La prueba del cielo

CAPÍTULO 2 — La procesión del cielo

Aren Nox llegó a la avenida principal cuando Valaris ya no fingía calma.

Las campanas repicaban desde todos los templos, chocando unas contra otras en el aire como si compitieran por ser escuchadas primero. La ciudad vibraba bajo los pasos de la multitud, y el cielo, todavía pálido, se veía más pequeño entre las estatuas que lo flanqueaban.

Aren caminaba recto, con los hombros tensos y el escudo de su casa bien visible en el pecho.

Nox.

El nombre pesaba más que el metal.

En la avenida, la gente se apretaba a los lados, retenida por cuerdas, guardias y miradas afiladas. Algunos lo observaban con curiosidad; otros, con ese desprecio cómodo que nace cuando uno no arriesga nada. Aren había crecido con esas miradas. No eran nuevas. Pero hoy dolían distinto.

Porque hoy, por primera vez, miraban esperando que fallara.

Las casas nobles marchaban en orden. Grandes estandartes ondulaban sobre sus cabezas, colores limpios que el sol parecía respetar. Cada blasón era un recordatorio de jerarquía, de historia escrita por vencedores.

Los Valen iban cerca del frente.

Por supuesto.

Kael Valen caminaba como si la avenida le perteneciera. No necesitaba apresurarse, ni girar la cabeza, ni confirmar que lo estaban observando. Sabía que lo estaban. Su armadura ceremonial brillaba casi demasiado, como si la hubiera pulido el cielo mismo. Sonreía al pueblo con una facilidad ensayada, precisa, perfecta.

Cuando Kael pasó junto a una estatua del dios Kael —guerra, victoria necesaria, honor tallado— la coincidencia provocó murmullos admirados.

—Míralo.

—Igual que el dios.

—Destinado.

Aren escuchó esas palabras como se escucha un viento frío: sin responder, sin olvidarlas.

Él marchaba más atrás, junto a casas menores. Vasallos. Lo suficiente para ser llamados al Torneo, no lo suficiente para ser celebrados.

Alguien se inclinó apenas cuando lo vio pasar. Otro escupió en dirección contraria, rápido.

Aren mantuvo la mirada al frente.

No bajes la cabeza, se dijo. Eso es lo que quieren.

La avenida se abrió hacia la Plaza del Cielo.

Allí el ruido se multiplicó.

Las estatuas colosales cerraban el círculo como jurados eternos. Aros con su rueda. Lyris con los ojos vendados. Mera con el cuenco. Thalos sin rostro. Y el templo mayor de Aroth, dominándolo todo.

El pueblo gritó cuando los primeros nobles entraron al centro.

No era alegría. Era costumbre.

Y entonces la vio.

Lyra Lyren caminaba entre sacerdotes, vestida de blanco, como si la hubieran arrancado de una estatua y obligado a moverse. No sonreía en exceso. No mostraba debilidad. Control absoluto.

Ese control costaba.

Aren no supo cuánto tiempo la miró.

Supo exactamente cuándo Kael lo notó.

Kael giró la cabeza apenas.

Sus ojos se clavaron en Aren con una precisión pulida. No por el rostro. Por el apellido.

Nox.

Kael sonrió.

No al pueblo.

A Aren.

Y en esa sonrisa no había saludo, sino promesa.

Se desvió de la procesión y se acercó lo justo.

—Vaya —dijo Kael—. Al final sí viniste.

—Las reglas lo permiten —respondió Aren—. Igual que a ti.

Kael inclinó la cabeza.

—Las reglas. Claro. Aunque no todos venimos por lo mismo.

Su mirada bajó al escudo de Aren.

—Algunos representan al reino —continuó—. Otros recuerdan su lugar.

—Eso lo decidirá el Torneo —dijo Aren.

Kael rió suavemente.

—Qué fe tan conveniente.

Las campanas callaron de golpe.

—¡Que el cielo observe! —proclamó una voz desde el templo—. ¡Que los dioses juzguen!

El clamor estalló.

Aren volvió al frente, pero alcanzó a ver a Lyra.

Ella no miraba al cielo.

Miraba a la multitud.

Sus miradas se cruzaron un instante.

No hubo sonrisa. No hubo gesto ensayado.

Solo reconocimiento.

Aren apartó la vista primero, con el pecho extraño.

Las trompetas sonaron.

La procesión había terminado.

Y Aren entendió algo con una certeza helada:

El Torneo aún no había comenzado.

Pero la cacería, sí.



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En el texto hay: fantasia, juvenil, romance

Editado: 01.05.2026

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