La puerta a través de los párpados

Quinto Sueño: El latido ajeno

La taza estaba lista.

El té —naranja fuego, tenue como un aliento— respiraba sobre el fogón con un aroma dulce que prometía, por fin, abrir la rendija del mundo. Nelli había contado la resina sin hablar: su pulgar trazaba muescas invisibles en el palo, como si el tiempo pudiera domarse con dedos. A un lado, Askarú miraba en silencio; no la bebida, sino la medida.

Y entonces el destino decidió entrar sin pedir permiso.

Un golpe de piedra. Un rugido abajo. Un cuerpo subiendo como quien trepa cargando su propia muerte.

Zacatlcoatl apareció en la ladera con el pecho abierto al aire, tambaleándose como si cada paso fuera el último. Su respiración no era respiración: al exhalar, brotaban burbujas de sangre entre sus labios, pequeñas, espesas, como si el aire tuviera que empujar primero a la muerte para poder entrar.

El calor de la subida le había cocido las heridas por dentro; de sus cortes salía vapor, hilos finos que se levantaban y desaparecían, como si su cuerpo aún creyera que podía arder lo suficiente para no caerse.

Nelli sintió cómo el instante bello se rompía.

Hace unos latidos estaba frente al fogón, viva, sostenida por una calma rara. Ahora solo pudo ver el horror: el dios de la fertilidad convertido en herida.

Zacatlcoatl dio un paso más.

Quiso decir algo —quizá un chiste, quizá orgullo— pero la fuerza se le acabó en el peor lugar posible: en la puerta entornada.

Cayó.

Cayó encima del té.

El brebaje se volcó como si se ofreciera al suelo: rojo sangre, pero brillante por la flor; más espeso, más pesado, como si el sueño se hubiese vuelto barro. El aroma dulce se torció en el aire y se volvió amargo, como miel quemada mezclada con cobre viejo. La puerta, que ya estaba entornada, pareció rechinar… y volver a cerrarse un dedo.

Nelli se lanzó.

Lo sostuvo por los hombros, lo recostó como pudo en piedra fría, le limpió la boca con un borde de tela y sintió que la sangre no era solo sangre: era el anuncio de que algo en él estaba siendo comido.

Entonces vio la Marca.

La flor quemada en el pecho no solo ardía. Latía.

Un latido que no era el de Zacatlcoatl, sino el de la flor: un eco metálico, duro, como si alguien golpeara una moneda contra otra en la garganta del mundo. Resonaba en la piedra del altar y volvía, más fuerte, como si el Tlahtoltepetl estuviera escuchando esa hambre.

Y con cada latido se alimentaba.

Nelli pasó una tela húmeda por el centro de la cicatriz y retiró la mano de golpe: el ardor le mordió la piel como si la marca también supiera defenderse.

Zacatlcoatl soltó un quejido, un sonido bajo, roto, y su garganta devolvió un hilo de sangre nueva.

—Ayúdalo —exigió Nelli, sin bajar la voz—. Ya… ya debiste aprender la lección.

Askarú no se movió al principio. Sus ojos ámbar estaban clavados en el charco rojo brillante del té, como si el mundo acabara de recordarle un chiste cruel: siempre que estaba a un dedo del sueño, algo lo arrancaba.

Pero un dios no se lamenta.

Alzó la mirada hacia la marca y lo supo de inmediato.

—No es una lección —dijo, seco—. Es una condena.

—Esa marca salió de mi poder. En el momento en que la puse, dejó de pertenecerme. Ahora se alimenta de su divinidad… por el corazón. —Su voz no tembló, pero sí se endureció—. No se deshace si no cumple el propósito por el que existe… o si él muere.

Nelli tragó saliva.

—¿Cuál propósito?

—Enmendar su descuido —respondió Askarú—. Poner orden donde dejó que la vida se derramara sin medida.

—¡Pero lo hizo por ti! —escupió ella, con la garganta llena de miedo—. Se metió en el Altárbol… por tu puerta.

Askarú la miró y, por primera vez, la sombra alrededor de su pecho pareció tensarse.

—Que no lo haya hecho —dijo—. Su deber no era jugar a un héroe con un antojo que no le correspondía.

Nelli sostuvo su mirada sin adoración.

—¿Y tú? —preguntó, y su voz fue una daga limpia—. ¿Acaso tú no descuidaste lo tuyo por algo que te importaba?

—No estuviste a punto de destruir nuestro mundo… el mundo donde habita tu preciada creación.
Tal vez nos mandaste aquí por los sueños que no puedes conseguir. Pero en el fondo sé que no hay odio en tu corazón. Solo quieres soñar.

Askarú sintió la frase como un corte invisible. No porque doliera en carne… sino porque era verdad.

Guardó silencio un instante. Y en ese instante, Zacatlcoatl tosió de nuevo: sangre y aire mezclados, como si su cuerpo ya no supiera separar vida de muerte.

Askarú habló al fin:

—He cometido errores. Y por ello voy a ayudarlo. No voy a quitar la marca. Pero hoy no va a morir.

Nelli respiró, como si el aire volviera a entrarle al pecho.

Askarú extendió la mano y encendió siete fogones con un aplauso, como si el sonido fuera una chispa. Las llamas se levantaron hasta besar el cielo y luego se hicieron pequeñas, concentradas, como si esperaran órdenes.

—Recuéstalo en el centro.

Nelli obedeció con cuidado. Puso el cuerpo de Zacatlcoatl en medio del círculo, como quien deposita un mundo roto en un altar.

Askarú tomó un hilo de sangre que corría por el costado del dios y lo lanzó a los fogones. El fuego cambió: se alzó, miró el cielo… y volvió a reducirse, como si estuviera midiendo la vida que quedaba.

—Nos muestra lo que le resta —dijo Askarú, sin dulzura—. Está más débil de lo que pensé.

Nelli apretó los dientes.

Askarú la miró de reojo.

—Escucha, Nelli. Tú vas a sostener esto. No porque seas más fuerte… sino porque entiendes la medida.
—Zacatlcoatl, solo, no llega. Su orgullo siempre llega primero.

Nelli no discutió. No había tiempo para discutir.

—Los siete fogones se conectarán con Atltlalco —continuó Askarú—. Y cuando despierte, deberán reunir lo que falta.
Tienen siete días.

Nelli sintió el peso del número como un golpe.

Askarú movió la mano y su sombra se estiró. El humo de los fogones se levantó y se convirtió en imágenes, como si cada llama fuese un ojo.



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En el texto hay: aventura, creación del universo, nahualt

Editado: 25.04.2026

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