Lyra odiaba la forma en que Valaris llamaba “bendición” a todo lo que era control.
Lo había aprendido con los años, con una precisión dolorosa: el mismo gesto podía ser consuelo en una casa pobre y una cadena en una casa noble. En Casa Lyren, la fe era un idioma para no equivocarse. Para no convertirse en rumor. Para no ser la próxima prima lejana cuyo nombre se mencionaba en susurros como advertencia.
Por eso, cuando la llevaron a la galería de vuelo —una terraza elevada conectada a la Aería de la Corona— Lyra sintió el medallón pesado como una piedra atada al cuello.
El lugar era distinto al Círculo.
Aquí el viento mandaba.
Golpeaba contra las barandas, silbaba entre postes, sacudía estandartes hasta hacerlos sonar como alas falsas. El suelo era piedra reforzada con marcas profundas de garras, y en el borde había campanas de señal colgando de cadenas: no por ceremonia, sino por necesidad.
Lyra olió resina y cuero antes de ver nada.
Dragones.
Los candidatos que habían pasado la fase de Dominio en tierra estaban reunidos en una plataforma inferior, bajo supervisión de cuidadores y oficiales. No iban a volar como héroes. Iban a volar como piezas entrenadas.
Porque el cielo en Valaris también tenía reglas.
—Tramo corto —explicó un oficial de la Corona a la multitud autorizada—. Circuito de reconocimiento. Despegue, giro sobre la Plaza del Cielo, retorno inmediato. Seguridad máxima.
Lyra oyó la frase y pensó: “la seguridad es una palabra que se usa cuando alguien quiere que confíes sin preguntar.”
En la plataforma, los dragones de entrenamiento aguardaban, grandes y tensos. No eran “bestias” sueltas; estaban bajo correajes de control, con cuidadores tocando sus cuellos y sus alas como quien conversa con algo que podría matarte sin mala intención.
Lyra vio las runas biológicas enseguida.
Los anillos concéntricos alrededor de los ojos se marcaban más con la luz y con la tensión. En algunos dragones eran finos. En otros, gruesos, como si el patrón hubiera crecido con ellos y no sobre ellos.
El sacerdote de Aroth presente murmuró algo a un noble:
—Los anillos se cerraron hoy. Señal.
Lyra sintió una náusea breve.
Ahí estaba el truco: convertir biología en profecía.
Convertir un cuerpo real en una historia útil.
Kael Valen estaba cerca, por supuesto. Su presencia siempre encontraba la posición perfecta: visible, central, incuestionable. Vestía oscuro, impecable, con la capa moviéndose con el viento como si el aire también lo aplaudiera.
Cuando Lyra llegó, Kael la miró y sonrió.
La sonrisa pública.
Pero sus ojos no eran públicos.
Eran posesión.
—Te ves… adecuada —dijo en voz baja cuando estuvo lo bastante cerca.
Lyra apretó el medallón.
—No es un cumplido —respondió.
Kael soltó una risa suave.
—No. Es una confirmación —susurró—. La ciudad te pertenece cuando haces lo correcto.
Lyra lo miró, helada.
—La ciudad no me pertenece. Me usa.
Kael inclinó la cabeza, como si la frase fuera un capricho juvenil.
—Es lo mismo —dijo.
Lyra quiso contestar, pero no tuvo tiempo.
Una campana sonó.
Y ell primer dragón se preparó para despegar.
El cuidador retiró una correa de seguridad. El dragón tensó las alas, y el aire pareció volverse pesado. Lyra sintió el batir antes de verlo: el viento se transformó en golpe, el sonido se metió bajo la piel.
El dragón saltó.
No voló “bonito”. Voló real.
Un esfuerzo enorme, alas abriéndose como puertas, garras dejando marcas nuevas en piedra, y luego el cuerpo elevándose con una fuerza que parecía imposible.
La multitud exhaló como si hubiera estado conteniendo el aire.
Lyra sintió el corazón en la garganta.
Eso era lo que el Torneo vendía.
No solo prestigio.
Sensación de cielo.
Los candidatos empezaron a ser llamados.
Kael fue, por supuesto, entre los primeros.
Kael se acercó a su dragón con una calma ofensiva, como si el animal ya lo hubiera aceptado en su destino. Los cuidadores ajustaron el correaje de vuelo con rapidez precisa. Kael subió con soltura, tomó las riendas, y el dragón lo olfateó, los anillos alrededor de los ojos marcándose con la tensión, y entonces Kael despegó.
El cielo lo recibió como si lo hubiera estado esperando.
Lyra observó el vuelo corto: un giro amplio sobre la Plaza del Cielo —la multitud abajo como un mar— y el regreso controlado. Kael aterrizó con seguridad y recibió aplausos.
Se bajó como si hubiera regresado de su lugar natural.
Cuando pasó junto a Lyra, le habló sin dejar de sonreír al público.
—¿Ves? —susurró—. Así se hace, sin drama, es muy fácil.
Lyra lo miró con rabia contenida.
—Sin humanidad —murmuró.
Kael no pareció ofendido.
Pareció divertido.
El siguiente candidato falló el aterrizaje por nervios. No cayó, pero el dragón patinó, y el cuidador tuvo que agarrar una correa para estabilizar. Hubo un murmullo nervioso. El sacerdote de Aroth levantó las manos como si bendijera el accidente para convertirlo en lección.
—La fe sostiene el pulso —proclamó.
Lyra sintió ganas de gritar.
Entonces dijeron el nombre que hizo que el viento pareciera cambiar de dirección.
—Aren Nox.
El murmullo fue distinto.
No un aplauso.
Una expectativa peligrosa.
Lyra sintió el cuerpo tensarse.
Se obligó a mantener la postura, pero no pudo evitar inclinarse un poco hacia adelante.
Aren caminó hacia su dragón de práctica —Bruma, lo oyó decir a un cuidador— con el mismo paso medido de siempre. No para ser visto, era para no regalar pánico.
Bruma tensó las alas al verlo. Los anillos concéntricos alrededor de sus ojos se marcaron con claridad bajo la luz fría de la terraza.
Lyra sintió el aire llenarse de ese olor mineral y cálido.
Dragón real.