MERY
Las dos primeras semanas en el área de urgencias fueron desastrosas; se debía aprender sobre la marcha, y leyendo cientos de libros electrónicos. Estaba cansada.
Mi madre me lo advirtió, no debía buscar a Chad, que él ya era problema de la presidenta y no mío. Pero no sabía cómo después de estar toda tu vida con alguien, querían que así, tan fácil. Lo olvidara.
Pasé mi cabello hacia atrás innumerables veces, seguía siendo muy corto que casi no se sostenía en mis orejas. La hora del almuerzo me incomodaba un poco, nadie me hablaba y aunque yo hiciera el intento, como que se afligían.
—Debe ser muy difícil adaptarse para un secundario —El doctor Tyron era el único hombre amable en el hospital, todos parecían estar molestos, siempre.
—Lo es, vives acostumbrado a otras cosas que salir aquí te hace sentir malo.
El hombre se rio, negando, sentándose a mi lado.
—Se toman muy en serio la amistad en este lugar, solo intenta hacer amigos, ser tu misma, pareces graciosa —animó, en vano, porque no lo era.
Me reí, por lo bajo.
—No lo soy, para nada. Incluso con los propios secundarios me costaba hacer amistades, porque el amistoso era...
Aplané mis labios, basta, me reprendí, siempre sacaba a Chad en todas mis conversaciones. Tyron me miró, tocando mi hombro como si supiera lo que sentía.
—No es fácil lidiar con las cosas nuevas, lo sé, pero con él tiempo aceptarás a todos aquí, y todavía más cuando te escojan una pareja —Lo dicho al final me hizo mirarlo.
—¿Pareja? —pregunté, llena de indignación—, ¿la ropa interior también la eligen por ti?
Una risa carrasposa salió de su garganta. Negando por lo bajo.
—Lo ves, eres graciosa. A las mujeres las emparejan con alguien muy similar a ellas, tienen que coincidir en todo —explicó, moviendo las manos—, tengo treinta y todavía no me escogen para alguien.
Lo seguía mirando igual, indignada con lo que acaba de relatarme, me sentí molesta. Tenía dieciocho y ya querían casarme con alguien.
—Me parece machista, ¿y si me niego a querer casarme? —pregunté, porque no me era factible; y si me tocaba un viejo.
Negué, moviendo la cabeza con la idea impregnada.
—Lo sé, pero son las reglas de la presidenta —Hizo un mohín con los labios—, y debemos acatarlas.
Me crucé de brazos, recargándome en la silla. Pensé en mi madre, mi padre se veía mayor a ella, y nunca lo pensé de esa manera. Pero ahora de imaginarla a los dieciocho con un hombre de cuarenta, me pareció repulsivo. ¿Qué diantres le pasaba a la presidenta en la cabeza?
...
Mi turno terminó, salí guardando mis cosas en la bolsa; pude apreciar de lejos a mi madre, que sonreía mientras levantaba la mano. Le sonreí caminando más rápido a ella.
—¿Cómo fue tu día? —quiso saber, quitándome mi bolsa para ayudarme.
Mi madre era cocinera, ellos tenían que estar mucho más temprano para preparar el desayuno, la comida y la cena de toda la ciudad.
—Estoy molesta —Fui honesta; ella me miró con fijación, parpadeando.
—¿Ya lo sabes? —Meneó los labios, suspirando cuando la miré indignada—, Mery, las cosas no son como uno quiere siempre, sé que querías mucho a ese muchacho, que estabas enamorada, pero aquí arriba no puede haber enamoramiento, eso llega a ser malo para la sobrepoblación, más coito y más hijos.
—¿No hay más formas de evitarlo? —investigué—, o sea hay máquinas para todo, pero nada para evitar embarazos.
Bufó, metiéndome a una compuerta que, al escanearnos, se abrió con facilidad. El lugar estaba repleto de chicas de mi edad, todas emocionadas; y me daba rabia pensar que se sentían inquietadas por algo tan misógino.
—Es un escaneo rápido, después de la boda tendrás la oportunidad de que no te toque hasta que la presidenta le dé la orden, al primer hijo ambos serán sellados para no tener más —Mi madre me lo dijo con tanta naturalidad que me agobió.
—¿Qué pasa con los secundarios? —divagué—, ¿por qué cada año hay si usan esas técnicas?
—Embarazos gemelares; mujeres que se niegan al tratamiento, hombres infieles —Cerró los ojos encogiéndose en hombros—, el sistema aparenta ser perfecto, Mery, pero no lo es.
—¿Por qué se niegan al tratamiento?
Mi madre suspiró ante tanta curiosidad, pero quería saberlo todo.
—No es cien por ciento seguro, hay mujeres que mueren de cáncer por errores en ello, Mery, deja de preguntar y metete a la fila —Me condujo a la fila de chicas de mi edad que temblaban nerviosas.
No llevaba ni un mes en la ciudad y ya tenía que casarme; y pedirle permiso a la presidenta para poder gestar. Me parecía muy raras las pruebas de aquí arriba. Instintivamente miré a mis lados, y el corazón me dio un vuelco cuando los ojos claros de Lynn me estaban observando, sentí la mirada llena de odio, de rabia, quizá si no hubiera tanta vigilancia, ya me habría tomado del cuello.
Su uniforme blanco era de la guardia, no me extrañaba en lo más mínimo. Me giré para evitar su mirada, aunque la sentía plantada en mi espalda.
—No te hará nada, esta indefensa —El aroma y la voz que me habló me dieron un dolor de cabeza al instante—, lo hiciste por salvarlo —La presidenta al lado de mí con sus tacones me veía desde arriba.
Todas a mi alrededor se sorprendieron cuando me habló directamente. Quise arrancarle a peluca rosa de un zarpazo. La miré mal desde el principio, no me importaba en absoluto sus leyes, ni tampoco su respeto en todos en la sala.
De reojo vi a sus guardaespaldas, y me giré quizá con mucha urgencia, esperando ver a Chad. Pero su risa me sacó de mis cabales.
—No pierdas tu tiempo, cariño, no lo volverás a ver —Su voz me causó molestia, sus palabras todavía más—, es de mi propiedad ahora.
Me atraganté con todas las palabras que le quería decir en ese momento; y soporté toda la ira que me quería consumir.
—Desde que entran a la prueba seleccionamos a los diez que saldrán, y tú no eres parte de ellos, en cambio el numero cuarenta siete lo era, pero el trato del número seis lo pactó, salvarte la vida.
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Editado: 24.04.2026