La propuesta del Sr. Miller.

Extra: Entre la sangre y el amor

Extra: Entre la sangre y el amor

Cuando el amor divide la sangre, ni el mismo tiempo vuelve a unir lo que nació roto”

Antonella y Anabella Moretti

NARRA ANTONELLA

Siempre he odiado perder y el problema de vivir con Anabella es que ella ni siquiera parece darse cuenta cuando gana.

La observo desde el otro extremo del salón principal mientras varios invitados de mi padre conversan después de la cena. Las lámparas de cristal iluminan los techos altos de la mansión y el sonido de las copas se mezcla con la música suave que llega desde el piano.

Como siempre, Anabella está rodeada de gente.

Mi padre acaba de presentarla a dos socios importantes de su bufete y ya los tiene sonriendo.

—Tu hija menor tiene una inteligencia extraordinaria, Vittorio —dice uno de ellos.

Mi padre sonríe con orgullo —Lo sé.

Lo sabe.

Claro que lo sabe.

Porque todos lo saben.

Anabella habla tres idiomas con fluidez.

Obtiene las mejores calificaciones.

Recuerda nombres, fechas y detalles que cualquier otra persona olvidaría.

Y lo peor es que ni siquiera presume de ello.

Simplemente existe.

Como si todo le resultara natural, como si no tuviera que esforzarse.

Aprieto los dedos alrededor de mi copa.

—¿Te encuentras bien? —pregunta mi madre a mi lado.

—Perfectamente.

Ella me estudia durante unos segundos.

Mi madre siempre sospecha más de lo que dice.

—No tienes que competir con tu hermana.

Una sonrisa tensa aparece en mis labios —No estoy compitiendo.

La mentira sabe amarga porque llevo años haciéndolo. Desde niñas.

Desde el momento en que comprendí que la gente me miraba primero a mí porque era la mayor y después terminaba hablando de ella.

Antonella ha aprendido a tocar la pieza.

—¿Y escucharon a Anabella? La aprendió en la mitad del tiempo.

—Antonella es muy bonita.

—Sí, pero Anabella tiene una elegancia especial.

—Antonella es una joven prometedora.

—Anabella tiene un futuro brillante.

Siempre Anabella.

Siempre.

La veo reír al otro lado del salón y siento el mismo resentimiento familiar revolverse dentro de mí.

No porque me haya hecho algo.

Porque nunca me ha hecho nada.

Ese es precisamente el problema. Sería más fácil odiarla si fuera cruel, si fuera arrogante, si intentara humillarme.

Pero no.

Anabella es amable. Generosa. Paciente. Y eso la vuelve aún más difícil de soportar.

Más tarde, cuando los invitados empiezan a marcharse, la encuentro en la biblioteca familiar.

Mi lugar favorito.

O al menos solía serlo.

Está sentada junto a una ventana, rodeada de libros jurídicos pertenecientes a nuestro padre.

Lee concentrada, con una libreta abierta sobre las piernas.

—¿Qué haces?

Ella levanta la vista —Estaba revisando uno de los casos antiguos de papá.

—¿Por qué?

—Porque es interesante.

Claro.

Porque para ella los expedientes legales son interesantes.

—¿Piensas convertirte en abogada?

—Tal vez —sonríe —Aunque todavía no estoy segura.

Camino lentamente entre los estantes —Papá estaría encantado.

No responde enseguida porque sabe exactamente lo que quiero decir.

Papá estaría encantado. Más de lo que lo estaría conmigo.

—Antonella…

—¿Qué?

—No tienes que hablar así.

La miro —¿Así cómo?

—Como si yo tuviera la culpa.

Mi mandíbula se tensa.

Ahí está otra vez. Esa mirada.

Esa mezcla insoportable de tristeza y compasión.

Como si me entendiera, como si me perdonara.

Ni siquiera le he pedido perdón.

—No todo gira alrededor de ti, Anabella.

Su rostro se apaga un poco.

—Nunca he pensado eso.

—Claro.

Cierro de golpe el libro que tengo en las manos —Buenas noches.

Me doy la vuelta antes de que responda.

Detesto esas conversaciones porque siempre terminan igual.

Yo enfadada.

Ella confundida.

Luego la culpa. Esa maldita culpa que aparece cuando recuerdo que Anabella jamás me ha atacado directamente.

Bajo la gran escalera de mármol y me dirijo hacia la terraza trasera. Necesito aire.

La noche es fresca y el jardín está iluminado por pequeñas lámparas distribuidas entre los senderos de piedra. Desde aquí se puede ver gran parte de las propiedades de nuestra familia: los viñedos, los establos, las fuentes antiguas que mi abuelo hizo traer desde Florencia.

Todo lo que tenemos, lo que algún día debería pertenecerme por ser la hija mayor. Pero ni siquiera de eso estoy segura.

Porque cuando mi padre habla de futuro, sus ojos siempre terminan buscando a Anabella.

—Aquí estás.

La voz de mi padre me obliga a girarme. Vittorio Moretti se acerca con una copa en la mano.

Uno de los abogados más importantes del país, el hombre que construyó uno de los bufetes más influyentes de Italia.

Mi padre observa el jardín durante unos segundos antes de hablar —¿Discutieron otra vez?

Aprieto la mandíbula —No.

—Antonella.

—Solo conversamos.

Él suspira —Tu hermana estaba triste.

Por supuesto. Siempre notan cuando Anabella está triste.

—¿Y eso es mi culpa?

—No he dicho eso.

—Pero lo estás pensando.

Mi padre me mira con una mezcla de cansancio y preocupación.

—¿Por qué te cuesta tanto llevarte bien con ella?

La pregunta me golpea como una bofetada porque no sé cómo responder sin sonar horrible.

¿Cómo explicarle a alguien que estás cansada de vivir a la sombra de una persona que ni siquiera intenta eclipsarte?

—No lo entenderías.

—Inténtalo.

Me río sin humor —¿De verdad? Toda mi vida he tenido que escuchar lo extraordinaria que es.




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