Cuando Atltlalco tembló por tercera vez en una sola noche, los humanos comprendieron lo esencial: si Askarú seguía así, no quedaría nadie para soñar.
Corrieron hacia el río, al borde del altar de piedra húmeda donde la tierra aún olía a vida, y llamaron a Zacatlcoatl con una urgencia que ni el cielo podía ignorar. Llegaron con niños en brazos, con ancianos apoyados en bastones, con la garganta rota por el polvo y el miedo.
No exigieron. No retaron. Rogaron.
Y ahí, entre el ruido del mundo y la respiración entrecortada de los mortales, pronunciaron una oración que sonó antigua incluso para los dioses, como si hubiera estado guardada desde el inicio de la existencia:
—No tememos morir. Tememos dejar de soñar… porque los sueños, algún día, alcanzarán el cielo.
Él sintió el mismo nudo apretarle el pecho: no era compasión pura; era responsabilidad… y una curiosidad que también mordía.
Dudó por un instante. Meterse con el Primero significaba meter las manos en el origen. Pero si los humanos morían, él también se quedaría sin raíz: nacido de su exceso, volvería a ser nada si la nada regresaba.
Aun así, acudió.
Porque el Primero —el creador de todo— estaba destruyendo su mundo por una sola razón. No podía soñar.
Y esa herida había empezado mucho antes.
Antes de que existiera el tiempo y el espacio —antes incluso de que hubiera un “arriba” o un “abajo”— sólo estaba el Vacío: un silencio tan vasto que la idea misma de distancia parecía un error, y la profundidad, una palabra sin dueño.
Dentro de ese Vacío caminaba Askarú, el Primero.
Su forma era la de un titán: colosal, humanoide, erguido como un pilar destinado a sostener cielos que aún no habían sido pronunciados. Sus pasos no hacían eco porque no había suelo; aun así, el Vacío parecía apartarse para dejarlo pasar, como si temiera tocarlo.
Askarú no estaba hecho de carne. Era luz y oscuridad armoniosamente vinculadas. En su pecho latía un resplandor que no iluminaba… sino que apaciguaba. Y alrededor de ese resplandor se enroscaba una sombra viva, como si el Vacío mismo hubiera decidido quedarse en él para siempre.
Cuando se movía, su silueta parecía trazar bordes imposibles de seguir, contornos que el mundo —todavía inexistente— no habría sabido dibujar.
De su cabello caían rizos densos, cobrizos como metal al rojo vivo; y entre ellos asomaban mechones más claros, como si en su cabeza se escondieran rayos de un sol futuro.
Askarú desconocía el origen de su propia forma. Al principio ni siquiera lo notaba: ¿cómo iba a mirarse alguien en un lugar donde no existía el espejo?
Sus ojos eran ámbar claro, encendidos por un fuego interno pero serenos. Lo más extraño era que esa mirada estaba incompleta, como si un color dormido aguardara el momento exacto en que el universo estuviera preparado para revelarlo.
Cuando Askarú necesitaba usar toda su fuerza —cuando la voluntad se volvía combate o decreto— su ser se invertía: el resplandor se volvía sombra, la sombra se volvía resplandor, y despertaba su segunda piel.
Entonces era dragón.
Una bestia inmensa de piel tan dura que ni el mismo mundo, si ya existiera, podría atravesarla. Alas de oscuridad extendidas como noches tensas, un aliento capaz de torcer la realidad con ferocidad: sus llamas podían dar vida… y podían arrancarla en un descuido.
Sus cuernos crecían como caminos en espiral, tan largos y complejos que mirarlos era perderse: un laberinto de hueso coronando una cabeza hecha para mandar.
Al principio, Askarú contempló la nada por aburrimiento.
Después, por hambre de sentido.
Y decidió que el Vacío no merecía seguir intacto.
Alzó sus manos titánicas y rasgó el silencio como quien abre un telar. De la herida brotó una bruma brillante: polvo sin nombre, luz sin dueño, materia todavía indecisa.
Askarú la amasó con los dedos y la hizo girar en espirales; y cuando el remolino apretaba demasiado, la luz se comprimía hasta encenderse.
Así nacieron las estrellas: chispas atrapadas en un puño invisible.
Donde la bruma se volvía pesada y oscura, se reunía en corazones fríos.
Así nacieron los planetas: piedras enormes vestidas de noche.
Askarú los acomodó con paciencia orgullosa, empujándolos con una palma, susurrándoles nombres para fijarlos a su camino.
Y cuando alzó el primer fuego del cielo —cuando el universo por fin tuvo una lámpara— ocurrió un cambio sutil: en el borde de su iris, bajo aquella luz nueva, despertaron tonos verdes y azules, como un secreto que por fin respiraba.
Askarú lo descubrió tarde, gracias al brillo pulido de una estrella recién nacida: su mirada se había vuelto más grande que su voluntad. Era una condición dormida… hasta que él mismo inventó el día.