La puerta a través de los párpados

Segundo sueño: El Altárbol de los Colosos

Zacatlcoatl caminó hacia la entrada que marcaba el inicio del terreno de gigantes. El Arco de Cuauhmazal.

No era bonito: era un umbral. El "hueso" duro del fruto, ensamblado por manos humanas, formaba una mandíbula abierta que simulaba devorar a quien entrara y escupir a quien salía. Nadie decía si lo levantaron por respeto o por miedo; pero todos sabían lo mismo: a partir de ahí, el mundo cambiaba de reglas.

En los pilares aguardaban dos guardias. Uno sostenía una tablilla y un cordel para registrar a quienes entraban; el otro miraba a cada viajero como si contara sus huesos.

—Nombre —pidieron.

Zacatlcoatl sonrió apenas, como si el arco entero le resultara un juego.

—¿Por qué debería hacerlo?
—Porque te tiembla la voz cuando lo pides... y aun así lo haces. Eso merece respeto.

—Registramos a todo el que entra —explicó uno de los guardias—. Si alguien no vuelve... al menos queda constancia de que existió y así poder avisar a los suyos.

Zacatlcoatl se inclinó lo justo para que el guardia sintiera el peso de su presencia.
—Anótalo. No por mí. Por ti. Para que recuerdes a quién dejaste pasar. —

la frase cayó como piedra húmeda.

El segundo guardia señaló hacia el dosel oscuro, donde la sombra parecía más densa que el aire.

—Han desaparecido bestias de carga junto a sus dueños. Gente que venía por cuauhmazal y no encontró el regreso. Viajeros que juraron seguir la misma raíz... y terminaron caminando en círculos hasta que la noche los tragó.

—¿Por las bestias? —preguntó Zacatlcoatl, sin apartar la vista del Altárbol.

Los guardias intercambiaron miradas. Luego, el de la tablilla habló como quien recita una regla aprendida a golpes:

—Los árboles cambian el camino cuando lo desean, pero también hay una bestia que acecha desde la oscuridad del tepetcuahuitl. Es por eso que aquí se entra sólo cuando el sol está en lo más alto. Cuando empieza a caer, ya no debe haber nadie entrando. Sólo saliendo, pues el terreno nunca es el mismo.

El otro guardia bajó la voz, casi un susurro, como si evitara que el bosque pudiera escuchar.

—Si ves ojos oscuros mirándote desde la sombra, no te está mirando... te está pidiendo que te acerques. Y escucha bien lo que no dicen los valientes —añadió el guardia—: no salta piel.
Miniatura... luego hombre... y si el fuego vuelve a comerse otro dedo... coloso.
Después regresa a lo pequeño. Siempre el mismo círculo.
Zacatlcoatl ladeó la cabeza, encantado.
—Así que... si cuento la resina, le cuento el futuro.

Zacatlcoatl frunció el ceño. Había escuchado que el Altárbol cambiaba con cada persona que entraba, desconocía la presencia de una bestia así.

—¿Entonces Muda de piel eh? —

—Sí. No se sabe qué es —dijo el guardia, clavando la mirada en la sombra—. Pero aparece cuando la luz no lo puede tocar.

Zacatlcoatl respiró hondo. Su lobo interior se tensó, no por miedo, sino por instinto que aceptaba el peligro del viaje y se preparaba para ello. Pensó en que este viaje estaba lleno de amenazas con las que no contaba. Entendió que el Altárbol de Colosos no recibía a nadie, pero dejaba pasar, como quien permite que una mosca entre por una rendija.

Entonces, entró.

Adentro, la luz del mediodía existía, sí, pero llegaba filtrada y enferma. Las hojas redondas de los tepetcuahuitl apilaban sombra sobre sombra, y el aire tenía un frío que no venía del viento: venía de la oscuridad misma, como si el Altárbol supiera endurecer el mundo. Esto no le agradaba a Zacatlcoatl, el clima lo volvía más vulnerable, lento e incapaz de transformarse, puesto que su serpiente no soportaba aquel clima casi invernal.

Las raíces sobresalían del suelo en lomos irregulares; algunas se hundían y reaparecían más adelante, agrietando la tierra como uñas enormes. Las ramas, arriba, se tocaban entre sí formando puentes vivos: caminos altos para criaturas que no necesitaban tocar el suelo, donde se podían escuchar ruidos de estas criaturas, algunas andando, otras comiendo y otras... acechando.

Zacatlcoatl avanzó, y el sonido de Caltenko quedó atrás como si alguien lo hubiera tapado con palma húmeda.

No era un silencio como cualquier otro. Era un silencio que escuchaba.

Entonces lo notó: una raíz que, al principio, bloqueaba el paso... se retrajo apenas un palmo cuando él se acercó. No como si huyera, sino como si eligiera. Otra raíz, más adelante, se alargó con lentitud, marcando una curva distinta. El camino, sin avisar, parecía correrse.

Zacatlcoatl se quedó quieto. Observó.

El Altárbol no estaba quieto.

El Altárbol... se acomodaba.

A los humanos, aquello les habría parecido maldad. No era raro. Muchos decían que los tepetcuahuitl eran crueles, que cambiaban senderos para perder viajeros, que retraían raíces como quien retira una escalera, que movían puentes para que la gente cayera.

Pero Zacatlcoatl no sintió crueldad.

Sintió otra cosa.

Como si el lugar fuera una sola criatura inmensa, conectada por raíz y madera, y cada movimiento fuera un latido lento.

Un crujido arriba lo hizo mirar. Sobre los puentes de ramas, una sombra pasó de árbol a árbol con velocidad imposible. No alcanzó a verla bien. Sólo supo que el Altárbol tenía habitantes que caminaban donde el terror humano no alcanzaba.

Fue entonces que se encontró con ellos.

Un grupo pequeño de humanos avanzaba en silencio, pegados a las raíces como si se fundieran con la corteza. Iban con antorchas de resina, pieles gruesas sobre hombros, y bestias de carga cubiertas con mantas. Uno de ellos levantó la mano en señal urgente: alto.



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En el texto hay: aventura, creación del universo, nahualt

Editado: 16.04.2026

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