La psicópata extraordinaria

Capítulo I: Paginas en blanco

Mi vestido azul marino yacía sobre la cama como una promesa vacía. Las sirvientas lo preparaban con manos que nunca dudaban, como si el acto de vestir a una Rockwell fuera un ritual sagrado. Yo observaba desde el sillón, conteniendo la respiración cada vez que la seda crujía. Cada crujido sonaba como una página siendo arrancada del manual que nunca me dieron.

Wes irrumpió como siempre lo hace: sin anunciarse, sin disculparse. Su sonrisa era el único gesto genuino en esta casa de espejos distorsionados.

—Si fuera por mí ya te hubieses ido del país —susurró cerca de mi oreja, mientras las sombras con uniformes seguían alisando pliegues inexistentes.

Sentí cómo mi boca dibujaba la sonrisa correcta. La de hermana paciente, la que no toma en serio las travesuras del hermano menor.

—Lo sé —respondí, y mis propias palabras me sonaron a guión aprendido—. Pero papá me buscaría hasta el final del cuento.

El final del cuento. Como si esta fuera una historia con princesas, y no un contrato firmado con tinta fría el día que dejé de ser legalmente una niña. Mi futuro cambiado de manos como una propiedad más en el portafolio Rockwell.

Las sirvientas se desvanecieron con una reverencia silenciosa. Solo entonces Wes cerró la distancia verdadera, y su abrazo olía a motocicleta clandestina y a césped recién cortado, aromas que no tenían cabida entre estas paredes de mármol.

—Ay no quiero que te cases —murmuró contra mi hombro—. Me harás sentir tan solo.

Esta vez mi risa fue real, un sonido breve y sorprendente que casi me asusta.

—Claro que no —dije, acariciando su espalda con los movimientos que una hermana mayor debe tener—. Solo es un matrimonio en papel. Nada fuera de este mundo.

Mentía. Y lo peor es que ya ni siquiera sentía el sabor de la mentira en la lengua. Solo el vacío que deja decir lo que se espera que digas.

La puerta se abrió sin ruido, y allí estaba ella. Mi madre. Gracie Rockwell llevaba una sonrisa que debía haber practicado frente al espejo durante años, tan perfecta que hacía dudar si alguna emoción real había tocado esos labios. Su afecto era meticuloso, como el resto de su vida: una apariencia cuidadosamente construida que te hacía preguntarte si el amor podía ser otro accesorio más, como los diamantes en sus orejas.

—Rosemary, te ves espléndida —dijo, y sus ojos no me miraban a mí, sino el vestido, el conjunto, la imagen—. El azul marino te asienta.

—Gracias, madre.

Siempre era así. Los elogios nunca eran para la persona, sino para la presentación.

—Bueno, ya debemos bajar —continuó, su voz un suave recordatorio de que el reloj nunca se detenía—. Los Luciano estarán a punto de llegar.

La sala de estar de los Rockwell siempre me dejó sin aire. No de belleza, sino de perfección. Techos tan altos que las voces se perdían en ellos, convirtiendo las conversaciones en susurros elegantes. Las paredes, forradas en seda del color de los huevos de paloma, albergaban pinturas que valían fortunas y no decían nada. Todo aquí estaba diseñado para impresionar, no para vivir.

Wade estaba junto a la chimenea con Carter. Mi padre, con su traje que costaba más de lo que la mayoría de la gente ganaba en un año, escuchaba a mi hermano el actor con esa media sonrisa que no era de diversión, sino de evaluación. Carter gesticulaba, imitando a alguien importante sin duda, y yo podía ver los engranajes girando en la mente de Wade: ¿Esto es útil? ¿Puedo usarlo?

Nuestras miradas se encontraron por un instante que se sintió eterno. Sus ojos grises, del color del cielo justo antes de que estalle una tormenta, me recorrieron de arriba abajo. No fue una mirada de padre a hija. Fue una inspección. Asegurándose de que su inversión estuviera presentable. Luego apartó la vista, rápido, demasiado rápido, y algo frío se arrastró por mi espina dorsal.

Los golpes en la puerta resonaron como disparos en el silencio acolchado de la sala.

El espectáculo comenzó.

Vi a Wade transformarse. Su postura se volvió aún más imponente, su sonrisa se ajustó al grado exacto de calidez y autoridad. Abrió la puerta él mismo, un gesto calculado para mostrar confianza.

—Roberto, un placer.

El apretón de manos con Roberto Luciano fue un duelo silencioso. Dos alfas midiéndose, sonriendo mientras sus nudillos se ponían blancos.

Eliza Luciano era como una versión más cálida de mi madre, si es que el calor de un invernadero puede llamarse calor. Besó mejillas, murmuró cumplidos que sonaban a letra aprendida.

Y entonces, él.

Dante Luciano.

No era lo que había anticipado. Había preparado mi mente para otro Wade: frío, ambicioso, con la mirada ya midiendo mi valor. Pero Dante... sus ojos eran de un ámbar cálido, y su sonrisa los alcanzaba, creando arruguitas genuinas en las comisuras. Olía a cedro y a tierra mojada después de la lluvia, un aroma que me recordaba a algo que nunca había tenido: sencillez.

—Rosemary —dijo al tomar mi mano. No la apretó para demostrar fuerza; la sostuvo, un contacto firme pero respetuoso—. Es un honor.

Su voz era suave pero segura. Cuando me miró, no vi la evaluación calculadora a la que estaba acostumbrada. Vi curiosidad. Interés real.

Y supe, con un pánico súbito, que eso era mucho más peligroso.

La cena fue un ballet de cubiertos de plata y sonrisas falsas.

Me sentía rodeada. Roberto Luciano a mi izquierda, su aroma a tabaco caro y ambición pura llenando mi espacio personal. Dante a mi derecha, su cedro y tierra formando un contraste desconcertante que me distraía. Al frente, mis hermanos: Dominic analizando cada intercambio como si fuera una partida de ajentas, Carter encantando a Eliza con anécdotas de Hollywood, Wes intentando no bostezar.

Y al otro extremo de la mesa, Wade. Sus ojos grises eran faros que me iluminaban a intervalos regulares, calibrando cada una de mis respuestas, cada sonrisa, cada inclinación de cabeza.




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