La grieta en la puerta se abrió otro milímetro. Apenas nada… pero suficiente para que una bruma oscura comenzara a filtrarse entre las astillas. Era una especie de humo espeso, denso, como tinta derramada que se negaba a caer al suelo. Flotaba. Respiraba.
Y cada vez que pulsaba, mi pecho pulsaba con ella.
Adrian retrocedió un paso, empuñando la varilla metálica con más fuerza.
—No inhales eso, Lia —advirtió en voz baja.
Pero el aire ya sabía distinto. Más frío, más pesado.
Como si la sala estuviera perdiendo oxígeno a través de un agujero invisible.
—Adrian… —logré decir—. Si ella soy yo… ¿por qué siento que me llama?
Él no quiso responder. Ese solo hecho me hirió más que cualquier verdad.
La bruma se elevó, contorsionándose como si buscara adquirir forma.
Y entonces, por un instante, lo hizo: mi silueta.
Mi contorno exacto.
Una Lia hecha de sombra líquida.
La voz llegó otra vez, más suave que antes, casi… vulnerable.
—Lia… estoy cansada. He estado sola tanto tiempo. No es justo que tú tengas una vida… y yo un encierro.
Me tapé los oídos, pero no sirvió de nada. La oía por dentro, no por fuera.
—Adrian… —susurré—. ¿Ella puede leerme?
Su silencio fue la confirmación.
—¿Puede… sentirme?
—Sí.
—¿Sabe lo que pienso ahora mismo?
Adrian cerró los ojos un segundo.
—Solo si le permites entrar más. Todavía puedes frenarla. Todavía eres tú, Lia.
Pero si la sigues escuchando… vas a dejar de serlo.
La sombra imitó el gesto de llevarse una mano al pecho, justo donde yo sentía la opresión. Mis pulmones no llenaban bien. Mi corazón latía demasiado rápido, demasiado fuerte.
Era como si mi cuerpo reconociera a la sombra más de lo que reconocía a Adrian.
—Somos lo mismo —susurró la silueta—, pero tú eres la que respira. Yo solo quiero respirar también. Déjame entrar y podremos hacerlo juntas. Como debió ser.
Me aparté un paso.
Un mal paso.
El suelo pareció moverse bajo mis pies, como si la gravedad se inclinara hacia la sombra. Adrian reaccionó al instante, agarrándome del brazo.
—¡Lia, mírame!
Lo hice.
Pero algo dentro de mí… no quería.
—Esa cosa —dijo entre dientes— no eres tú. Es lo que tú habrías sido si no te hubiéramos detenido a tiempo.
—¿Detenido de qué? —exigí, sintiendo el temblor de mis propias palabras.
Adrian tragó saliva.
Y su respuesta fue la más dura hasta ahora.
—De convertirte en ella.
La sombra pareció sonreír. Una sonrisa torcida, distorsionada, hecha de un material que no debería poder sonreír.
—Él te miente, Lia. Tú siempre fuiste yo. Tú eres la copia, la que hicieron después. Yo soy la original. A mí me borraron. ¿No quieres saber por qué?
Un vértigo me golpeó.
Un recuerdo fragmentado atravesó mi mente.
Pero no era un recuerdo.
Era un destello.
Un pasillo rojo.
Gritos amortiguados.
Una puerta cerrándose desde el otro lado.
Mi voz—o la suya—llamándome.
—Adrian… —jadeé—. Yo… creo que ya la había visto antes.
Él negó con violencia.
—Eso no fue un recuerdo. Fue una interferencia. Ella te está implantando imágenes para confundirte. No confíes en nada que veas.
Pero las imágenes seguían llegando, más claras, más rápidas, como un rompecabezas que se armaba solo.
—Sabes que es verdad —susurró la sombra—. Tú no existías antes de mí. Yo era entera. Yo era poderosa. Y ellos me rompieron para hacerte a ti. Abrázame, Lia. Déjame completarte.
Mis dedos temblaron sobre el medallón.
La pulsación roja se intensificó, como un latido más fuerte que el mío.
Y entonces…
La sombra habló con una voz que sí era mía.
Mi tono exacto.
Mi respiración.
Mis pausas.
—Lia… yo soy la que recuerda a mamá.
Mi cuerpo entero se congeló.
Sentí las piernas fallarme.
—¿Qué… qué dijiste? —pregunté apenas.
Adrian se giró hacia mí, alarmado.
—Lia, no escuches eso. No escuches—
—Ella tenía un lunar en la muñeca derecha.
Mi corazón se detuvo.
—Te cantaba antes de dormir. Una canción sobre un río. ¿No te preguntas por qué tú no recuerdas esa canción… pero tu garganta sí?
Mis ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente.
Porque era cierto.
Yo nunca recordé a mi madre.
Nunca.
No un rostro, no una frase, no un olor.
Pero sí recordaba esa canción.
Sin saber de dónde había salido.
Adrian volvió a ponerse frente a mí, bloqueándome la vista de la sombra.
—¡Eso no es tu madre, Lia! ¡Es una reconstrucción! ¡Una manipulación! Tu verdadera memoria está sellada para protegerte. Ella solo está usando lo que queda.
—¿Protegerme de qué? —grité.
Él me miró como si la respuesta lo destruyera por dentro.
—De recordar quién eras antes de ser Lia.
La puerta explotó hacia adentro.
Astillas volaron por la habitación.
La sombra saltó dentro como un líquido vivo extendiéndose por el suelo.
Y mientras se levantaba, adoptando mi forma completa, escuché la palabra que lo cambió todo:
—Bienvenida de nuevo, hermana.
Y entonces entendí algo terrible:
No éramos dos versiones de la misma persona…
Éramos dos mitades de un mismo ser.
Separadas a la fuerza.
Diseñadas para odiarse.
Destinadas a reunirse.
Y la sombra… había venido por mí.
Editado: 14.12.2025