La puerta roja: el último vínculo

Capítulo 6

La voz pronunció mi nombre con un eco distorsionado que no tendría que haber sido posible. No aquí. No ahora. No desde el otro lado de una puerta cerrada.

…Lia… —susurró la cosa, arrastrando cada sílaba como uñas sobre un cristal húmedo.

Sentí mis rodillas aflojarse. El medallón vibró entre mis manos, casi pulsando al ritmo de mi miedo. Adrian extendió un brazo para mantenerme detrás de él, sin apartar su mirada de la puerta.

—No te acerques —murmuró, apenas audible.

—Pero… —mi voz tembló—. Esa voz… la conozco.

Adrian negó con la cabeza, muy despacio.

—No la conoces, Lia. Ella te conoce a ti. Es distinto.

Los golpes regresaron, esta vez más violentos. La puerta crujió como si algo la empujara desde afuera con fuerza irregular, torpe, casi animal. Yo retrocedí instintivamente, pero Adrian se mantuvo firme.

—¿Qué quiere de mí? —pregunté, apenas respirando.

Adrian tensó la mandíbula.

—Quiere lo que llevas en las manos. La llave. Y quiere que la uses mal.

Un estremecimiento me recorrió los brazos. El medallón parecía latir contra mi piel, como si respondiera al llamado de la voz.

—Adrian… esto está vivo.

—No está vivo —corrigió, sin darse la vuelta—. Está consciente. Que es mucho peor.

La voz susurró otra vez, más cerca, como si se filtrara por las rendijas de madera.

Ábrela, Lia…
Sabes que me recuerdas…
Sabes que siempre hemos sido la misma…

Me llevé una mano al pecho. Algo dentro de mí dolió con una intensidad inesperada, como si aquellas palabras hubieran tocado un recuerdo que no sabía que tenía.

—Adrian, ¿qué significa eso? —pregunté—. ¿Qué quiere decir con “la misma”?

Él sí se giró esta vez, apenas lo suficiente para que pudiera ver el borde de su expresión.
Y su expresión estaba asustada.

No lo había visto así antes.

—Lia —susurró—. Necesito que escuches esto. Y necesito que no te rompas cuando lo diga.

Me incliné hacia él, de forma automática.

—¿Qué…?

El golpe que vino entonces no fue como los anteriores.
No retumbó.
No vibró la puerta.

La puerta se abombó, como si algo enorme y blando hubiese chocado contra ella desde afuera. Un sonido húmedo, viscoso, resonó al otro lado.

Salté hacia atrás con un grito ahogado.

Adrian levantó una mano para silenciarme.

—Lia —repitió—. No es una criatura. No es una persona. No es un monstruo.
Es otra versión de ti.

El mundo se me partió en dos.

—¿Qué? No. Eso es imposible.

—No lo es —respondió él—. Porque tú no eres una sola. Eres un punto de repetición.
Un ancla. Lo que está detrás de esa puerta… es lo que tú habrías sido si no te hubieran diseñado para contenerla.

La voz volvió a reír.
No era una risa humana.
Era como el sonido de agua hirviendo mezclado con un llanto antiguo.

Lia… ven conmigo…
Somos la misma carne…
La misma memoria…

Sentí un mareo repentino. Un vértigo que no tenía nada que ver con miedo, sino con reconocimiento.
Fragmentos de sueños.
Sombras en los pasillos.
Mi nombre pronunciado en la oscuridad.

Adrian me tomó de los hombros, firme.

—Escúchame. Tienes que mantenerte consciente. Ella va a intentar quebrarte. Va a intentar entrar por tu mente si no puede entrar por la puerta.

—¿Cómo lo impido? —pregunté.

—Agárrate al medallón —respondió—. Siempre que lo sostengas, eres tú.

Lo apreté con fuerza.
Un pulso rojo se encendió en sus líneas.

La puerta tembló otra vez.
Más fuerte.
Más cerca de ceder.

Y entonces, la voz cambió.
Se volvió dulce.
Casi familiar.
Demasiado familiar.

Lia… soy tú. La que dejaron atrás. La que encerraron para que tú existieras. ¿No quieres saber por qué?

Mis ojos se llenaron de lágrimas. No sabía de dónde venían. No sabía si eran mías o de ella o de algo entre ambas.

—Adrian… —logré murmurar—. ¿Es cierto? ¿Hay una versión mía detrás de esa puerta?

Adrian tragó saliva.

—Sí.

—¿Y está… viva?

Adrian cerró los ojos un segundo.

—Está… en un estado intermedio. No tiene cuerpo. No tiene límites. Solo tiene hambre.
Y tú eres lo único que puede saciarla.

La puerta se abrió un centímetro.

Solo un centímetro.

Pero suficiente para ver un ojo.

Mi ojo.
Uno idéntico al mío.

Solo que negro como un pozo sin fondo.

Lia… —susurró la voz desde ese único punto de oscuridad—. Déjame entrar.

Y algo en mi interior… respondió.



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En el texto hay: misterio, suspense

Editado: 14.12.2025

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