NIA
Nia no pertenecía a la ciudad alta.
Eso se lo recordaban las piedras.
Las calles aquí arriba olían distinto: menos humo de fogones, menos grasa de mercado, más incienso, más cera limpia… y, por debajo, un rastro que no engañaba a nadie que hubiera pasado cerca de los Corrales del Cielo: resina, cuero, calor mineral.
Dragones.
Nia caminó con la cabeza un poco baja y las manos escondidas en las mangas, como siempre, pero sin la prisa nerviosa de quien teme. No era valiente; era práctica. Si parecía asustada, la mirarían. Si parecía invisible, la dejarían pasar.
Había aprendido a moverse en días de Torneo como se mueve un ratón bajo mesas de banquete: cuando el ruido tapa tus pasos.
La Calle de los Juramentos estaba más llena que de costumbre. Mensajeros con bandas azules cruzaban de un lado a otro, guardias revisaban sellos, y en las esquinas colgaban carteles nuevos con el ojo dibujado y anillos concéntricos alrededor, como si el papel pudiera vigilar tanto como la piedra.
LA FE SOSTIENE EL CIELO.
LOS RUMORES LO ROMPEN.
Nia apretó la mandíbula y siguió.
En el bolsillo interior, cosido a la ropa, llevaba el papel doblado. Era pequeño, pero pesaba como una moneda robada: no por el material, sino por el castigo si la encontraban con eso.
DOBLA EL OÍDO DEL CIELO.
CUIDA LAS CADENAS.
Frases raras. Frases que no eran rezo ni edicto.
Frases que solo podían ser advertencia.
Cuando llegó a la entrada de servicio del Círculo Sagrado, no miró al guardia de frente. Mirar a un guardia era invitarlo a existir en tu día.
Se pegó a un grupo de cargadores que llevaban cubos de agua y paños. El olor a resina era más fuerte aquí; arriba, en las terrazas, el viento traía la promesa del vuelo, aunque el cielo estuviera gris.
Un tintineo de cadena sonó a lo lejos.
Nia sintió un escalofrío.
Campanas de aería.
Recordó al niño diciendo: “lo vi, Nia”. Recordó el rumor: “casi cae”. Recordó el papel, y lo apretó con los dedos como si fuera una cuerda.
“Encuentra al Nox. Dáselo. Y sal de aquí viva.”
No era un plan bonito. Era un plan real.
Vio a los candidatos en un corredor lateral: capas, broches, pasos medidos. La mayoría caminaba como si perteneciera. Pero… uno no.
Aren Nox no marchaba como heredero.
Marchaba como alguien que sabe que el suelo no lo quiere y aun así lo pisa.
Nia lo reconoció sin necesidad de que nadie lo señalara: por cómo los demás dejaban un espacio alrededor, por cómo los guardias lo miraban un segundo más, por cómo su rostro no pedía nada.
Ese era el tipo de persona que el sistema odiaba.
Nia respiró hondo, se separó del grupo de cargadores con un movimiento mínimo y avanzó directo.
Directo era peligroso.
Pero hoy no había tiempo para ser elegante.
Se colocó frente a Aren Nox como si fuera un accidente del camino.
Aren se detuvo, sorprendido, y sus ojos bajaron hacia ella con esa alerta que tienen los que no han sido protegidos por nadie.
—¿Sí? —preguntó, breve, sin agresión.
Nia no se inclinó.
No por orgullo.
Por urgencia.
—No mires —susurró, y le metió el papel en la mano con un gesto rápido, seco.
Aren cerró los dedos por instinto.
El contacto duró menos de un segundo.
Nia ya se estaba moviendo hacia un lado, mezclándose de nuevo con los cargadores, cuando oyó la voz del guardia detrás.
—¡Tú!
Nia sintió el corazón dar un salto, pero no corrió.
Corres y te vuelves presa.
Se giró lento.
El guardia la miraba con sospecha.
Nia levantó el cubo de agua que había tomado al pasar, como si siempre lo hubiera tenido.
—Me mandaron por esto —dijo, con voz aburrida, como si el mundo no le interesara.
El guardia la evaluó.
Luego desvió la mirada hacia el flujo de gente, como si su atención tuviera otros dueños más importantes.
—Muévete —gruñó.
Nia se movió.
No miró atrás.
Pero supo, con un frío perfecto, que la parte más peligrosa ya había pasado.
Ahora el peligro estaba en la mano de Aren.
AREN
Aren sintió el papel como si fuera una brasa.
No porque quemara, sino porque no pertenecía a su mano.
En Valaris, lo que llega a ti sin permiso suele traer dientes.
Aren siguió caminando con el paso exacto que el Torneo exigía: ni rápido, ni lento. La ciudad observaba a los candidatos incluso en los pasillos, como si el juicio no se quedara en la arena.
No abrió el papel, aún no.
Primero guardó la brasa.
Deslizó el pliegue dentro de su chaqueta, junto al broche de Nox, y mantuvo la cara quieta.
“No des razones.”
La entrada a los patios internos olía a cuero y resina. Cuidadores cruzaban con correajes al hombro; oficiales de la Corona revisaban listas; un sacerdote anotaba algo en una tablilla sin mirar a nadie, como si escribir fuera la forma más limpia de condenar.
Aren escuchó el batir de alas en lo alto —un golpe lento, profundo— y sintió la vibración en el estómago. Arriba, en las aerías, había dragones patrullando o practicando aterrizajes. No era espectáculo para el pueblo. Era recordatorio para los candidatos: el cielo también tiene guardias.
Al cruzar junto a una puerta entreabierta, Aren alcanzó a ver un ojo enorme detrás de una reja.
Anillos concéntricos alrededor de la pupila.
Runas biológicas.
No brillaban. No eran magia de cuento. Aun así, el patrón te obligaba a pensar en palabras como “destino” aunque no quisieras.
El dragón parpadeó lento.
Aren sintió el impulso absurdo de parpadear también, como si respondiera a una autoridad silenciosa.
Pero no lo hizo.
Se obligó a seguir.
En un rincón del patio, Maese Rovan estaba apoyado en una columna, hablando con otro cuidador. Sus manos se movían sobre un correaje como si el cuero fuera un idioma que solo él entendía. Cuando vio a Aren, dejó el correaje a un lado.