La prueba

35: Tu padre

MERY

La oscuridad era demasiada cuando caminabas cerca de la valla que dividía la ciudad del exterior. El terreno estaba flojo y mis zapatos se hundían. Mi respiración era incierta y mis nervios estaban al rojo vivo. Estaba decidida en hacerlo, la rebelión e inclusive participar en una revolución. No deslindaría de sus derechos a nadie, necesitábamos vivir libres; enamorarnos y estar con quien queramos.

Dejar de ver morir a niños, dejar de ver a mujeres sufriendo por el tratamiento y hombres ocultándose para ser quien querían ser.

Se sintió frio cuando los edificios se apartaron de mi alcancé, miré a todas las direcciones, tratando de enfocarme en la oscuridad, sentir algún movimiento o algo que pudiese delatarme. El túnel ya no quedaba muy lejos, comencé a reconocer los edificios lejanos, las luces estaban bajas porque ya eran pasadas de media noche; y no tenía idea si la fiesta aún seguía, si Chad sí vendría.

Me quedé de pie un rato fuera del túnel, abrazándome a mí misma; porque no sabía si temblaba de frio o de la ilusión de ver a Chad de nuevo, sin que nadie nos vea.

Alguien chistó dentro del túnel y me moví, tratando de ver algo internamente, y fue hasta que vi el cabello rizado de Chad asomarse, que entré. Sus manos se enrollaron en mis brazos, y sentí el jalón que me dio para estrecharme en sus brazos.

Suspiré sin querer, y sentí su cuerpo tan cálido que no quería soltarlo ni un segundo. Y por un momento había olvidado que estaba molesta con él.

—Chad... —murmuré, contra su cuello que olía bien.

Me separó de su agarré y vi el brillo de sus ojos relucir cuando me encontré con ellos; me relamí los labios, tratando de volver en sí, de poner manos a la obra y dejar el romanticismo.

—Te he echado tanto de menos, Mery —susurró, tocando mi rostro con sus grandes manos, haciéndome sentir pequeña—, no podía dejar de pensar en ti.

Cerré los ojos, despegándome de su agarre, tomando la fuerza de voluntad para no tirarme entre sus brazos y besarlo. El silencio se hizo tenue, ambos mirándonos el uno al otro con la poca luz que nos daba en el rostro, vi las pecas, su hoyuelo y su rizado cabello.

No pensé que extrañaría algo tan simple como un gesto de su rostro.

—Tienes que saber cosas, Chad —hablé primero, aclarándome la garganta—, fuera hay gente queriendo derrocar a la presidenta.

Chad frunció el ceño, mirando el fondo del túnel.

—¿Por eso me has traído aquí? —examinó, retirando sus manos de mi rostro.

—Debes saber cosas de ti, de tu origen...

Me cortó:

—¿Mi origen? —Sonaba cada vez más incierto.

—Que ellos te lo cuenten —hablé, señalando el extremo del túnel.

Di el paso para continuar, pero Chad volvió a tomar mi mano, jalándome un poco para que volviera a verlo; no muy segura de lo que quería hacer, me giré mirándolo con tristeza.

—Estaba molesta, Chad, he estado muy molesta por las cosas que haces por querer salvarme, poner a los demás en peligro —comencé antes de que él dijera cualquier cosa—, deja de querer protegerme a costa de los otros.

Chad movió la cabeza a un lado, inciertamente, volviéndola hacia mí.

—Ya te he dicho porque lo hago, Mery, ni siquiera lo analizo, solo sé que quiero protegerte —explicó, con la voz entre cortada—, te amo, Mery, como a nadie en el mundo.

El corazón se me estrujo, y sabía que yo en su lugar haría lo mismo. Estábamos juntos desde siempre, aprendimos el uno del otro, y era como fuésemos parte de la misma persona. Uno no funcionaba sin el otro; nos compactábamos a la perfección.

—Chad, yo... —Negué antes de poder sacarlo de mis labios.

Tomó mi mano y la elevó a su rostro, besando dócilmente mi piel.

—No es necesario que digas nada, estoy dispuesto hacer todo lo que me pidas —agregó, sonriendo como lo hacía antes de hacer alguna travesura.

No pude evitar sonreír por el acto.

—Hagamos esto juntos, ayudemos a liberar a esa gente —pedí.

Chad asintió, tomando mi nuca para besar mi sien, y entonces tomé su mano, caminando más dentro del túnel, tratando de visualizar algún tipo de movimiento fuera; ambos saltamos para bajar y meternos entre la cerca, saliendo al exterior.

—¿A dónde me llevas? —preguntó sin paciencia, pero chisté, sin dejar de caminar entre la hierba alta, tratando de recordar el camino hacia la rebelión.

Pude ver luz a la lejanía, incluso aprecié el sonido de personas riendo; estábamos tan cerca y me sentía asustada. Chad estaba a punto de saber toda la verdad, y yo no sabía cómo reaccionaría al respecto.

Chad y yo pusimos los pies dentro del lugar, toda la gente dejó de hacer ruido cuando nos vieron llegar, algunos se pusieron de pie y nos miraron con temor.

—Soy amiga de Tyron —afirmé de inmediato cuando vi que comenzaron a acercarse con armas.

El agarre de Chad se tensó, y lo apreté para que no quisiera hacer nada estúpido, como era su costumbre. Vi a la mujer molesta salir de entre la gente, mirándome y reconociéndome al instante, porque su ceño se aguado.

Levantó la mano izquierda y todos bajaron sus armas, incluso Chad se suavizó.

—Mery —Me sorprendió que recordará mi nombre—, Tyron tenía razón en cuanto a tu postura.

Asentí, acercándome a ella. Pero levantó el rostro, observó a Chad y la vi asombrarse.

—Logan —dijo alguien detrás, y vi que Chad frunció el ceño todavía más confundido.

—Es el número seis, cielos, eres idéntico a tu padre —habló la mujer molesta, provocando que Chad arrancase mi agarre para dar dos pasos de frente—, Logan, tu padre.

Chad abrió la boca, pero no emanó nada, intercambió miradas conmigo, y después con todas las personas que lo miraban con alusión, como si lo conocieran y lo hubiesen echado de menos.

La mujer nos hizo una seña para que la sigamos, y no perdimos tiempo, nos invitó a pasar a su tienda. Y pude apreciar a Chad inquieto, ceñudo e impaciente por hacer preguntas.




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