Ella no se mueve
Por un segundo mi mente no entiende lo que estoy viendo. Por un segundo pensé que quizás era solo el traje pero no, ahí está ella con los ojos cerrados y sin moverse.
¿Por qué no se mueve?
Susurro: —Sam.
No responde.
La mochila se me resbala del hombro cuando corro hacia ella. Me arrodillo tan fuerte que siento el golpe en mis rodillas pero no me importa. —Samantha.
La volteo con cuidado. Su cabeza cae hacia un lado y mi corazón se desploma al mismo tiempo. Está pálida, los labios sin color y los ojos cerrados.
—No, no, no, no… —mi voz sale rota antes de que pueda controlarla.
Le toco las mejillas pero están tibias. —Sam, despierta.
No se mueve.
Mi corazón golpea con fuerza contra mi pecho, empiezo a sentir ganas de gritar y de nauseas, pero tengo que concentrarme ahora.
¿Respira? Sí. Sí, respira.
Me inclino más, demasiado cerca, siento su aliento apenas contra mi piel. Es superficial, pero está ahí.
Gracias a Dios.
Le sacudo suavemente los hombros —Oye. Oye, mírame. Sam.
Nada.
Mi cabeza empieza a llenarse de imágenes horribles. El entrenador. Las chicas. El silencio. ¿Se golpeó? ¿Alguien le hizo algo? ¿Llegué tarde?
—Samantha, por favor —mi voz ya no es firme.
Le paso la mano por la frente. Está sudada.
Rayos.
En ese momento recuerdo algo que vi en uno de esos videos cortos en una aplicación. Desmayos. Presión. Sangre.
La muevo con cuidado hasta dejarla boca arriba del todo y levanto un poco sus piernas, apoyándolas sobre mi muslo.
—Está bien, está bien… —no sé si se lo digo a ella o a mí.
Mi respiración va demasiado rápido. Tengo las manos temblando. —Sam. Sam, escucha mi voz.
Le doy pequeñas palmadas en la mejilla, no fuertes, solo lo suficiente para que reaccione.
Un segundo.
Dos.
Y entonces empieza a pestañar y mi corazón se detiene otra vez. —Eso, eso… vamos, abre los ojos.
Ella frunce ligeramente el ceño, como si la luz le molestara incluso con los ojos cerrados. —Garret… —es apenas un susurro.
El aire vuelve a mis pulmones de golpe. —Sí, sí, estoy aquí.
Intenta moverse y su cuerpo no coopera del todo. Sus ojos se abren apenas, desenfocados. — ¿Qué… pasó? —Su voz es débil y confundida.
—Te desmayaste —digo demasiado rápido—. No te levantes.
Porque intenta incorporarse y su cabeza se va hacia atrás otra vez.
—No, no —la sostengo por los hombros—. Quédate así.
Ella parpadea lento, como si estuviera regresando de muy lejos. —Me mareé… —Suena avergonzada.
— ¿Comiste hoy? —la pregunta sale más dura de lo que quiero.
Ella tarda en responder. —Sí… creo… solo un… café.
Cierro los ojos un segundo y recuerdo como se veía cuando terminó de hacer la rutina, en como bebió la botella de agua y su respiración. —Café —susurro, pero no estoy enojado con ella.
Estoy asustado.
Le acomodo mejor la cabeza, sigo manteniendo sus piernas elevadas. —Respira conmigo, ¿sí? Lento.
Ella obedece. Inhala. Exhala. Su color empieza a regresar un poco, no mucho pero ya no se ve como hace un minuto.
—Pensé… —me detengo.
No puedo decirlo. No puedo admitir que por un segundo pensé que estaba muerta.
Ella me mira mejor ahora. —Estoy bien…
No lo está del todo pero está consciente y eso es suficiente para que mis manos dejen de sentir que el mundo se va a acabar. —No vuelvas a hacerme esto —murmuro, casi sin querer.
Y ahí está. El susto convertido en algo más.
Ella vuelve a cerrar los ojos, no completamente inconsciente pero su cabeza cae hacia un lado otra vez y mi estómago se hunde. —Sam. No, no, mírame. Quédate conmigo.
Respira, sí, pero se ve frágil. Demasiado frágil.
No puedo quedarme aquí solo. Trago saliva mientras pienso en qué hacer y luego se me ocurre ir por su papá.
Me levanto de golpe. —Vuelvo enseguida, ¿sí? No te muevas —susurro, aunque sé que no puede hacer mucho de todas formas.
Corro hacia el gimnasio.
Las puertas están abiertas, el eco de los balones, las órdenes, el silbato todo se siente normal con ellos y las animadoras continúan con lo suyo sin darse cuenta que Sam no está aquí, que ha quedado solo la cabeza de león en la banca de plástico.
— ¡Entrenador! —Mi voz no suena como yo, sale más gruesa y más desesperada.
El silbato se detiene, él gira la cabeza. — ¿Qué pasa?
Estoy sin aire. —Es Sam… Está afuera, se desmayó.
El mundo cambia en su cara en un segundo, no grita y no entra en pánico pero deja caer el silbato de la mano y le cae colando sobre su pecho. — ¿Respira?
—Sí, pero… no está bien.
No espera más, sale del gimnasio casi corriendo y yo voy detrás. Algunos chicos intentan asomarse, pero se quedan atrás.
Cuando llegamos, ella sigue en el suelo. Su papá se arrodilla junto a ella con gentileza.
—Samantha —dice firme, pero su voz suena dulce a la vez—. Mírame.
Ella tarda un segundo pero abre los ojos. —Papá…
Él le toma el rostro con cuidado. —Estoy aquí. ¿Te mareaste?
Ella asiente débilmente.
Yo me quedo a un lado, sintiéndome inútil, observando cómo él revisa su pulso, su respiración, su reacción. — ¿Comiste hoy? —pregunta.
Silencio.
—Sam.
—Solo café… —murmura.
Él cierra los ojos un segundo. —Vamos a levantarte despacio.
Cuando intenta incorporarse, se tambalea. Yo reacciono antes de pensar y la sostengo por la cintura. Su papá me mira un segundo pero no dice nada. Ella apoya la frente contra mi pecho por un instante, débil.
—Lo siento… —susurra.
Su papá responde primero. —No te disculpes por tu cuerpo.
La ayudamos a caminar hacia enfermería, yo no la suelto ni un instante.
Antes que entren a la enfermería, ella estrecha mi mano y me la suelta. Yo respiro profundo y cierro los ojos. Toco mi pecho, mi corazón todavía está acelerado.
Y finalmente, exhalo.