La propuesta del Sr. Miller.

Capítulo 73: El peso de las coincidencias

Capítulo 73: El peso de las coincidencias

“El tiempo puede esconder la verdad, pero nunca borrarla”

NARRA JHONATAN

Stella Corney.

Ese nombre no sale de mi cabeza desde el primer momento que lo escuché. No hay día en el cual su recuerdo no venga a mi mente, es el tipo de mujer que sus garras se entierran en la piel y te dejan la cicatriz, y que al verla no hay manera de no recordar lo que sucedió.

Como una grieta en la mente. Como una voz que no se calla aunque uno quiera.

La reconstruyo en cada detalle: la forma en que mide las palabras antes de decirlas, como si cada frase fuera un movimiento calculado en una partida que nadie más entiende. Inteligente. Demasiado. Eso la vuelve peligrosa. No por lo que hace, sino por lo que podría hacer si decide que vales la pena o si decides dejar de serle útil.

Y yo lo fui.

Su utilidad.

Aprieto la mandíbula al recordarlo.

No fue ingenuidad. Nunca lo es en mi mundo. Pero con Stella hubo un instante, uno solo en el que bajé la guardia. En el que creí que lo que brillaba en sus ojos no era estrategia, sino algo más humano. Algo más real.

Error.

Ella me utilizó con la precisión de quien no duda. Me estudió, encontró el punto exacto donde podía quebrarme, y lo hizo sin titubear. Por supervivencia, claro. Siempre tiene una razón impecable. Siempre hay lógica en sus decisiones.

Eso es lo que más irrita y lo que más me atrae.

Porque no es crueldad vacía. Es necesidad. Es inteligencia en estado puro.

Me río en voz baja, seco, sin humor. No soy el hombre al que traicionan y se queda sintiendo. Soy el que destruye primero.

Pero Stella es diferente.

No encaja en el papel de víctima. Nunca lo hizo. Ni siquiera cuando parecía acorralada. Hay algo en ella que no se somete, que no se quiebra del todo. Algo que desafía incluso a alguien como yo.

Por eso no la olvido.

Por eso no la dejo ir.

No es solo la deuda que dejó pendiente entre nosotros. Es esa chispa. Esa forma en que me mira, como si ya supiera en qué momento voy a caer y aún así decidiera acercarse.

Peligrosa.

Única.

Mía aunque nunca lo haya sido realmente.

Cierro los ojos un segundo, imaginándola. Y el pensamiento me atraviesa, claro, inevitable: La próxima vez no la subestimaré, la próxima vez, Stella no me usará.

La próxima vez será ella la que no pueda dormir por mi culpa.

Porque en mi mundo siempre hay “una próxima vez”.

El sonido de unos tacones rompe el hilo de mis pensamientos. No necesito girarme para saber que es ella.

—Te pierdes demasiado seguido —dice, con esa calma afilada que siempre lleva en la voz.

Abro los ojos despacio y apoyo ambas manos sobre la mesa. Los planos siguen ahí, extendidos, precisos, inútiles cuando mi mente insiste en desviarse hacia Corney.

—Estoy pensando —respondo, sin mirarla todavía.

—No —corrige ella, acercándose—. Estás obsesionándote más de la cuenta.

Eso me arranca una media sonrisa.

Finalmente levanto la vista. Sus ojos me estudian con una mezcla peligrosa de complicidad y advertencia. Ella sabe. Siempre sabe más de lo que dice.

Se inclina sobre la mesa, justo frente a mí, observando los planos como si fueran lo único importante en la habitación.

—Esto —golpea suavemente el papel con un dedo— es lo importante. No ella.

Mi risa es baja, casi inaudible.

—Ella es esto —señalo.

Begoña suspira, y por un instante deja ver algo humano, algo más cercano a la preocupación aunque desaparece tan rápido como llegó.

—No puedes permitir que Stella vuelva a jugar contigo —dice, ahora más firme—. Ya lo hizo una vez.

La mención no me toma por sorpresa, pero sí aprieta algo dentro de mí.

—No va a pasar de nuevo.

—Eso dijiste la última vez.

Ahora sí la miro fijo. Hay un reto en mis ojos, pero también algo más oscuro, algo que ni yo mismo termino de nombrar. Ella sostiene mi mirada sin ceder.

Es curioso. Stella nunca ha sabido quién es realmente esta mujer para ella. Nunca ha sospechado que la sangre que comparten está manchada de secretos, ni que la persona que debería haberla protegido es quien ahora me ayuda a cazarla.

—Debes concentrarte —continúa, bajando un poco la voz—. Estamos más cerca cada vez. Sus patrones, sus rutas, todo va encajando.

Desliza uno de los planos hacia mí. Señales marcadas. Posibles puntos de encuentro. Trampas.

Un juego.

Mi tipo de juego.

Paso los dedos sobre el papel, pero mi mente no tarda en reconstruirla a ella en medio de todo eso. Stella moviéndose entre líneas invisibles, creyendo que aún tiene ventaja.

—Es inteligente —murmuro—. Va a notar cualquier error.

—Entonces no cometas ninguno.

La firmeza en su tono corta cualquier rastro de distracción.

La observo de nuevo. No es solo mi cómplice. No es solo la mujer que comparte mi cama y mis secretos más oscuros.

Es alguien que también tiene cuentas pendientes con la familia de Stella.

Y eso la vuelve útil.

Muy útil.

—La traeremos —dice, casi como una promesa—. Pero solo si dejas de pensar en ella como una debilidad.

Inclino ligeramente la cabeza, evaluando sus palabras.

—No es una debilidad —respondo finalmente, mis labios se curvan apenas —Es un objetivo.

Pero incluso mientras lo digo, sé que es mentira a medias.

Porque Stella no es solo el objetivo del plan extendido sobre esta mesa. Es la única variable que todavía no logro controlar.

Begoña suelta una risa baja. No es sorpresa, es reconocimiento.

Se aparta apenas de la mesa, cruzándose de brazos, observándome como si acabara de confirmar algo que ya sospechaba.

—Claro —murmura—. Tenía que ser así.

Alzo una ceja —¿Así cómo?




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