La Rara Y El Muerto

6. EL MUERTO

¿Debería bajar o solo le aviso que ya estoy aquí?

Como sea, voy a bajar. No es raro esto, de todas formas la veo en la escuela y solo vamos a ir a ver un lugar que pronto será solo ruinas.

Toco el timbre. Tan solo tengo que esperar dos segundos antes que un hombre alto me abra. Es el entrenador del equipo de basquetbol y profesor de educación física.

Es el papá de Samantha.

—Buenas tardes —digo.

—Papá… —Samantha al fin aparece, empujando a su padre.

El entrenador me mira sin parpadear, o eso parece. —Uh… yo…

—Ya me voy —ella se pone de puntillas para darle un beso en la mejilla—. Adiós, te quiero.

Sale rápido y cierra la puerta detrás de ella, tirando con su mano. —Hola, lo siento, hola.

Le doy un vistazo a la puerta como si esperara que se volviera a abrir. —Hola.

—Ese es mi papá —ríe nerviosa—. Bueno, creo que ya sabes eso.

Señalo el auto. —Ven, vamos.

Caminamos hasta ahí y le ayudo a abrir la puerta porque a veces se traba. Entro al asiento del conductor y de la nada, siento como un escalofríos aunque no hace calor. Antes de encender el motor, doy un vistazo a su dirección.

—Pensé que te pondrías el traje de león —bromeo.

Ella me mira medio confundida. — ¿Para qué?

Niego. —No… solo, era un chiste.

—Ah —suelta una risita—. Bueno, no. Lo lamento por decepcionarte, a veces uso ropa normal.

Enciendo el motor. —Me gusta tu ropa normal.

Comienzo a conducir y no sé porque pero tengo que tomar una larga respiración, es como si estuviera agitado por algo aunque ni he hecho ejercicio ni nada.

— ¿Cómo se siente tener un papá entrenador? —pregunto de la nada.

Bufa. —No es tan malo, supongo. Creo que ya se rindió conmigo, no soy buena para los deportes.

— ¿Nada? —pregunto, cruzando una calle.

—Nada —dice—. Intentó que jugara basquetbol pero nunca pude anotar o, bueno, encestar. Tampoco soy buena con nada que involucre correr o un balón.

Sonrío. —Yo tampoco.

—Genial, me siento menos mal —afirma.

Le doy otro vistazo. Su “ropa normal” es una camiseta blanca con estampados de flores pequeñas rojas y unos pantalones azul claro. No es nada extraordinario pero se ve bien.

—Papá me sugirió que entrara al equipo de animadoras —admite y tengo que fingir que no la estaba viendo.

— ¿Ah, sí?

—Sí —suspira—. Pero creo que la entrenadora solo me asignó ser mascota para darme un lugar. Era eso o cargar con las toallas, bebidas y todo lo demás. Prefiero eso.

— ¿Te gusta ser la mascota?

Resopla. —No, pero es… no sé. Tiene su magia estar en un traje y aunque las personas sepan que soy yo, es fácil tener algo que te oculte.

Me gusta eso que dijo. —Sí, tienes razón.

Permanecemos en silencio por un momento, luego ella ríe por lo bajo. —Incluso tengo todavía mi uniforme de animadora, nunca lo usé pero mi papá es de los que siempre se adelantan a todo. Supuestamente algún día lo iba a usar, ahora solo está ahí todavía con las etiquetas.

— ¿Te digo algo? —Mantengo la mirada al frente—. Hay como unas diez chicas vestidas iguales pero solo una con un traje de león, creo que eso significa que ganaste.

Ríe. —Me gusta tu lógica.

Le doy un vistazo. —Aunque yo pienso que ese traje da un poco de miedo.

Samantha vuelve a reír, esta vez más ruidoso. —Un poco, sí.

Sonrío de lado. —Pero sé honesta, ¿Quién da más miedo? ¿Tú con tu traje o yo?

— ¿Tu? —Chasquea la lengua—. No das miedo.

—Pero eso dicen —me detengo en un semáforo en rojo, me giro hacia ella y le pico el brazo con mi dedo—. Dicen que estoy muerto, ¿no? En especial tus compañeras de animación.

Las animadoras, en especial Karla Rojas y Vania Johnson aman decirme que parezco un cadáver, que estoy muerto, que he hecho pactos con entidades oscuras y todas esas inmadureces. Ellas realmente piensan que son graciosas.

Yo pienso que son idiotas, como el noventa por ciento de mis compañeros.

—Ah, bueno pues para que lo sepas, ellas también dicen que me veo mejor con la máscara —dice, soltando un par de risas.

La veo de reojo. Sé que sus compañeras son consideradas de las más atractivas de la escuela y quizás lo son. Bien, sí lo son pero decirle eso a Samantha es ridículo.

—Creo que sus opiniones no importan —afirmo—. ¿Tú piensas que te ves mejor con o sin la máscara?

Hace el sonido de “mmm” antes de responder: —Honestamente, prefiero estar sin la máscara. Hace mucho calor en ese traje.

—Entonces está decidido —levanto el pulgar en el aire—. Te ves mejor sin la máscara.

Murmura: —Gracias.

Sigo conduciendo mientras tenemos una conversación más casual por el resto del viaje.

Finalmente llego al centro comercial, el lugar tiene un gran estacionamiento pero no hay muchos autos. Realmente está abandonado y solo lo conozco porque aquí hay una farmacia grande y vine con Richard hace unos meses para conseguirle una medicina a la abuela.

Me estaciono lo más cerca de la entrada posible, a un lado de un poste con un cartel despintado de una pizzería que ya ni siquiera existe.

Bajamos del auto y tomo una larga respiración. El aire se siente distinto, quizás estoy siendo dramático pero se siente más fresco. Rodeo por el frente para llegar a donde está Samantha.

— ¿Lista para explorar?

Afirma con un gesto, viendo alrededor. —Vamos.

Me meto las manos en los bolsillos y camino a su lado hasta la entrada. Hay dos puertas anchas pero una de ellas tiene una cinta amarilla y un rotulo que dice “en reparación”

—Bueno, sí que está abandonado —suelta Samantha al entrar.

Frente a nosotros se extiende el lugar, a los costados locales vacíos y sin luces, solo cristales y puertas cerradas. Al centro sí hay algo funcionando, una cafetería pequeña de una marca conocida y detrás de ahí, una fuente que aun funciona.

— ¿Quieres tomar algo? —pregunto, viendo las mesas vacías de colores pasteles.




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