La psicópata extraordinaria

Prólogo

Nadie me advirtió que el mundo era un manual de instrucciones que solo los demás podían leer.

Mi padre leía el capítulo del poder. Sus ojos grises escaneaban líneas sobre acciones, silencios que valían más que gritos, y la geometría precisa de un apretón de manos que podía triturar huesos. Él subrayaba, hacía anotaciones al margen. Dominaba su texto.

Mi madre, Gracie, tenía el volumen de las apariencias. Sus páginas hablaban del brillo correcto de la plata, del ángulo de una sonrisa que no compromete, y de cómo un vestido puede ser a la vez un escudo y una prisión. Ella memorizó cada regla hasta convertirlas en reflejo.

Mis hermanos recibieron sus copias, editadas para cada uno: Dominic, la lógica fría; Carter, el arte del espectáculo; Wes, el encanto despreocupado. Todos hojeaban sus secciones, frunciendo el ceño a veces, pero al fin y al cabo, leyendo.

A mí me entregaron un libro en blanco.

O, más bien, me dieron el libro equivocado y me ordenaron fingir que era el correcto. “Eres una Alfa”, decía la portada, en letras doradas y mentirosas. Y yo pasaba las páginas vacías, sonriendo, asintiendo, aprendiendo a copiar los gestos de los que sí tenían texto. Aprendí a gruñir en el tono adecuado, a proyectar mis hombros como si llevaran el peso de un mundo que no me pertenecía, a mirar sin ver realmente, porque lo que buscaba no estaba ahí.

Lo que yo era, lo que sentía, no tenía capítulo. Mi manual verdadero estaba escrito en un idioma prohibido. Se hablaba en susurros de oleadas de calor que no venían del sol, de un aroma a jardín cerrado que quería escapar de mis poros, de un instinto que tiraba de mis entrañas hacia algo —o alguien— que mi mente no podía nombrar sin vergüenza.

Ese manual lo quemaron. O creyeron quemarlo.

El primer día que el calor vino por mí —no un bochorno, sino una marea interna, dulce y aterradora—, busqué desesperada una página que me explicara qué hacer. Solo encontré la mirada de mi padre. Y en sus ojos, por primera vez, vi que sí él tenía ese capítulo. El capítulo que nadie debía leer. El capítulo sin título, sin índice, guardado bajo llave en la bóveda más oscura.

Él no me dio las páginas. Me dio la prueba oral. Un examen práctico, constante, donde la pregunta siempre era la misma: ¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar para guardar el secreto de que tu libro está en blanco?

Aprendí que la respuesta no estaba en las palabras. Estaba en la entrega del cuerpo. En la quietud del alma. En aceptar que mi texto personal se escribiría con su pluma, su tinta, en sus términos. Mi historia ya no sería mía. Sería un apéndice de la suya.

Pero lo que no saben —lo que él no sabe — es que incluso un libro en blanco tiene sus propias reglas. El vacío no es pasividad. Es potencial. Un espacio que puede llenarse no con la tinta que otros vierten, sino con el ácido que uno mismo fabrica, gota a gota, a partir del veneno que le obligan a beber.

Esto no es la historia de cómo me robaron mi manual.Es la historia de cómo aprendí a escribir el mío.Y la primera regla, la única que realmente importa, la estoy escribiendo ahora mismo:

Nunca juegues a leer el libro de otro cuando puedes obligarlos a quemar los suyos.




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