.

—Me encerraste.

—Te di poder.

—Intentaste controlarme —continúo.

Su respiración cambia apenas.

—Todo lo hice por ti.

—No —lo interrumpo—. Lo hiciste porque estás obsesionado.

—Llámalo como quieras.

—Yo lo llamo enfermizo.

El golpe es directo. Pero Ivanock no se quiebra.

—Puedes odiarme todo lo que quieras —dice en voz baja—. Eso no cambia lo que siento.

Me arde el pecho.

—Lo que sientes no me importa.

—A mí sí.

Miro hacia el comedor. Mi esposo inclina la cabeza atento.

No puedo permitir que este hombre arruine esto.

—Escúchame bien —susurro con frialdad—. No me importas. Nunca me has importado.

Hay un silencio largo.

—No necesito importarte—responde al fin—. Solo necesito que sigas siendo mía.

La sangre me hierve.

—No soy tuya.

—Eso ya lo veremos.

Mi mandíbula se tensa.

—Si te acercas a mi madre, Ivanock…. Te juro qué… —me interrumpe.

—Jamás la tocaría.

—No te creo.

—Pero yo sí creo en ti —dice con una suavidad casi peligrosa—. Incluso cuando me traicionas.

Lo odio por eso. Por hablar como si lo nuestro hubiera sido algo puro.

—No me vuelvas a llamar.

Cuelgo.

Me quedo mirando el teléfono.

Temblando. No por miedo: Por rabia.

Regreso a la mesa.

Harry me observa en silencio.

—¿Quién era?

Lo miro fijamente.

—Nadie importante.

Pero sé que eso no es cierto. Y él lo nota, pero no pregunta.

Tomo la copa de agua como si nada hubiera pasado.

Heidy, impecable como siempre, deja los cubiertos con elegancia.

—Bueno… ahora que estamos todos reunidos —dice con ese tono que anuncia algo— quiero hacer una pregunta.

Henry gime —Mamá, por favor no.

—No es nada terrible —responde ella, ofendida pero sonriente—. Solo quiero saber ¿Cuándo piensan casarse por la iglesia?

Casi me atraganto con el agua. Harry tose, disimulando.

Heily abre los ojos con diversión inmediata.

—¡Sí! Yo también quiero saber.

—Mamá… —empieza él.

Pero Heidy no se detiene.

—Ya hicieron la boda civil, perfecto. Pero la ceremonia como Dios manda; con la familia, con todo —hace un gesto amplio con las manos—. Yo quiero ver eso antes de que me salgan más canas.

Henry se inclina hacia atrás —¿Ves? Te dije que lo preguntaría hoy.

Magdalena lo empuja con el codo.

—A mí me encantaría otra boda. Necesito estrenar vestido —habla la menor, Heily.

Marck levanta la copa.

—Yo me ofrezco como padrino. Pero solo si hay barra libre.

Caro le da un golpe en el hombro.

—No todo es alcohol.

—En las bodas sí.

Las risas llenan la mesa. Yo miro a Harry y él me mira de vuelta.

—No quiero presionarlos, pero sería tan bonito —insiste mi suegra.

Mi madre sonríe —A mí también me haría ilusión verla vestida de novia otra vez.

Siento un nudo en la garganta.

—No lo hemos hablado —respondo finalmente, honesta.

Harry asiente.

—Hemos estado ocupados.

Henry levanta una ceja —Siempre están ocupados.

—La vida adulta es horrible —dice mi esposo con dramatismo.

Carolina se inclina hacia mí, susurrando apenas:

—Te verías increíble entrando a la iglesia.

Harry aprieta mi mano debajo de la mesa.

—Si lo hacemos —dice con calma— Será porque ambos lo queremos. No por presión.

Su madre suspira.

—Está bien. Solo quería saber.

Carolina sonríe —Bueno, cuando decidan, yo me encargo de la despedida de soltera.

—Oh no —murmuro.

—Tengo ideas —le sigue Heily.

Henry levanta la mano —Yo no quiero saber nada.

—Eso sí —dice Magdalena, señalándome con el tenedor—Si hay boda por la iglesia, yo voto por algo elegante. Nada de salón comunal con luces moradas.

—¡Ey! —protesta su marido—. Nuestra boda tuvo luces moradas.

—Y parecía una discoteca a las tres de la mañana —responde ella sin piedad.




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