La Rara Y El Muerto

12. EL MUERTO

—Odio las arañas —Sam se sacude las manos.

Me siento sobre una caja recostando los codos sobre las rodillas. —Pues ellas sienten lo mismo por ti.

Sam rueda los ojos. —Que gracioso.

Este es nuestro tercer día de limpiar el sótano de la abuela. Es algo que ella siempre ha querido hacer pero nunca ha encontrado a alguien que lo haga. Mi primo se ofrecía pero está ocupado y la abuela no tiene ganas de lidiar con polvo y olor a humedad.

Ella nos pidió que saquemos todo sin excepciones. Si hay algo que nos gusta, nos lo podemos quedar. Si hay algo que se pueda vender, se venderá y si hay ropa en buen estado, se dona a la iglesia.

Pero lo que hemos encontrado es un montón de cosas como adornos rotos o recipientes de pintura, cajas con ropa que ya no sirve sin duda, arañas, cosas navideñas, arañas y, ¡Ah, sí! Más arañas.

Nos hemos tardado porque con cada objeto que encontramos, se aparece algún insecto y Sam entra en pánico. También porque se siente demasiado el polvo y solo aguantamos menos de una hora cada día.

Pero hoy solo quedan las cajas apiladas en la esquina y unas sillas con las patas rotas.

—Vamos, tal vez encontramos algo con oro, lo vendemos, dejamos la escuela y escapamos de este lugar —me levanto, impulsándome para caminar a las cajas.

—Yo no dejaría la escuela —sorbe por la nariz antes de estornudar—. Además en esta economía, no creo que nos den mucho por oro.

—Entonces empieza a grabar, tal vez captamos un fantasma y nos hacemos famosos —digo.

Bufa. —Creo que ya se nos hubiera aparecido.

Me encojo de hombros. —Tal vez se está escondiendo porque no quiere ayudar a limpiar el sótano.

—Tal vez —Sam se acerca y se acomoda la banda para el cabello antes de ayudarme a bajar las cajas apiladas sobre otras.

Siento calor, siento comezón en la espalda y ganas de estornudar pero si no ayudo a la abuela, nadie lo hará.

Pensar en eso me duele un poco, en el pecho. Mi abuela es una mujer increíble pero la realidad de su vida es difícil. Sus dos hijos murieron, por razones distintas pero igual de injustas. Un accidente, un cáncer. Muertes antes de los cincuenta, incluso de los cuarentas.

Muerte, muerte, muerte.

—Cuidado —Sam se inclina para tomar la caja que estaba a punto de caer sobre mi pie.

Trago saliva. —Lo siento, me distraje.

—Haz estado distraído desde que entramos al sótano —acomoda la caja sobre el suelo de madera—. ¿Qué pasa? ¿Piensas que de verdad saldrá un fantasma?

Le sonrío aunque no le respondo.

Cuando bajamos las diez cajas, es hora de abrirlas y revisar. Esa misión me la ha dejado porque ella no supera cuando abrió una caja y una araña trepó hasta su codo.

Tomo las tijeras y abro la primera. Son vestidos antiguos dentro de bolsas plásticas. No sé en qué estado están pero los dejo a un lado, luego los revisaremos.

Me muevo a otra caja, una más grande y la abro. Más adornos navideños polvosos y viejos. Creo que estos sin duda se van a la basura.

Antes de cortar la cinta de otra caja, me detengo y levanto la mirada a Sam. — ¿Quién crees que guardó tantas cosas?

Eleva una ceja. — ¿Quién? No sé, tú dime, es tu familia.

Eso me hace darme cuenta que quizás, solo quizás, una de estas cajas fue puesta aquí por mi padre. Ese hombre que no conocí realmente. Que no recuerdo. Que solo tengo una foto con la mujer que me dio a luz y yo, un bebe envuelto en sabanas azules.

Quizás su ADN todavía esté en este lugar. Él vivió aquí de todas formas, en esta casa, en este pueblo.

—No conocí a mi abuelo —digo de la nada—. En realidad… es raro, ¿no? No conocí a muchos miembros de mi supuesta familia.

Sam hace una mueca.

Bajo la mirada y sigo abriendo cajas. Nada importante, solo un montón de recuerdos de personas que compartieron con otras personas que jamás sabrán el color de mis ojos ni yo el de ellos.

Personas que se fueron a donde sea que se van los muertos. Al cielo, al más allá, quizás a una sala de espera para el “final” oficial. Sea lo que sea que eso signifique.

Me canso de estar doblado y me siento en el suelo. Por suerte no hemos encontrado ninguna araña.

Sam toma la tijera y abre otra caja, una más pequeña y con forma de rectángulo.

La observo hacerlo. Hoy tiene unos pantalones cortos de mezclilla con una camiseta roja que le queda muy grande pero que es su estilo. Esa es Sam, con su ropa holgada y sus piernas que he observado más veces de las que me gustaría admitir.

—Ah… ¿Esto es…? —ella pregunta.

Junto las cejas. — ¿Arañas?

Niega y toma la caja para acercarla a donde estoy, la coloca en el suelo frente a mí y se sienta a mi lado. —Mira, son esos discos que usaban.

— ¿DVDs? —pregunto.

Me inclino para ver el contenido de la caja y si, ahí hay varios DVDs pero también CDs. Quizás no sabes la diferencia. Uno es para videos y otro es para música. Ahí tiene un logotipo indicándolo. Son varios, unos en cajas individuales azules y otros en cajas rojas.

Pero lo que importa no es eso, es la letra azul sobre una de las portadas transparentes de caja azul.

“Mi Olivia”

Olivia.

Mi mamá.

— ¿Qué habrá ahí? —Sam toma otro, portada transparente y plástico rojo.

“Las diez favoritas de Erick y más”

Erick.

Mi papá.

— ¿Erick? ¿Quién es? ¿Lo conoces? —pregunta Sam, dándole vuelta y luego tomando otra.

Suspiro, tomando un momento mientras veo la caja frene a mí. Son como veinte cajas, tal vez menos. Cajas con contenidos relacionados con dos personas que me dieron su genética pero se fueron de mi vida, en contra de su voluntad.

—Mis padres —susurro.

Samantha voltea rápido. — ¿Tus padres? ¿Esto es de ellos?

Asiento, mientras siento como si una cuerda estuviera apretándome todo el cuerpo. No sé cómo moverme ni como respirar ni como pensar. No sé qué hacer.




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