La Rara Y El Muerto

22. SAMANTHA

Estoy en casa, luego de eso que pasó.

Por suerte nadie además de Garret, papá y la enfermera se dieron cuenta de todo. Cuando regresé por mis cosas el gimnasio ya estaba vacío y nadie me vio tendida en el suelo.

Y aunque ya me siento mejor y estoy descansando en mi cama, Garret no deja de dar vueltas por mi habitación mientras me da vistazos como si esperara que algo me sucediera si no lo hace.

—Garret, estoy bien —digo, apretando la almohada contra mi abdomen.

Se detiene a un lado de mi pequeño escritorio y se recuesta en el borde. — ¿Por qué rayos pensaste que era una buena idea solo tomar un café en todo el día?

Su tono es fuerte, serio, él jamás me ha hablado así. Sí que he escuchado ese tono cuando le habla a otras personas pero no conmigo. Me hace sentir mal en muchos sentidos, no entiendo porque se enoja.

—Solo…

Se empuja del escritorio y apunta a mi rostro. —Deja de dar excusas, dime, ¿siempre has eso?

Trago saliva. —Garret…

Bufa. —Porque ahora que lo pienso, tú en la hora del almuerzo comes siempre muy poco pero otros días no, no entiendo qué estás haciendo.

Ni siquiera mis padres me regañaron así. —Garret —suspiro—, escucha… solo me olvidé de comer.

Chasquea la lengua. — ¿Cómo se te olvida comer?

Me encojo de hombros.

Respira profundo y se pasa la mano por la cara, luego se acerca a mi cama en donde estoy recostada para sentarse en la orilla, cerca de mis pies. —No vuelvas a hacer eso.

No quería decirlo pero… —Es que, la verdad —bajo la voz—, um, bueno…

— ¿Qué? —pregunta.

Trago saliva, desviando la mirada al fondo de mi habitación donde tengo una fotografía de mis padres y yo cuando fuimos a la playa hace cinco años. —Es que… —pausa—, mira… solo estoy tratando de bajar de peso, un poco, no demasiado.

Garret no responde así que muevo los ojos hacia él.

Me está juzgando, lo puedo notar. — ¿Qué?

Ahora me siento arrepentida de haberlo dicho. —Eh… nada, olvídalo…

—No —se levanta para cruzarse de brazos y colocarse más cerca—, ¿Quieres dejar de comer para bajar de peso?

Bien, cuando lo dice de esa forma suena más serio de lo que es. Es solo que vi en internet unos consejos para bajar de peso y solo quería probarlos, además, no es como si no comiera. Lo hago, solo que no tanto.

—Samantha —se sienta a mi lado, su cadera toca mis piernas y toma mis manos—, ¿Qué estás haciendo?

Junto las cejas. — ¿Qué? Yo no estoy haciendo nada malo.

—Samantha —abre los ojos—, ¿Por qué rayos quieres bajar de peso?

No le respondo de inmediato, luego resoplo. — ¿Por qué? Bueno, no lo sé, Garret, ¿Por qué crees que las personas quieren bajar de peso?

Aprieta la mandíbula. —Hay muchas razones, hay gente que lo hace porque lo necesita o porque es el resultado de hacer ejercicio —suelta mis manos—, porque si lo estás haciendo por otra razón, yo no lo entiendo.

Siento como si me aplastaran el pecho. —Tú no lo entiendes porque eres chico.

—No lo entiendo porque se me hace estúpido que haya otra razón para bajar de peso si no fuera estrictamente necesario.

Junto los labios.

— ¿Sabes qué pasó? Tú no comiste nada y luego te metiste en ese disfraz, todo el día sin energía ni fuerza. Cada estúpido alimento es energía, ¿Sabes eso, no? ¿Has prestado atención en clase?

—No me hables así —el calor rodea mi cuello.

Bufa. —Pues entonces dime, ¿Sabes que hace la comida, verdad? Te mantiene con fuerza para que no te desmayes en el maldito vestidor de la escuela.

—Garret, cálmate —cruzo los brazos.

— ¿Qué yo me calme? —se levanta—. ¿Quién te encontró? ¿Sabes, Samantha? Si yo no hubiera salido, ¿Qué hubiera pasado?

Ruedo los ojos. —No me estaba muriendo.

Abre la boca y junta el puño pero no dice nada, solo exhala haciendo un ruido como queja y niega. —No te entiendo.

Me recuesto en la cabecera. — ¿Qué no entiendes?

Señala mi rostro. —Lo que hiciste, es estúpido.

Bien, no lo es. Él realmente no entiende.

—Es tan estúpido…

Empujo la almohada a un lado con fuerza y me levanto de golpe, siento el piso frio contra mis pies que solo llevan calcetas delgadas. — ¿Estúpido? —Pregunto, elevando la voz—. ¿Sabes que no es estúpido cuando quieres ser como las demás? ¿Qué estas cansada que no encajas? Te paras entre un montón de chicas hermosas, todas con cintura pequeña, piernas torneadas y caras preciosas y luego estas tú, viéndote como… como mal. Siempre. Todo el tiempo, ¿Eso te parece estúpido a ti?

Él mantiene los ojos en mí, con el ceño fruncido y la mandíbula tensa. — ¿Qué?

Mis ojos se llenan de lágrimas. —No finjas que no lo ves, que no me ves. Cuando llegas ahí en el gimnasio las ves, ves a las otras chicas y ellas… ellas son perfectas, yo no…

—Samantha…

Levanto mis manos extendidas. —No me digas nada, no quiero escuchar eso. Lo he escuchado antes, eso de amarse a uno y todo eso, pero no es fácil cuando las bonitas ganan y yo me quedo como la estúpida —una lagrima se desliza sobre mi mejilla—, como la rara, como la sin amigos, como yo. ¡Entiendes!

Hace una mueca pero antes de poder responder, la puerta de mi habitación se abre. Papá está de pie, viéndonos serio. — ¿Qué sucede aquí?

—Nada —respondo, dándole la espalda a Garret—. Ya se va.

— ¿Ya me voy? —repite, sonando molesto pero también, ofendido.

—Si —toco la sabana, evitando el contacto visual—. Ya te vas.

Escucho que suelta una risa amarga. —Claro, ya me voy —dice antes de caminar hacia la puerta, lo veo de reojo—. Adiós Samantha.

Cuando pasa afuera y escucho sus pasos bajando las escaleras, las lágrimas salen completamente. No sé qué hice, no sé… yo no sé.

—Sam —papá se acerca.

Niego. —Estoy bien.

— ¿Se pelearon? —pregunta, tocando mi espalda.

Sacudo la cabeza. —Está bien, no… no importa.

Papá no dice nada por unos segundos, luego se sienta en mi cama y toma mi mano, cubriéndola con ambas manos suyas. —Sam, escuché lo que le dijiste.




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