La propuesta del Sr. Miller.

Extra: Entre la sangre y el amor II

El peso de la realidad

NARRA ANABELLA

El consultorio huele a algo entre alcohol y papel limpio.

Bruno está a mi lado sentado muy recto. Demasiado quieto para alguien que normalmente parece tener el mundo bajo control sin esfuerzo.

Hoy no, hoy lo noto igual de tenso que yo solo que él lo disimula mejor.

Mis manos están entrelazadas sobre mi regazo. Las miro, las aprieto, las suelto, las vuelvo a apretar.

—¿Qué síntomas has tenido? —pregunta el médico.

Trago saliva. Me cuesta hablar.

—Náuseas, mareos, y… —me detengo un segundo— retraso.

El médico asiente como si esto fuera rutina porque para él lo es. Para mí no.

Él tiene una hoja en la mano. Ese segundo antes de que hable es el peor.

—Los resultados confirman el test —dice.

Bruno no se mueve. Yo tampoco.

El médico continúa —Estás embarazada.

Solo esa frase y de repente todo lo demás deja de existir.

Mis ojos se quedan fijos en el escritorio del médico sin realmente verlo.

Embarazada.

Otra vez. Más real que en el baño.

Siento la mano de Bruno apretarme la mía, pero yo no puedo respirar del todo. Porque ahora ya no es una sospecha, no es un error, no es una posibilidad.

Es una realidad.

—Podemos hacer una ecografía ahora mismo —dice con calma— Para confirmar tiempo y estado general.

Bruno se inclina un poco—Sí, hagámoslo.

Su voz es firme. Demasiado firme para lo que estamos viviendo.

Asiento sin darme cuenta de cuándo tomé la decisión.

—Bien —dice el médico— Por aquí.

Nos levantamos otra vez. Mis piernas obedecen, pero siento que no me pertenecen del todo.

Bruno camina a mi lado sin dejar distancia, no me suelta la mano.

El cuarto de ecografía es más oscuro. Me indican la camilla y me siento despacio.

Bruno se queda cerca al lado de la pared, pero lo suficientemente cerca como para que lo sienta.

El médico me pide que me recueste.

Siento el gel frío sobre mi abdomen que me hace tensarme..

—Respira —susurra Bruno.

Y lo intento. De verdad lo intento.

El médico mueve el transductor sobre mi piel. Hay un pequeño sonido en la máquina. Nada más.

—Vamos a ver… —dice el médico en voz baja.

Entonces el monitor cambia. Primero no entiendo qué estoy viendo, solo formas, sombras y líneas borrosas.

Pero el médico se detiene un segundo —Aquí está —dice.

Bruno se inclina un poco.

Y entonces lo escucho. Un sonido pequeño, rítmico.

El médico ajusta algo en la pantalla y aparece más claro.

—Buen latido —añade con naturalidad.

Latido.

Siento que el aire se me queda atrapado en el pecho, Bruno no habla, pero su mano aprieta la mía.

El médico señala la pantalla —Alrededor de… seis semanas —dice— Todo parece estar en etapa inicial, pero estable.

Seis semanas. Repito el número en mi mente.

—¿Quieres imprimir una imagen? —pregunta el médico.

No respondo de inmediato.

Bruno sí —Sí —dice.

El médico asiente y sigue trabajando. Mientras tanto, el sonido del latido sigue en la sala.

Imposible de ignorar.

Bruno se inclina hacia mí.

—Anabella…

Lo miro y en su expresión no hay pánico, no hay huida, no hay duda sobre mí.

—Lo escuchaste —dice suavemente.

Asiento sin poder hablar.

[…]

Nunca imaginé que volvería a sentir miedo de entrar al despacho en casa.

Había entrado cientos de veces. Cuando era niña para mostrarle dibujos, cuando era adolescente para pedir consejos y durante el último año para trabajar junto a él.

Pero esta vez es diferente. Esta vez siento que camino hacia un juicio.

No porque mis padres sean crueles sino porque los conozco y sé exactamente lo mucho que han soñado para mí.

Mi madre está sentada en uno de los sofás.

Mi padre detrás de su escritorio.

Ambos parecen confundidos por la urgencia con la que pedimos hablar.

Bruno está a mi lado.

—¿Ocurrió algo? —pregunta mi madre.

Mi garganta se seca. Había practicado esto en el coche, mentalmente, mil veces y aún así las palabras se niegan a salir.

—Anabella —la voz de mi padre es tranquila —¿Qué sucede?

Los ojos comienzan a arderme.

No. No puedo llorar todavía.

—Papá…

Mi voz se rompe, mal comienzo.

Mi madre se incorpora en el asiento ahora sí preocupada —¿Estás enferma?

Niego rápidamente —No.

Bruno toma aire y entonces habla.

—Señor Moretti. Señora Moretti. Hay algo que debemos decirles.

Mi padre lo observa serio y atento.

Siento que ya no puedo retrasarlo más —Estoy embarazada.

La habitación queda completamente inmóvil.

Mi madre parpadea más de una vez, mi padre simplemente me mira como si no hubiera escuchado bien.

Mi madre es la primera en reaccionar —¿Qué?

—Hoy fuimos al médico —explico —Lo confirmaron.

Mi padre continúa en silencio y eso me asusta más que cualquier grito. Mucho más.

Mi madre se lleva una mano a la boca —Dios mío…

No parece furiosa, parece impactada y eso duele más.

—¿Cuántas semanas? —pregunta finalmente.

—Seis.

Ella cierra los ojos un instante intentando procesarlo.

Mi padre sigue sin hablar.

—Papá…

Por fin lo veo moverse, se reclina lentamente en su silla.

—¿Seis semanas? —pregunta.

Asiento.

—¿Y el médico? —dice al fin. Su tono vuelve a sonar como abogado: Controlado y práctico.

—Dice que todo está bien.

—¿Estás sana?

—Sí.

—¿No hay complicaciones?

—No.

Él asiente una vez y durante unos segundos parece concentrado únicamente en eso. En mi salud.

No en el escándalo, no en la reputación, no en los rumores. En mí.

Mi madre finalmente habla —Anabella… —su voz tiembla —Tienes diecinueve años. Estás estudiando, tienes toda una carrera por delante.




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