El ojo al otro lado de la puerta parpadeó.
No debería haber podido parpadear.
No debería haber tenido párpado.
Ni forma.
Ni consistencia.
Pero lo hizo.
Y ese gesto—tan humano, tan mío—me atravesó el pecho con una punzada que no sabía si venía del miedo o de algo peor: reconocimiento.
—Lia… —susurró la voz, saliendo por esa rendija mínima—. Por favor.
Adrian reaccionó antes que yo.
Se movió rápido, empujando la puerta con el hombro antes de que la abertura creciera. El impacto resonó en la habitación. Yo me encogí involuntariamente, llevando las manos a los oídos.
—¡No la mires! —me gritó sin volverse.
Pero ya lo había hecho.
Y algo dentro de mí vibraba todavía con esa mirada.
La puerta volvió a sacudirse, esta vez con tanta fuerza que Adrian retrocedió un paso. Un sonido grave, húmedo, como un rugido sofocado, atravesó la madera.
—Adrian —dije, intentando que mi voz sonara firme—, ¿por qué se parece a mí?
Él empujó la puerta de nuevo mientras contestaba entre dientes:
—Porque no es un “algo”. Es un “quién”. Y tú eres su molde.
—¿Su molde?
—Tu existencia es la versión corregida. Ella es la original.
Mi respiración falló.
—¿Corregida de qué?
Adrian se giró un instante hacia mí. Sus ojos tenían un brillo de urgencia que nunca le había visto.
—De un error que jamás debió existir.
La puerta volvió a golpearse. Más fuerte. Más impaciente.
El ojo desapareció.
Pero la sensación de estar siendo observada no.
Apreté el medallón con tanta fuerza que mis nudillos quedaron blancos. Las líneas rojas brillaban ahora como brasas vivas.
—Adrian, dime la verdad —dije—. ¿Qué soy yo?
Él respiró hondo. Y su respuesta llegó como un golpe:
—Eres el único intento exitoso. Eres la única versión de Lia capaz de contener lo que ella es.
Mi estómago se contrajo.
—¿Qué… qué significa eso?
—Que tú eres estable —dijo él—. Y ella no.
Por eso la encerramos. Por eso te diseñamos a ti.
La palabra diseñamos volvió a caer sobre mí como una piedra.
Pero antes de poder reaccionar, algo hizo crujir la puerta.
Un resquebrajamiento seco.
Una grieta.
La madera se partió ligeramente desde el borde hacia adentro, como si garras invisibles la estuvieran abriendo desde el otro lado.
Adrian maldijo en voz baja.
—No es normal que esté tan fuerte —susurró—. Algo la está estimulando.
Entonces lo entendí.
—¿El medallón?
Adrian me miró. Su silencio fue respuesta suficiente.
—¿Lo está llamando?
—Lo quiere —dijo él—. Lo necesita para romper lo que la contiene. Pero también… también responde a ti. Tú decides a quién escucha.
La puerta volvió a temblar.
Esta vez, una mano surgió por la grieta.
Pero no era una mano.
Era la idea de una mano.
Un conjunto de sombras y carne líquida que intentaba tomar forma… copiándome.
Doblándose.
Haciéndose parecida a la mía.
—Liaaa… —canturreó la voz, ahora deformada—. Déjame volver a casa.
—No eres mi casa —susurré. Pero lo dije sin convicción.
La mano deformada buscó avanzar más, hundiéndose en la madera.
Adrian dio un paso adelante, sacando algo del cinturón de su pantalón. Una especie de varilla metálica con símbolos grabados.
—Atrás —me dijo.
Le obedecí sin pensarlo.
Él colocó la varilla en la grieta.
La reacción fue inmediata.
La criatura chilló.
Un sonido imposible, como si varias voces humanas se escucharan al mismo tiempo pero a destiempo.
La mano retrocedió, derritiéndose hacia atrás como cera negra.
La voz, herida, siseó algo que heló mi sangre.
—Lia… él te miente. Él te oculta por qué existes. Ven conmigo y te lo muestro. Ven conmigo y lo entenderás todo.
Mi corazón… respondió.
Sentí un tirón en el pecho.
Un impulso de avanzar hacia la puerta.
Solo un paso.
Uno.
Pero me moví.
Adrian me sujetó antes de que diera el segundo.
—¡No! —su furia me sorprendió—. ¡No la escuches! Está dentro de ti porque comparte tu origen. Cada palabra suya es una trampa directa a tu mente.
Traté de apartar mi brazo, de impulso más que de voluntad.
—Pero si es parte de mí, entonces…
—NO —me interrumpió, con una intensidad que me clavó al suelo—. Ella no es tu parte. Ella es lo que habrías sido si no hubiéramos intervenido.
Un error.
Una falla.
Una Lia que no puede existir sin devorarlo todo.
Las palabras hicieron eco en mi cabeza.
Una falla.
¿Yo era la solución?
¿Ella… la versión descartada?
La puerta dejó de moverse.
El silencio volvió, casi pesado.
Y entonces…
Un susurro.
Suave.
Cálido.
La voz dijo:
—Lia… él va a matarte cuando abras la puerta. Porque sabe que tú no eres la versión correcta… soy yo.
Mi estómago se volcó. Miré a Adrian.
Adrian negó.
Desesperado.
—No le creas. Lia, por favor, no le creas.
—Pero… —mi voz temblaba—. ¿Es cierto lo que dice? ¿Me matarías?
—No —respondió él, sin dudar—. A menos que te conviertas en ella.
Mi corazón se detuvo un instante.
—¿Y cómo sabré cuál de las dos soy… cuando abra la puerta?
Adrian me miró con algo parecido a tristeza.
—Eso es lo que estoy intentando evitar que descubras.
Un tercer golpe sacudió la puerta.
La grieta se abrió más.
Y la voz—mi voz—susurró:
—Déjame salir, Lia… para que puedas entrar tú.
La habitación entera pareció inclinarse bajo la gravedad de esa frase.
Y yo…
No estaba segura de a qué lado pertenecía.
Editado: 14.12.2025