En los Barrios Bajos, las noticias no viajaban.
Se filtraban.
Bajaban por las escaleras de la ciudad alta como agua sucia, se colaban por rendijas, se mezclaban con el humo de los fogones y con el olor a pan viejo, y cuando por fin llegaban a las bocas correctas ya no eran noticia: eran versión.
Nia lo supo antes de escuchar una sola palabra.
Lo supo por el sonido.
El Torneo había empezado, y Valaris —la de arriba y la de abajo— tenía un modo particular de respirar cuando algo ocurría en el Círculo Sagrado. No era el grito, ni la campana, ni las trompetas. Era ese zumbido humano que se queda flotando incluso cuando nadie habla, como si la ciudad entera apretara los dientes.
Nia caminaba por el mercado cuando vio al primer mensajero del día: un chico flaco que corría con un brazalete azul de la Corona, la cara roja de esfuerzo y el orgullo tonto de quien cree que llevar un color lo hace importante. Pasó sin mirar a nadie, levantando polvo y codazos.
—¡Muévanse! —gritó—. ¡La calle debe quedar limpia!
Nia no se movió. No porque quisiera desafiarlo, sino porque estaba cansada de que el mundo la empujara como si fuera aire.
El chico no se detuvo. Había aprendido a gritarle a los pobres porque los pobres no responden con espadas.
A la sombra de la estatua de Mera —una Mera ennegrecida por hollín y lluvia— un grupo de mujeres discutía con cestas vacías. Una de ellas tenía las manos manchadas de harina; otra, el rostro curtido de quien ha perdido demasiadas discusiones contra el precio del trigo.
—Dicen que el Valen cruzó como si nada —dijo una, y en su voz había admiración y rencor en la misma línea.
—Claro que cruzó —respondió otra—. Los dioses lo cargaron en la espalda.
Nia escuchó sin detenerse, fingiendo que solo pasaba.
—No fueron los dioses —soltó una voz masculina desde el brasero cercano—. Fue el apellido.
Hubo risas bajas. No felices.
Nia cruzó hacia el puente donde estaba Lyris, la estatua vendada. Las flores marchitas seguían flotando en el agua sucia, pegadas unas a otras como si también ellas intentaran formar un rumor.
Al pie de la estatua, la pintura nueva resaltaba sobre la piedra húmeda:
“¿QUIÉN ELIGE A QUIÉN?”
Debajo, alguien había escrito con letras más pequeñas:
“EL QUE TIENE GUARDIAS.”
Nia se agachó como si se ajustara la bota, solo para leerlo mejor.
—No lo dejen —murmuró una voz a su lado.
Era una anciana con un pañuelo negro y una mirada afilada.
—¿Dejar qué? —preguntó Nia sin mirarla.
—Que te vean leyendo. Hoy hay ojos extra.
Nia alzó la vista. En el extremo del puente, dos guardias de la Corona vigilaban con demasiada atención para ser casual. No estaban allí por el orden del mercado. Estaban allí porque era día de Torneo, y el Torneo traía vigilancia como el fuego trae humo.
Nia se incorporó despacio.
—¿Qué pasó arriba? —preguntó la anciana, como si preguntara por el clima.
Nia negó con la cabeza.
—Todavía nada que haya llegado entero.
La anciana apretó los labios.
—Entonces espera cinco minutos.
Nia la obedeció sin admitirlo. Se quedó cerca de la estatua de Lyris, fingiendo observar el agua. En los Bajos, esperar era una habilidad: no la paciencia de quien tiene tiempo, sino la de quien sabe que moverse en mal momento puede costar caro.
No pasaron cinco minutos.
Pasaron dos.
El niño del otro día apareció con una rapidez que parecía magia. El mismo flaco de ojos grandes, con las mejillas manchadas y una energía inquieta.
—¡Nia! —susurró, como si su voz pudiera romper algo.
Nia se giró apenas.
—¿Qué haces aquí?
—¡Lo vi! —dijo el niño, y su emoción le temblaba en las manos—. ¡Lo vi desde la entrada de servicio! No me echaron porque ayudé a cargar agua.
Nia lo miró de arriba abajo.
—Te van a echar por hablar conmigo, entonces.
El niño ignoró la advertencia. Su orgullo era más grande que su miedo.
—El Valen cruzó, sí —dijo rápido—. Como siempre. Pero después…
La palabra “después” era un cuchillo con filo fresco.
Nia sintió un tirón en el estómago.
—Después, llamaron a un Nox.
Nia parpadeó.
—¿Aren Nox?
El niño asintió con furia.
—Ese. Y todos hicieron ese sonido… —buscó la palabra y no la encontró— como cuando alguien espera que te caigas.
Nia miró a los guardias al final del puente. Seguían allí, pero no miraban a ellos. Miraban al río. O fingían.
—¿Y?
El niño se inclinó más, casi pegando su cara a la de Nia, como si el rumor fuera secreto de Estado.
—Caminó.
Solo eso.
Nia frunció el ceño.
—Todos caminan.
—No como él —insistió el niño—. No corrió. No tembló. No se apuró. Se detuvo cuando una bestia se le vino encima y… y no se movió.
Nia se quedó inmóvil.
El niño siguió, atropellando palabras.
—La montura lo olió. Le gruñó. Y él se quedó ahí, como una estatua. Y la montura se giró. ¡Se giró! Como si él… como si él no valiera la pena para morderlo.
Una risa breve escapó de Nia, sin permiso.
—¿Y la gente?
El niño se encogió de hombros, emocionado.
—Al principio, silencio. Luego algunos aplaudieron. Pocos. Pero aplaudieron de verdad. No como cuando aplauden al Valen por respirar.
Nia miró hacia arriba, hacia la ciudad alta que brillaba lejos, y sintió una punzada extraña: no esperanza, porque la esperanza en Valaris era peligrosa… pero sí una especie de calor en el pecho, como cuando ves a alguien pequeño empujar una puerta que siempre estuvo cerrada.
—¿Y los nobles? —preguntó, bajando la voz.
El niño se encogió.
—Se miraban raro. Como si no supieran qué hacer con eso.
Nia pensó en la pintura: “¿QUIÉN ELIGE A QUIÉN?”
Y por primera vez ese día, la pregunta no le pareció solo amargura. Le pareció amenaza.
—¿Lo castigaron? —preguntó la anciana de pañuelo negro, que había escuchado más de lo que aparentaba.