La Rata del Vagabundo

Capítulo 1: Bajo el puente

La ciudad tenía dos rostros, y ninguno era amable. De día fingía orden: gente apurada, comercios abiertos, voces que se cruzaban sin escucharse. De noche, en cambio, se quitaba la máscara. Las luces se volvían amarillas, el aire más espeso, y los sonidos parecían arrastrarse como animales heridos. Era entonces cuando los olvidados salían a respirar.

Bajo el puente de piedra, donde el río avanzaba oscuro y pesado, vivía el vagabundo.

Nadie sabía cómo había llegado allí. Algunos juraban haberlo visto años atrás en otro barrio, más limpio, menos roto. Otros decían que siempre había estado bajo ese puente, como una grieta más en la estructura antigua. La verdad era que nadie preguntaba lo suficiente como para obtener una respuesta.

El vagabundo se sentaba cada noche en el mismo lugar, con la espalda apoyada contra una columna húmeda y fría. La piedra tenía musgo, y el musgo tenía memoria. Goteaba agua constantemente, un sonido lento, repetitivo, que marcaba el paso del tiempo mejor que cualquier reloj.

Tenía la barba larga y descuidada, salpicada de canas que no parecían corresponder a su edad. Sus ojos, hundidos y cansados, miraban el mundo como si ya lo hubieran visto todo… y no les hubiera gustado. Vestía capas de ropa vieja, prendas que alguna vez fueron de alguien más, cosidas y remendadas hasta perder su forma original.

El frío era un enemigo conocido, pero el hambre era el verdadero verdugo.

No dolía de inmediato. Se instalaba. Primero como una molestia, luego como una presión constante, hasta convertirse en un pensamiento único, obsesivo. El vagabundo había aprendido a ignorarlo durante horas, incluso días, pero esa noche el hambre estaba impaciente.

El río murmuraba cosas que él no entendía. Tal vez nunca las había entendido.

Cerró los ojos un momento, solo para descansar la mente, cuando un movimiento leve lo obligó a abrirlos de nuevo.

Algo se movía entre las sombras.

Al principio pensó que era una ilusión, una de esas trampas que la mente tiende cuando el cuerpo está demasiado cansado. Pero el movimiento volvió a repetirse, más cerca esta vez. Pequeño. Bajo. Silencioso.

Una rata emergió de la oscuridad.

No salió corriendo como las demás. No se lanzó desesperada hacia algún resto de comida. Avanzó con calma, como si supiera exactamente a dónde iba. Su pelaje oscuro absorbía la luz del farol distante, y sus ojos brillaban con una inteligencia inquietante.

El vagabundo tensó los hombros. No se movió. Había aprendido que reaccionar rápido solo gastaba energía, y la energía era un lujo que ya no podía permitirse.

La rata se detuvo frente a él.

Durante unos segundos eternos, ambos se observaron. Dos criaturas arrinconadas por la ciudad, dos sobrevivientes de mundos distintos que compartían la misma miseria. El vagabundo esperaba que la rata hiciera lo que todas hacían: husmear, robar, huir.

Pero no ocurrió.

La rata se irguió lentamente sobre dos patas.

El gesto era antinatural. Incorrecto. El vagabundo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del puente. En sus pequeñas manos, la rata sostenía un trozo de pan duro, viejo, mordido en un extremo.

Pan.

El vagabundo tragó saliva.

No recordó la última vez que alguien le había ofrecido algo sin pedir nada a cambio. Bajó la mirada al pan y luego volvió a los ojos negros de la rata. No vio miedo en ellos. Tampoco agresividad. Solo… espera.

—No puede ser —murmuró, más para sí mismo que para la criatura—. Estoy imaginando cosas.

La rata dio un paso adelante.

El pan se acercó un poco más.

El sonido del río pareció apagarse. La ciudad, arriba, continuó con su indiferencia habitual, sin saber que bajo uno de sus puentes algo estaba cambiando. El vagabundo estiró la mano con lentitud, como si temiera que el gesto rompiera un hechizo invisible.

Sus dedos tocaron el pan.

Era real. Frío. Áspero.

Lo tomó.

Por un instante, sus manos temblaron. No sabía si reír, llorar o desconfiar. Cuando levantó la vista, la rata ya había vuelto a apoyarse sobre cuatro patas. Retrocedía despacio, sin darle la espalda, hasta que su cuerpo volvió a fundirse con las sombras.

El vagabundo mordió el pan. Le dolieron los dientes, pero el dolor fue bienvenido. Estaba vivo. Seguía aquí.

Masticó despacio, como si cada bocado fuera sagrado. El hambre retrocedió un poco, lo suficiente para permitirle pensar. Para sentir algo que no fuera vacío.

Esa noche, mientras el frío seguía calando y el río continuaba su marcha oscura, el vagabundo no durmió enseguida. Miró durante horas el lugar por donde la rata había desaparecido.

No lo sabía aún, pero ese encuentro no había sido casual.

Bajo el puente, en la parte más olvidada de la ciudad, se había dado el primer paso de una historia que nadie estaba preparado para contar.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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