CHAD
Mi corazón retumbó con un fuerte dolor que me hizo sentir un hueco en mi estómago. Quería vomitar, no existir en este preciso momento. Y la mujer posada frente a mí me daba todas las ganas de hacerlo.
—No soy estúpida, Seis, sé que fuiste tú con las bombas —habló, con la mano en la cara, según ella, fatigada.
Sentí el vidrio de mi copa hacerse añicos en torno a mis dedos, estaba furioso. Arrojé el resto al suelo de la alfombra, pegando un gruñido cuando sentí el ardor en mi piel.
—¡No asistiré! —grité, sacudiendo la sangre de mi palma por la habitación.
La mujer frente a mí no llevaba maquillaje, era casi normal sin pelucas. Su cabello oscuro rebasaba los límites de largo, y sus ojos marrones se abrían más cuando estaba molesta.
—Estarás ahí, y observarás toda la maldita ceremonia hasta que esa chica bese a su marido —gruñó entre dientes—, y pagaras todo lo que hiciste con esas bombas.
La vi levantarse, mofándose entre dientes mientras hacía paso hasta la bañera. Los mayordomos se apresuraron a seguirla mientras otros recogían el vidrio y uno más me colocaba un trapo en la herida.
Grité, sobresaltando a todos en la habitación.
Alguien me había delatado, no era muy lista. Alguien tuvo que decirle que yo tuve que ver con las bombas, que yo quería la rebelión con los secundarios; acabarla de una vez por todas; estaba cansado de ser su marioneta y satisfacerla a cada segundo. Y quería castigarme, quería hacer sufrir más a Mery de lo que lo había hecho. Después de verla de nuevo, y no poder abrazarla, me había dolido bastante, que no soportaría verla con alguien más.
—Señor —habló un mayordomo, cabizbajo—, su baño está listo.
—No me llames señor, y no me ducharé —farfullé, saliendo de la habitación a toda prisa.
Los demás guardias alrededor de la habitación me miraron, y sabía que correrían de inmediato a decírselo.
—¿Qué me miran? —gruñí, negando.
Estaba asqueado, no podía imaginarme nada más ahora mismo. Su perfume se sentía ya adherido a mi piel, su cabello me producía pesadillas y sus manos sobre mi cuerpo me estaban conduciendo hacia la locura. Cerrar los ojos y pensar en Mery fueron mis salidas los primeros días, después ya no soportaba su contacto, ni su olor, tampoco sus labios contra los míos y ese sabor, sabor a alcohol.
Pero no podía hacerse a un lado, el pacto estaba hecho y debía cumplirlo, Mery era mi prioridad, y no dejaría que la dañaran, pero fui tonto, solo juré por su seguridad, y me olvidé de sus intereses. Ahora era obligada a casarse con quien sabe quién.
Aparte de morir de celos por dentro, estaba en una agobiante agonía de temer en que la quisiese forzar hacer algo que ella no quiera.
Después de dar tres vueltas a la última planta de la mansión, me volví a meter a la habitación, cuando la presidenta estaba casi lista, su peluca doraba destellaba con brillantina, su labial y sombra a juego la hacían ver maquiavélica. Y su vestido parecía de la realeza.
—Tu traje está listo, Seis —Me señaló con la cara un traje del mismo color, colgado en un gancho.
La miré con seriedad, tratando de intimidarla con la mirada; pero ella sonrió.
—No iré —repetí, casi escupiendo letra por letra; acercándome a ella.
Tomó una copa de su tocador, dando un trago grande, golpeando al hombre que arreglaba sus mangas con el codo.
Este ni se inmutó.
—Todo el escenario estará inundado de gente, y habrá guardias que tienen la orden de disparar cuando yo levanté un dedo —murmuró cerca de mi rostro, besando levemente mis labios, dejándolos pegajosos—. Y recuerda que cualquier impedimento provocaría meterle una bala al cerebro.
Ya no hubo nada que pelease a mi favor, sus palabras intimidaban siempre con mucha más fuerza. Y yo como chico bueno tomé el traje dorado, comenzando a ponérmelo, sin objeción.
Pero en cuanto póngase a Mery a salvo, acabaría con ella.
......
MERY
Me estaba sofocando, tratando de recuperar el aire que ahora mismo no me llegaba bien a los pulmones. No me permitían comer hasta después de la ceremonia, debía verme esbelta todo el trayecto.
Mi madre me estaba viendo al otro extremo de la habitación, y no pude ver la sonrisa que esperaba de su parte. Era obvio que esto no era felicidad para nadie.
El vestido era exageradamente largo, el corsé me lastimaba las costillas y me picaba de la espalda. Quería llorar, pero las largas pestañas que me habían puesto se arruinarían.
—No te sientas mal, Mery —Mi madre se levantó, caminando a mí lentamente—, todas nos sentimos así el primer día.
La injusticia se me incrementaba, quería yo misma oponerme, no casarme, irme o morirme. No estaba dispuesta a vivir toda mi vida con alguien que no quiero y tampoco conozco a merced de los caprichos y ordenes de la presidenta.
Mi cabello seguía siendo corto como para poder armar un peinado, así que solo colocaron una corona de flores blancas y un velo que cubrió mi rostro. El olor de las flores me estaba dando náuseas y tenía un nudo en el estómago.
—Señora, llego su auto —habló un guardia desde la puerta, mirándonos a todos dentro de la habitación.
Los estilistas salieron primero, mi madre después. El guardia me dio la mano para no tropezar con los pliegues del vestido y los zapatos altos que me habían colocado.
—Mamá —Le susurré cuando estaba a su altura—, si no acepto, ¿qué me pasará?
—No te he recuperado para volverte a perder, Mery —terminó y su tono me sonó demasiado brusco, sentí que estaba más molesta conmigo ahora.
Me la pasaba quejando de este mundo, y aunque sonase raro, extrañaba las pruebas, las celdas, el calor de Chad y sus ronquidos por la noche. Estar ambos en la cama leyendo algo, riendo, divirtiéndonos.
El auto arrancó, y aguanté la presión de expulsar la bilis. Necesitaba por lo menos beber un poco de agua, una píldora para los nervios; ni siquiera había dormido bien de estar pensando en esto.
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Editado: 07.05.2026