Al parecer, sí puedo hacer amigos.
Bueno, una amiga. Samantha.
Han pasado dos semanas desde que fuimos al centro comercial y luego de eso todo fue natural. Nos vimos en la escuela y solo nos hablábamos en los pasillos. Luego yo me senté a su lado en clase y ella se sentaba a mi lado en el receso.
Hoy es viernes y ya espero que sigamos esa rutina.
Abro mi casillero y unos segundos después, ella aparece a mi lado. —Hola.
La veo. —Hola.
—Ten, te traje esto —extiende una barra de cereal con chocolate blanco.
Sonrío. —Oye, gracias, ¿A qué se debe?
Se encoje de hombros. —Me dijiste que te gustan y mamá las compró ayer.
La tomo y la guardo en mi casillero para más tarde. —Gracias —digo de nuevo.
Cierro el casillero mientras pienso en lo que voy a decir. Por ahora lo único que hemos hecho es comprar alguna lata de soda después de la escuela y hablar afuera de su casa por un rato antes de decirnos adiós.
Pero hoy, tal vez podemos cambiar eso.
—Sam —me acomodo la mochila—. Tienes que ver la película de los gusanos gigantes.
Arruga la nariz. —Ni loca. No, suena asquerosa.
—Entonces la del tipo raro que se muda a un nuevo lugar y se hace amigo de otro tipo raro —le doy un vistazo—. Es desconocida pero es buena, tiene un giro de trama.
—Tus películas son muy trágicas... No. Esa no es la palabra, tus películas son como oscuras.
Bufo. —Obviamente, mírame. Pero entonces, escoge, ¿Gusanos o tipos raros?
— ¿Porque no vemos algo más tranquilo? —Elevo una ceja—. Digo... Es que no... No digo que veamos nada pero asumí que...
Ah, entonces si captó mis indirectas. —Pues obviamente, porque no las vas a encontrar en plataformas. Tal vez si pero no en nuestro idioma.
—Ah, igual, ¿Porque no vemos algo menos traumatizante?
Entorno los ojos. — ¿Cómo cuál?
Arruga la frente. —Eh, yo que sé. Algo menos complicado de encontrar, pero interesante.
Llegamos a nuestro salón de clases y caminamos a nuestros asientos.
Noto que una de las chicas que ama decirme que estoy muerto, Lucía Veliz, me mira con el ceño fruncido. También mira a Sam.
Como sea, no importa.
Iba a seguir hablando de películas con ella cuando noto que Lucía se está moviendo hacia aquí. Suspiro lentamente antes que empiece a hablar.
—Oye, gatita —llama a Samantha—. ¿Desde cuándo tienes novio?
Sam la mira y niega. — ¿Qué quieres Lucía?
Ahora me mira. —Lo siento —suelta una carcajada—, es solo que todos hemos notado que ustedes ahora se la pasan juntos todo el tiempo. Eso es tan divertido, obvio que sería así. Encajan tan bien.
Recuesto la espalda y cruzo los brazos mientras bostezo. —Tú te crees graciosa, ¿No?
Resopla, moviendo su cabello alisado. —No me creo, soy. Soy divertida y linda.
Elevo una ceja. — ¿Felicidades?
Rueda los ojos y ahora mira a Sam. —Mira solo porque eres la mascota te digo esto, deja de jugar con él. Te va a usar como sacrificio o algo, digo, eso es lo que seguro eres.
Samantha inclina la cabeza a un lado. —Um... Tal vez lo haga o quizás estamos buscando a nuestro siguiente sacrificio.
Lucia chasquea la lengua. —Eh... Ya estás igual de rara que él.
—Supongo —Sam se encoje de hombros.
Lucia nos mira y rueda los ojos antes de alejarse. Miro a Sam y ella me da una mirada.
Le sonrío y pienso que he escogido a una gran amiga.
~
Decidimos ir a mi casa porque… sí. No hay una razón específica. Bueno, quizás no quiero que su papá piense que estoy con su hija por algo más que una tarde de película y tareas.
La dejo pasar primero. Ella entra lento y mira alrededor sin observar nada en específico.
—Siéntate donde quieras —le digo.
Hay dos sofás largos, para tres personas o cuatro si quieren estar apretados, aunque solo somos tres en esta casa. Bueno, pronto cuatro o algo así.
—Gracias —se acerca al sofá más próximo y se sienta, con los brazos rodeando su cuerpo.
—Oye —dejo mi mochila en el suelo, al lado de una pequeña mesa en la entrada—. ¿Quieres algo? Tengo soda de uva, limón y café.
Niega. —Estoy bien, gracias.
Me encojo de hombros y me siento a su lado aunque dejando una buena distancia entre nosotros. —Entonces, ¿Ya decidiste que película?
Niega, viendo hacia abajo. —No sé, no creo que te gusten las películas que a mí me gustan.
—Tal vez si —me paso la mano por el cabello—. Solo no me digas que te gustan esas que son extremadamente predecibles y con las peores actuaciones.
Sonríe. —Eres un poco… ¿Pretensioso?
Suelto una carcajada. — ¿Pretencioso, yo? No, Sam. Tengo gustos refinados.
Rueda los ojos aun sonriendo. —Claro.
Miro alrededor y el silencio es tan extraño. Digo, el silencio es silencio pero por primera vez, ese silencio está acompañado de alguien más. —Hoy también es el programa —digo—. ¿Lo vas a ver?
—Sí —asiente—. Es adictivo, el otro día me puse a ver todos los videos que han publicado.
Levanto una ceja. — ¿Todos? Son más de cien.
Se encoje de hombros. —No tengo mucho que hacer cuando estoy sola.
Recuesto mi brazo en el respaldo del sofá. —Deberías llamar. Cada final de mes hacen una actividad grupal —resoplo—. Reciben a cinco personas y debaten sobre una historia que alguien cuenta, es entretenido porque aunque todos crean que si existen lo paranormal, no todos creen igual.
— ¿Y tú has debatido?
Levanto dos dedos. —Dos veces.
— ¿Y quién ganó?
Niego. —No creo que se trate de ganar. Cuando debates es más como para que tú des tu punto de vista y la gente decida de qué lado está.
Me apunta con el dedo. — ¿Y tú quieres debatir conmigo?
Me encojo de hombros. —Si el tema se presta.
—No soy experta —contesta.
—Ni yo —estiro las piernas, cruzando una sobre la otra—. Pero tengo una opinión. Podemos debatir, vamos, dime algo controversial.
Tuerce los labios. —No lo sé… por ejemplo, creo que nadie debería intentar sacarte conversación antes de las diez de la mañana.