La Rara Y El Muerto

9. LA RARA

Este vestido no servirá.

Mi mamá me heredó muchas cosas. Su altura (aunque ella cree que todavía tengo unos años más para crecer otros centímetros), su desagrado por los tomates crudos, el color de su cabello pero se lo olvidó heredarme algo.

Algo que rellena la parte del frente de su vestido.

Suspiro y pienso que esto es tonto. Prefiero perder, además, estoy segura que Garret ni lo va a hacer. No parece del tipo de chicos que tiene un sombrero vaquero en su armario.

Aunque… ahora que lo recuerdo, sí tengo un vestido. Tiene que estar en mi armario, oculto para jamás volver a verlo.

Reviso todo y en la última percha, ahí está. Es un vestido casual, marrón oscuro con pequeñas flores rojas. No es muy corto, me llega a las rodillas y tiene mangas cortas. Se ve lindo pero cuando yo me lo pongo, me veo tan… no sé.

Es solo que mis piernas no son las más bonitas y mis hombros son anchos, tampoco me gusta cómo se me ven los brazos con mangas tan cortas y ni hablemos de mis caderas.

Lo saco de la percha. Huele a ropa guardada pero, tal vez si lo lavo no estará tan mal.

Suspiro y me siento en la cama, con el vestido en mi regazo. No sé que estoy haciendo, no sé ni por qué lo estoy haciendo.

Me dejo caer hacia atrás recostándome en la cama. Cierro los ojos por un momento, luego giro la mitad de mi cuerpo para tomar mi teléfono y mis auriculares.

Es casi la hora del programa de historias paranormales.

Dejo el vestido a un lado, me coloco los auriculares inalámbricos y mientras me desvisto para ponerme mi ropa de dormir, escucho la introducción y al hombre de la voz gruesa.

Esa noche hablaron de fantasmas en casas abandonadas y alienígenas caminando en bosques oscuros.

Eventualmente, recibo un mensaje de Garret.

“¿Has visto un alienígena alguna vez?”

Sonrío y le respondo: “No. ¿Tú si?”

Garret no me responde, se tarda unos minutos hasta que veo que me está llamando. El teléfono deja de reproducir el video mientras espera a que yo decida contestar.

Lo hago. — ¿Hola? —me levanto para ir por mi computadora portátil y ahora ver el video desde ahí.

—No he visto a un alienígena, pero sería lo más asombroso del mundo, ¿no lo crees? —pregunta.

Bufo. —No, ¿Y si son malos?

— ¿Y si son buenos? —responde.

Me acomodo en la cama, busco el video mientras hablo con Garret sobre creaturas de otros planetas.

Él no cuelga, en realidad, solo se queda en silencio mientras alguien más cuenta su experiencia y luego me da sus comentarios.

En algún punto, yo estoy recostada en la almohada dentro de las sabanas, con la computadora a un lado y el brillo de la pantalla tan bajo como sea posible.

El programa paranormal termina a la una y media, como todos los viernes, sin embargo Garret no se despide todavía. Puedo escucharlo moverse y respirar.

— ¿No tienes sueño todavía? —le pregunto, cerrando la computadora.

Escucho su risa lenta. —Todavía no, me gusta dormirme más tarde.

— ¿Qué tan tarde? —pregunto, bajando la voz.

—Como a las dos y media, o antes de las tres. ¿Sabías que las tres de la mañana es la hora prohibida? Cosas tenebrosas suceden —escucho su tono de broma.

Sonrío y cierro los ojos. —Yo creo que a cualquier hora suceden cosas malas.

—Si… yo también creo eso —dice—. Como a las cinco de la tarde, un viernes de verano…

Abro los ojos. —Eso es específico.

Escucho su respiración. —Esa es… la hora en que mis padres murieron.

Siento que mi corazón se detiene y me congelo. Me reacomodo en la cama, quedando sentada y abro la boca pero no sé qué decirle. —Uh… ¿Tus padres?

—Sí —contesta—. Pero no es tan trágico. Bueno, sí lo es, supongo. No sé, yo era alguien de un año y la verdad no recuerdo nada —bosteza—. Solo es lo que me han contado.

Trago saliva. —Tus padres… ¿al mismo tiempo?

—Sí —contesta y no suena triste pero tampoco tiene ese tono que usa cuando habla normalmente—. Fue en un accidente de auto, uno de esos camiones y bueno… varias víctimas.

Frunzo el ceño. —Garret…

—No —me interrumpe—. Estoy bien. No tengo traumas o estoy depresivo por eso. Solo es algo que es parte de mi historia, supongo. Ellos están muertos pero ellos son desconocidos, la persona que se encargó de mi murió cuando tenía siete y eso dolió más.

No digo nada porque lo que está diciendo es tan crudo y triste pero él dice que está bien y yo no sé si le creo.

— ¿No es irónico? Me dicen “El muerto en vida” y en realidad, yo estoy vivo pero ellos no…

Siento algo en mi pecho y en mi garganta. Mis ojos, involuntariamente se llenan de lágrimas porque en mi mente estoy imaginándome todo. Estoy haciendo escenas de dos personas en un auto que en un segundo, ya no estaban respirando.

—Garret —tomo una respiración—. No…

—Sam —vuelve a interrumpirme—. Creo que deberías dormir ahora.

—No —respondo—. Escucha, yo no sé qué decirte ahora. En realidad, si te pones a pensar solo nos conocemos por unas semanas pero eres mi primer amigo y quiero que sepas que tal vez no voy a arreglar nada y tal vez sí estás bien pero si un día solo quieres hablar, yo te voy a escuchar.

Garret no responde por unos segundos, pensé que había colgado hasta que habla de nuevo: —Ya me estas escuchando.

Sonrío un poco.

—Sam —escucho que se mueve, luego baja la voz—. Tú también eres mi primera amiga. Antes de esa estúpida fiesta pensaba que todos en la escuela eran unos idiotas que hacen lo mismo, se visten igual, piensan igual pero tú no. No sé porque.

Me vuelvo a recostar en la cama, viendo al techo. — ¿Por qué me visto como león rosado para animar a los equipos sudorosos de la escuela?

Resopla. —Quizás es eso. Hay algo atractivo en una mujer que sabe usar un traje como tú.

Solo está siendo ridículo ahora. —Claro, si supieras todos los chicos que quieren ir conmigo a ese baile de otoño.




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