La Rara Y El Muerto

2. EL MUERTO

—Sí, estoy seguro —Samantha se ve acalorada y este lugar es desesperante con la música más aburrida de todos los tiempos—. Entonces, ¿Me la quedo?

Me mira con los ojos apretados. —Eso es… no puedo, quiero pero no puedo. ¿Sabes porque?

— ¿Por qué te gusta vestirte de animal en tus tiempos libres? —pregunto.

Ella sonríe.

Eso es interesante. Samantha es la chica que he visto en la escuela, obviamente, y sé que es la mascota de la escuela, que su padre es capitán del equipo de tontos y bueno, eso es todo lo que se de ella.

Si tengo que darle un punto a su favor, es que antes de este momento ella y yo no habíamos hablado y sí, eso es algo bueno porque me gusta estar solo y ella es de las pocas que no han intentado acercarse a mí por alguna u otra razón.

—No, no es uno de mis pasatiempos —responde—. Ya puedes darme eso.

Estira una mano y le doy la cabeza de león para que la sostenga ella y en ese momento, se escucha como el grupo afuera del pasillo ríen y hacen ruidos como “uuh” y ruedo los ojos.

No sé por qué le hice caso a mi primo de venir aquí, claramente no soy el alma de la fiesta y aunque nadie me ha echado fuera todavía, sé que les da igual mi presencia.

Regreso mi vista a Samantha y ella sigue viendo hacia la fiesta. Es casi cinemático como esta chica y yo estamos aquí, en un pasillo oscuro mientras todas las personas felices están a unos metros de nosotros, entre luces neón y música que suena igual.

—Bueno… supongo que ya me voy —murmura, bajando la mirada.

Eso es lo que yo iba a hacer de todas formas, entonces, pregunto: — ¿Nos vamos?

Sube los ojos a mí. — ¿Qué?

Levanto las manos. —No juntos, no estoy diciendo que nos vamos tú y yo a otro lado —aclaro la garganta—. Solo, ¿No quieres irte?

Asiente. —Bueno, sí, eso es lo que iba a hacer.

Asiento dos veces. —Yo también, voy a irme.

Da un paso a un lado. —Bien, entonces supongo que caminaremos por lo mismo lado, digo, a la salida.

—A la salida —repito—. Sí, allá.

Me rasco la nuca. —Primero las damas.

Resopla. —Técnicamente no soy una dama en este momento, soy un león.

Eso me hace reír por un segundo. Ella es… no sé. —Claro, entonces, eres el rey de la selva.

Doy unos pasos al mismo tiempo que ella y estamos caminando lado a lado. —Bueno, según he visto en algunos documentales, el león está sobrevalorado. Definitivamente no es el rey de la selva.

—Cierto, creo que los gorilas son peores que los leones —afirmo.

Me mira con el ceño fruncido. —No creo que vivan en el mismo lugar, leones y gorilas.

—No lo sé —me encojo de hombros—. Pero son mejores.

Atravesamos el marco de la puerta y por suerte todos están ocupados en sus vidas que en nosotros, así que ni nos notan cuando vamos a la puerta sin voltear atrás.

Samantha toma una larga respiración cuando salimos al aire frente y sonríe. Tal parece una persona libre luego de años en una prisión.

— ¿Libertad? —pregunto.

—Libertad —sigue caminando, su fleco está pegado a la frente por el sudor—. Necesito quitarme esto, me estoy sofocando.

Baja la cabeza y su teléfono dejándolo en el pavimento cerca de una maceta y se retuerce para alcanzar el cierre de su espalda, tira de él hacia abajo para quitarse el traje de la parte de arriba, dejándolo colgando de su cintura.

—Odio esto —se sopla la cara con las manos—. Nunca aceptes ser un animal solo para hacer feliz a tu padre —suelta.

Levanto y bajo los hombros. —Mi papá está muerto.

Abre los ojos y gira la cabeza rápido hacia mí. — ¿Qué? Ay, no, lo siento tanto. Lo siento, suelo decir cosas tontas todo el tiempo, perdón yo…

Sonrío. —Está bien, Samantha. En realidad, no lo conocí. Bueno, supongo que sí porque se fue cuando yo tenía un año.

Muerde su labio inferior. —Igual lo siento. No me hagas caso jamás, no me tomes en serio nunca. Estoy loca.

Su cabello está despeinado, su rostro rojo y su atuendo es peculiar sin duda pero es la persona más interesante que pude encontrar en la noche. —Bueno, si te hace sentir mejor, yo estoy muerto.

Abre la boca y la cierra, luego la abre de nuevo. —Uh, no lo estas.

Arrugo la frente. — ¿Cómo qué no? ¿Sabes que dicen de mí? que me morí en diecisiete ocasiones, todos tienen sus teorías.

Entorna los ojos. —Uh, Garret… digo, no estás muerto. Yo no veo fantasmas.

Sonrío sin poder evitarlo. — ¿Sabes mi apodo, no?

Su expresión se relaja. —Ah, hablas de eso —rueda los ojos—. Es ridículo —Se inclina para tomar la cabeza y su teléfono—. Bueno, supongo que nos vemos.

Sí, supongo que este es el momento en que nos vamos pero algo en mi me dice que haga algo estúpido. — ¿Te vas caminando?

Solo se encoje de hombros.

—Tengo… un auto — ¿Por qué me estoy ofreciendo? —. Yo sé dónde vives.

Asiente. —Lo sé, tu abuela vive en mi cuadra —aclara la garganta—. No es que sepa quién es tu abuela.

Sonrío de nuevo. —No es que yo sepa que tú le ayudas a mi abuela con las compras.

Baja la mirada. —Es que, bueno, no sabía que era tu abuela hasta que vi una foto pero nunca he entrado, solo le ayudo —mira al cielo—. Como sea, ¿Me puedes llevar?

—Supongo —le hago una seña para que crucemos la calle—. De todas formas es mejor a que vayas caminando así.

Suelta una pequeña risa.

Juego con mis manos mientras me siento raro, como si esto es realmente ridículo y tonto pero al mismo tiempo, interesante. No suelo socializar porque no quiero pero tampoco es tan malo interactuar con ella.

Llegamos a mi auto azul viejo pero funcional. Me acerco a la puerta de pasajero y le abro la puerta. Ella entra y deja la cabeza del disfraz sobre su regazo. Cierro la puerta y voy al otro lado.

Entro y después de tres intentos, el auto arranca y me muevo en dirección a su casa. No vivimos lejos por lo que da igual si la llevo o no.

Pasan unos minutos sin decirnos nada, solo escuchamos el sonido de las llantas y de la calle.




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