Capitulo 72: Intereses en Juego
“Hay propuestas que nacen del negocio y otras que nacen de la obsesión”
Abro los ojos lentamente.
La primera cosa que siento es el silencio.
Ese silencio tranquilo de las primeras horas de la mañana, cuando la ciudad todavía no termina de despertar.
La segunda cosa que siento es el calor a mi lado.
Stella sigue dormida.
Su cabeza está apoyada cerca de mi pecho, el cabello oscuro extendido sobre la almohada y parte de mi brazo. Una de sus manos descansa sobre mi torso, como si en algún momento de la noche me hubiera buscado sin darse cuenta.
Me quedo quieto.
Solo observándola.
Siempre me sorprende lo tranquila que se ve cuando duerme. Nada de la mujer fuerte, terca y capaz de discutir conmigo durante horas.
Mi mano se mueve lentamente por su espalda, con cuidado de no despertarla. Pero apenas mis dedos rozan su piel, ella se mueve un poco.
Frunce ligeramente el ceño.
Y abre los ojos.
Parpadea una vez todavía adormilada. Luego levanta la mirada hacia mí.
—Buenos días.
Una pequeña sonrisa aparece en mi rostro.
—Buenos días, amor.
Ella se acomoda un poco más cerca, apoyando mejor la cabeza contra mí.
—¿Qué hora es?
Miro el reloj en la mesita de noche.
—Temprano.
Ella suspira y hace un pequeño gesto de queja.
No puedo evitar reír un poco.
—Hoy tienes la prueba de fotos —le recuerdo.
Ella cierra los ojos otra vez por un segundo.
—Lo sé —su mano se mueve sobre mi pecho —Confía en mi.
—Confío en ti.
La observo unos segundos.
—Pero aún no quiero levantarme.
Mi pulgar se mueve lentamente sobre su brazo —El equipo creativo estará esperándote.
Ella resopla suavemente.
—Y también Catalina, para mi suerte .
Eso me hace levantar una ceja.
—¿Competencia desde temprano?
—Siempre.
Se queda mirándome unos segundos.
Luego su expresión cambia apenas.
Más suave.
Más cercana.
—¿Tú vas a estar ahí?
La pregunta me hace sonreír un poco.
—Tengo trabajo, cariño. Pero estaré pendiente.
Ella hace un pequeño gesto de decepción.
—Bien.
El silencio vuelve a instalarse un momento.
Ella dibuja círculos distraídos con sus dedos sobre mi pecho.
—Hoy empieza un nuevo caos.
Asiento.
—Sí.
La colección.
Las fotos.
Las campañas.
Todo lo que construyeron alrededor de ella.
La observo un momento más.
—Vas a arrasar como lo sabes hacer.
Ella levanta la mirada.
—¿Eso es tu versión de motivación?
—Es mi versión de ser honesto.
Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.
—Gracias.
Su mano se mueve un poco más cerca de mi cuello.
—Aunque preferiría quedarme aquí contigo.
Mi mano se desliza por su espalda.
—Tentador.
Ella sonríe un poco más.
—Muy tentador.
No se mueve.
Yo tampoco.
Nos quedamos así unos segundos más.
Hasta que finalmente ella se separa un poco y se incorpora en la cama.
La observo mientras aparta el cabello de su rostro.
Todos van a verla hoy.
El equipo.
La empresa.
Los fotógrafos.
Pero solo yo tengo el privilegio de verla así.
[…]
No logro concentrarme del todo.
La propuesta de matrimonio me tiene la cabeza vuelta un ocho porque siento que no avanzo del todo, no como a mí me gustaría.
Dan un par de toques a la puerta que me obligan a poner la cabeza sobre mi oficina.
—Adelante —digo, seriamente.
La cabeza de Nicolás Miller es lo primero que se asoma, seguido de su cuerpo.
Perfecto, lo que le faltaba a mi mañana.
—¿Podemos hablar? —Pregunta cerrando la puerta detrás de sí.
No respondo. Le hago un ademán para que tome asiento en una de las sillas que se encuentran frente a mi escritorio.
—No tengo mucho tiempo —demando sacudiendo mi muñeca, en donde se encuentra el reloj.
—Cancelé mi compromiso —suelta.
Me tenso por un segundo en mi puesto, sus palabras hacen eco en mis oídos.
—¿Qué juegas, Nicolás?
—Te juro que no estoy jugando a nada —asegura —Todos eran conscientes de que ella y yo solo éramos un negocio. Pero todo se complicó, así que preferí dejar las cosas en aguas tranquilas —confiesa.
—¿Y por qué se complicaron las cosas? —ataco.
—Harry…
—Respóndeme —demando.
—¿De verdad quieres que repitamos la discusión que tuvimos en la biblioteca?
Me levanto del puesto poniendo las manos sobre el escritorio y me inclino hacia él.
—Stella es mi esposa. Mi mujer. Tenlo muy en claro antes de que pretendas algo —advierto.
—No pretendo nada. Pero por todo lo que pasó en esas semanas es que no puedo continuar con la farsa de un compromiso que empezó por una estúpida herencia.
—Te dejaste cegar demasiado por el dinero —digo.
—A algunos los ciega el dinero, a otros el poder… A la final todos terminamos arrastrados por algo —continua.
Suelto una pequeña carcajada llena de sarcasmo.
—¿ Quieres cambio de sede o vas a seguir acá? —Pregunto.
—Cualquiera opción, siempre y cuando no haya inconvenientes.
—Por mi lado no los hay, Nicolás — soy sincero — Siempre y cuando tú controles tu boca y la mirada a donde vaya dirigida —digo.
—No puedes controlar quién la mira, Miller. Tú más que nadie sabe que ella no es mujer de pasar desapercibida.
—Encárgate de tu ex prometida en vez de estar aquí dando cátedra.
Me observa fijamente, no desvío la mirada ni por un margen de segundo. Es mi hermano a la final, lleva mi sangre y si hay algo en los Miller que nos caracteriza es que no le bajamos la cabeza a absolutamente nadie.
—Con permiso —se pone de pie —Regreso a la mansión a terminarla de ayudar para que se mude a más tardar mañana.