La Rara Y El Muerto

4. EL MUERTO

Veo la hora en mi teléfono.

12:56 am.

No he recibido ningún mensaje de Samantha. Quizás está dormida o quizás no le interesa en absoluto escuchar a este señor contando sobre como vio que las sillas se mueven solas en su casa.

Tampoco le he escrito, no quiero verme como, ¿desesperado? ¿Intenso? No lo sé, ni siquiera sé por qué le hice esa pregunta pero ella solo parecía genuina cuando me dijo que si creía en todo y no sé, solo pensé que quizás ella…

“bip”

Mi teléfono me avisa de una nueva notificación. Es un mensaje, de ella.

“Tengo miedo”

“Bip”

Otro mensaje: “Lo siento, hola. Ahora sí: tengo miedo”

Me acomodo en la cama, apretando una almohada entre mis brazos con el teléfono en mis manos para responderle:

“¿Escuchaste la historia de la mujer que vio a su esposo y luego recordó que su esposo estaba en el funeral de su amigo a kilómetros de distancia?”

Noto que ella está escribiendo, luego borra y vuelve a escribir para finalmente enviar:

“Sí, eso fue tan extraño”

“¿Llamarás?”

Sonrío con su mensaje y respondo: “¿Debería?”

“si” contesta.

Luego se me ocurre algo pero es tonto, de todas formas empujo un poco la computadora para poder recostarme con las piernas cruzadas.

Le envío: “¿De verdad piensas que debería llamar?”

Ella responde casi de inmediato: “Sí”

Y luego una carita asustada.

Eso me saca una sonrisa. En el programa de internet están hablando sobre avistamientos en el cielo de naves espaciales y posibles invasiones de seres de otros universos.

Que cosa tan graciosa, asumir que a seres más inteligentes que nosotros les interesa esta roca flotante llena de idiotas.

Leo su respuesta y presiono el icono de llamada. Me acerco el teléfono al oído, acostándome con las piernas hacia afuera de la cama, la luz apagada dejando que la iluminación amarillenta del poste sea suficiente junto con la pantalla de la computadora.

Luego de tres tonos, Samantha contesta.

— ¿Garret? —pregunta.

¿Qué estoy haciendo? —Samantha.

Escucho su respiración. —Uh, lo siento, me sorprende que me hayas llamado.

—Dijiste que pensabas que debería llamar.

Escucho una pequeña risa. —Ah, no, me refería al programa. Es bueno, gracias por decirme, no sabía que existía.

Cierro los ojos. — ¿Te gusta?

—Sí, me gusta —contesta, susurrando.

Juego con los mechones de mi cabello con la otra mano. — ¿Tienes la luz apagada?

— ¿Por qué quieres saber? —pregunta entre risas.

Abro los ojos. —Porque quizás hay una sombra por ahí. Mis historias favoritas son las del hombre del sombrero, tantas personas lo han visto.

—Oye, no digas eso —responde—. Espera… voy a encender la luz.

Sonrío ampliamente. — ¿Hay algo en tus esquinas?

—Ropa tirada y… ah, encontré mi cargador. Ya no tengo que usar el de mamá.

— ¿Ningún hombre sombra con sombrero? —pregunto.

Bufa. —Por ahora no pero si lo veo, le diré que tú quieres verlo.

— ¿Quién dice que no lo he visto? —me giro sobre mi cuerpo, quedo dándole la espalda al techo.

—Espera, ¿En serio? —Hace una pausa—. Tienes que llamar, quiero escuchar tus historias.

Samantha y yo hablamos por unos diez minutos más hasta que me dijo que tenía que colgar porque escuchó ruidos y sus padres la iban a regañar si estaba despierta tan tarde.

Pero seguimos enviándonos mensajes hasta que el programa terminó a la 1:30 am.

Nos deseamos buenas noches pero yo todavía no me dormí, seguí despierto como veinte minutos más mientras repetía mis últimas veinticuatro horas.

No soy de los que buscan interactuar o siquiera intentar hacer amigos porque no es lo mío pero todo con ella se sintió natural, incluso esta llamada fue extraña pero no aburrida.

Ahora no sé qué pensar, ¿Me hablará en la escuela? ¿Nos volveremos a llamar otra vez? ¿Esto fue solo una vez?

Quito la computadora de mi cama y me acomodo dentro de las sabanas, con el brazo extendido a un lado. Pienso en ella, otra vez y lo sigo haciendo hasta que me quedo dormido.

~

A la mañana siguiente intenté no pensar en ella, pero me era difícil.

No sé qué me está pasando, solo es una chica más y sobre todo, una chica un poco fuera de lo común pero para darle créditos, es divertida y hasta ahora no parece asustada con mi personalidad.

Estoy terminando de comer el desayuno cuando veo a Richard bajar con el cabello despeinado. —Buenos días —dice.

Le sonrío. —Hola —lo observo mientras se mueve por una taza de café—. Oye… creo que hoy iré con la abuela.

Me mira. — ¿Hoy? Pero mañana vamos a ir.

Me encojo de hombros. —Sí pero solo quiero ir a ver como está y quizás necesita ayuda con algo.

Richard se sirve el café y le pone dos de azúcar. —Siempre tiene personas que la ayudan, sus vecinos son buenos con ella.

—Lo sé —respondo—. De todas formas solo un rato y quizás quiera compañía.

Él suelta una carcajada. — ¿La abuela? Ella siempre tiene con quien charlar, es amiga de todos. No te preocupes por ella.

Suspiro. —Solo quiero verla y ya.

—Claro —asiente—. Solo no le aceptes dinero, siempre te da. Espera, ¿Vas por dinero? Dime que no, si necesitas…

—No —lo interrumpo—. No es por dinero y no se lo acepto —la abuela siempre me da unos billetes cuando llego aunque últimamente solo los junto y luego le compro algo a ella—. ¿Acaso no puedo ir a visitar a mi abuela?

—Si puedes pero tú prefieres usar los sábados para tus cosas —bosteza—. Por cierto, ¿Cómo vas con tu proyecto?

Me encojo de hombros. —Todavía no tengo nada pensado.

—Bueno tienes algunos meses aun antes que se cierren las admisiones para la universidad —repite como si eso lo ayudara a calmarse—. Sé que harás algo bueno.




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