La Rara Y El Muerto

14. EL MUERTO

Sam me mira de reojo, sentada a mi lado en el auto de sus padres.

Sí, el auto de sus padres porque a ella le dieron permiso de ir a ver ovnis solo si ellos también nos acompañaban y al mismo tiempo, estarán presenciando una de las noches más despejadas de la temporada según las noticias.

Es por eso que escogieron esta fecha para buscar naves extraterrestres, porque estará despejado y las estrellas se verán mejor que nunca.

El padre de Sam me da otra mirada, creo que van diez en todo el camino.

Es raro estar cerca de ella y no hablar pero toda la conversación que hemos tenido ha sido con miradas y gestos. Creo que sus padres son amigables pero prefiero no decir mis teorías raras y que la alejen de mí.

Por otra parte, mi primo se sintió más tranquilo al saber que los padres de mi amiga estarían ahí y no seriamos solo dos adolescentes en un lugar lleno de extraños.

“El mundo está retorcido” dijo luego que le conté mis planes.

—Niños, si tienen hambre he traído unas galletas —su madre habla.

Me muerdo el labio inferior para no reír por el hecho que ella nos ha llamado “niños”.

—Estamos bien —responde Sam.

Le doy un vistazo. Me gusta su sudadero, es verde limón y su cabello sigue siendo corto pero tiene unos pequeños rizos en las puntas. También huele a fresas, como si fuera su perfume o algo así.

Oh… debería dejar de pensar en el olor de la chica cuyo padre acaba de verme de nuevo.

— ¿Así que ovnis? —el entrenador pregunta.

Miro a Sam, ella a mí. —Estamos en busca de ellos —Sam habla—. Es que, papá, si captamos uno seriamos famosos.

Su madre ríe.

—Y tal vez son amigables —agrega.

El entrenador se encoje de hombros. — ¿No tienen miedo? ¿Usted, señor Black?

Me reacomodo. Hay una diferencia en alguien que te llama “niño” a alguien que te llama “señor” —Uh, ¿Miedo? No, yo no creo que le tenga miedo a eso.

— ¿Y a qué sí le tiene miedo? —pregunta.

Trago saliva. —Bueno… creo que a los alacranes.

—Yo también —la madre de Sam dice, voleando el rostro.

Sam resopla. —Aquí ni hay alacranes, Garret.

— ¿Cómo lo sabes? Puede que si —digo, con un movimiento de manos.

—A Garret le dan miedo los fantasmas —se inclina hacia adelante.

Chasqueo la lengua. —No es cierto, yo soy quien he dicho que he visto, tú eres la que pide que no le hable de eso.

—Pero te dan miedo —gira para mirarme.

Niego con un dedo. —No me dan miedo, los fantasmas no.

— ¿Los duendes? —Sam apunta a mi rostro.

Ruedo los ojos. —Esa eres tú, todo te da miedo.

—Yo no…

Y de la nada, el padre de Samantha, el hombre de acero, el entrenador de cejas gruesas comienza a reír.

—Ahora entiendo porque son amigos —admite.

Tiro del cinturón de seguridad para aflojarlo. —Uh…

—Sam siempre habla de cosas así —me mira por el retrovisor.

—Siempre es bueno encontrar a alguien que tenga intereses como los tuyos —su madre baja la ventana—. Mi chico y yo hablábamos sobre muchas cosas, ¿no?

Sam hace un sonido como nauseas. —Madre, basta. Te he dicho que no le digas “mi chico” a ese señor.

Inclino el rostro hacia abajo para ocultar mi sonrisa.

— ¿Señor? —su padre resopla—. Samantha Helena, no soy un señor. Soy un hombre adulto.

Bufa. —Claro, claro.

Levanto una ceja y la miro. ¿Es esta la forma en como ella interactúa siempre con sus padres? ¿Es esto tener padres?

He visto a muchas familias de distintas formas. Algunos dicen que ni siquiera hablan con sus padres, otros hablan que prefieren a sus madres o a sus padres, unos aseguran que sus madres las odian pero yo no sé nada de eso.

Aunque sí sé que los padres de Samantha son buenas personas, al menos lo han sido hasta ahora y ella es sin duda, la mejor. Sí, lo es, nadie antes me había interesado lo suficiente como para querer seguir pasando tiempo con ella.

Quien rayos sabe porque.

El resto del camino que fueron como quince minutos se llenaron con conversaciones simples y chistes que Samantha les decía a sus padres o bueno, más bien era ella burlándose un poco de su padre y su padre regresándole las bromas.

Cuando llegamos sí había muchas personas y autos pero no por los ovnis, era porque había un evento para personas amantes de las estrellas y los plantes, con telescopios y camisetas con palabras que lo indicaban.

“Ve hacia arriba”

“El infinito te espera”

Es una de esas noches con viento ligero y calor, pero no tanto de ninguno de ambos. Aunque es casi la medianoche, el ambiente está despierto como si fuera mediodía.

—Quédense juntos —el entrenador habla, viéndome—. Llámame Samantha, si necesitas algo. Estaremos aquí, ustedes no salgan del lugar. Me llamas cada diez minutos, ¿Entendido?

—Sí —responde ella.

Los vemos tomarse de las manos y acercarse a un chico con panfletos y una gorra fosforescente.

— ¿Dónde estarán los demás? —pregunta.

Entorno los ojos y los paso alrededor del lugar. Hay unas escaleras de concreto y arriba, más personas cerca de una baranda. Levanto mi brazo para apuntar. —Quizás ahí.

—Vamos —Sam pide.

Nos movemos a las escaleras, pero la tercera tiene una parte rota y ella se tropieza. Extiendo mi brazo para tomarla y evitar que caiga. Me agradece, yo bajo la mano y tomo su muñeca.

—Ven —digo.

El contacto de mi piel contra la suya envía una corriente eléctrica por todo mi cuerpo. Lo siento en mis dedos, en mi estómago, en mi tórax y el mi rostro.

Lentamente, bajo la mano a su palma y sin dudarlo, tomo su mano totalmente. Ella no se aparta, tampoco me mira, es casi como si hubiera tocado su hombro o su cabello.

Trago saliva. — ¿Los ves? —pregunto.

Niega. —No sé a quién estamos buscando o como encontrarlos.

Tiene razón, solo asumimos que las personas de un programa paranormal de internet estarían aquí.

Terminamos de subir las escaleras y nos detenemos cerca de un árbol. El aire se siente más aquí, o al menos, así lo percibo. El viento mueve los mechones largos de mi cabello frente a mi rostro y solo los aparto con un movimiento de cabeza.




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