La Rara Y El Muerto

16. EL MUERTO

Está lloviendo.

Sam se asoma a la ventana de su sala de estar y arruga la frente. —No pensé que fuera a llover hoy, había demasiado calor.

Dejo la computadora a un lado, después de todo, ya casi terminamos con esta tarea de química. —Yo tampoco.

Ella se encoje de hombros y regresa hacia donde estoy. Hoy lleva una camiseta ancha, un tanto rectangular color rosada y unos pantalones de tela grises.

No voy a mentir, me gusta cuando se viste así. Cuando parece que está tan cómoda con mi presencia que no le importa verse de otra manera. Y también, me gusta cuando se hace eso en el cabello, se coloca dos ligas para tomar dos pequeños mechones.

Un rayo hace que la luz se vaya por unos segundos.

Sam se cruza de brazos y suspira. —No me gusta la lluvia.

La volteo a ver. — ¿Por qué?

—No sé —hace una mueca—, bueno no es que no me guste la lluvia pero a veces me pongo nerviosa con las tormentas eléctricas, supuestamente no es muy probable que te caiga un rayo pero quien sabe.

Levanto mi brazo. —Si te cae un rayo te quedan unas marcas en el cuerpo, ¿sabías?

Arruga la frente. —Pero eso no es bueno, además, tal vez no sobrevives.

Miro hacia la ventana, está más oscuro que de costumbre. —Espero que siga lloviendo para que pueda escuchar cosas de miedo en mi casa antes de dormir.

Resopla. —Eso no es agradable, eso es como mucho peor, más terrorífico —otro rayo—, además, todavía no puedes irte.

—Ah, entonces me quedo a vivir contigo —le pico el brazo.

Chasquea la lengua. —Tal vez te puedas quedar en este precioso sofá.

La ve unos segundos antes de moverme más cerca hasta que ya no queda espacio, mi costado toca el suyo y ahí está de nuevo, ese aroma dulce que ella tiene.

Samantha me va a volver loco, porque ella no es intencional con todo pero mucho de eso tiene efectos en mí.

— ¿Tienes hambre? —pregunta.

Bajo la mirada, su mano está sobre su pierna. —Eh, no mucho, no todavía.

Deja caer la cabeza hacia atrás. —Hay pizza de ayer si quieres y también hay pollo guisado.

Muevo la mirada a su cuello, ella lleva una cadena muy delgada de plata que su papá le regaló hace dos años, con un pequeño corazón colgando. — ¿Tú tienes hambre?

—No todavía —responde—, bueno, no mucho pero tengo ganas de fresas, mamá compró hoy, ¿quieres?

Pienso en sus padres que salieron y en como ahora ya no desconfían en que nos quedemos solos. Hacen bien pues realmente, no hay nada que no haríamos frente a ellos.

—Sí, está bien —digo.

Sam se levanta de un salto y va hasta su cocina. Miro al techo de su casa y tomo una larga respiración. Todo mi pecho está comprimiéndose y no sé, solo quiero que siga lloviendo para que todavía no me vaya.

Escucho sus pasos, se sienta a mi lado dejando un plato de vidrio con varias fresas de varios tamaños. —Come.

—Gracias —estiro la mano y tomo una.

Ella se inclina y toma una pequeña, se la mete de un bocado a la boca. —Ah, la amo.

Sonrío a media mordida. —Has matado a esa fresa sin piedad.

Se encoje de hombros y toma otra. —Amo las fresas.

Esta vez, es más grande por lo que la muerde por la mitad pero retira sus labios más lento. Voy a asumir que eso no es intencional pero ahora es difícil para mí quitar la mirada de su boca.

Ah… Garret, rayos, ¿Qué te pasa?

Tienes que calmarte porque esta chica es Samantha, la chica que es solo tu amiga y que solo será tu amiga por siempre.

Aclaro la garganta. —Eh, entonces, ¿Qué vamos a hacer en Halloween?

Me mira y se encoje de hombros. —No sé, ¿Qué hacías en Halloween antes?

Pienso en ello y la verdad, nada extraordinario. Lo más aburrido de siempre y a veces, solo me comía algunos dulces que mi primo me compraba con temática de la fecha pero eso era todo.

—Hablar con fantasmas —respondo.

Resopla. —Sí, ¿Algún famoso?

Sacudo la mano en el aire. —Siempre con famosos, no voy a desperdiciar mi tiempo hablando con muertos que nadie conoce.

Ríe y vuelve a tomar otra fresa. Sin poder evitarlo, la veo morderla y veo como pasa su lengua por su labio inferior.

—Uh, ¿Garret? —oh, creo que estuve observando demasiado.

— ¿Qué?

Ella aclara la garganta. —Eh, oye, ¿te puedo preguntar algo?

—No —me inclino por otra fresa y desvío la mirada—, es broma, pregunta.

Respira antes de preguntar: — ¿Somos amigos?

Frunzo el ceño. — ¿Qué clase de pregunta es esa? —ruedo los ojos.

Sam estira las piernas. —Pues, sí, quiero saber si lo somos.

Por supuesto que somos amigos pero también, somos algo más que eso. Somos… nosotros. —Supongo que así se le llama a las personas que pasan todo el día contigo, ¿no?

—Supongo —contesta y luego, esta chica hace algo que me causa la misma reacción que si me hubiera caído un rayo, ella se inclina y recuesta su cabeza en mi hombro.

Lo siento, su peso y su calidez, su respiración y ese estúpido aroma dulce. Ella tiene demasiado control sobre mi estúpido cerebro. — ¿Cómoda?

Una risita.

Una. Estúpida. Risita.

—Eres el mejor amigo de todos —dice.

Otro rayo hace que la luz vuelva a apagarse por un instante y en la oscuridad, agradezco que las reacciones humanas no sean como las marcas de los rayos.

O sino, en este momento, el nombre de Samantha estaría escrito en todo mi patético cuerpo.

Gracias a Dios, el sonido de la puerta hace que el aire regrese a mis pulmones y cuando veo a sus padres entrar quejándose de la lluvia, me siento más tranquilo.

Pero también decepcionado.

¿Por qué me siento así?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.