La Rata del Vagabundo

Capítulo 3: Sombras que escuchan

La ciudad tenía oídos.

El vagabundo lo sabía desde hacía años, aunque nunca hubiera podido explicarlo con claridad. No eran oídos humanos, ni animales. Eran grietas, esquinas, ventanas apagadas, charcos que reflejaban más de lo que deberían. La ciudad escuchaba cuando nadie creía estar siendo escuchado.

Aquella noche, bajo el puente, esa sensación se volvió insoportable.

La rata permanecía cerca, inmóvil, apenas una silueta recortada contra la penumbra. No se acercaba demasiado, pero tampoco se alejaba. Existía en ese espacio ambiguo donde la confianza aún no se decide y el peligro tampoco.

El vagabundo se acomodó la manta sobre los hombros. El frío parecía haber aprendido el camino exacto hacia sus huesos. Cerró los ojos un instante, intentando recordar cuándo había comenzado a sentir que el mundo lo observaba incluso cuando estaba solo.

Quizá siempre había sido así.

Un ruido seco resonó arriba, sobre el puente. Pasos. No muchos. Dos, tal vez tres personas cruzando sin detenerse. Voces lejanas, risas apagadas. El vagabundo se encogió instintivamente. No quería ser visto. Ser visto significaba preguntas, desprecio o golpes. A veces las tres cosas juntas.

Esperó a que el sonido se perdiera.

Cuando volvió a abrir los ojos, la rata se había movido.

Ahora estaba más cerca de la columna, casi tocando la sombra del vagabundo. Sus ojos brillaban con mayor intensidad, como si la oscuridad se hubiera vuelto más espesa alrededor. El vagabundo sintió un escalofrío que no tenía relación con el clima.

—No deberías quedarte tanto —murmuró—. La ciudad no perdona a los que se confían.

La rata no reaccionó.

El silencio volvió a estirarse, pero esta vez no era un silencio vacío. Estaba cargado, como el aire antes de una tormenta. El vagabundo comenzó a percibir detalles que normalmente ignoraba: el eco distante de un carro, el chapoteo irregular del río contra los pilares, el roce de algo moviéndose entre los desechos.

No estaba solo.

No solo por la rata.

Algo más se movía bajo el puente. Algo que no se dejaba ver, pero que se dejaba sentir. El vagabundo apretó los dientes. La ciudad tenía criaturas que no necesitaban nombre para ser peligrosas.

La rata giró la cabeza, de pronto alerta.

Siguió con la mirada un punto vacío, una zona de sombras más densas que las demás. El vagabundo la imitó. No vio nada, pero supo que allí había algo. Una presencia. Una atención.

—Te dije que escuchan —susurró—. Siempre escuchan.

El hambre volvió a moverse en su interior, pero esta vez no era solo hambre. Era una advertencia. Una intuición antigua que no venía de la mente, sino del cuerpo. El vagabundo se inclinó un poco hacia adelante, como si así pudiera protegerse mejor.

La rata dio un paso atrás.

Luego otro.

No huyó. No corrió. Simplemente se alejó lo suficiente como para no quedar atrapada. El vagabundo entendió entonces que la criatura no solo conocía el hambre. Conocía el peligro.

Un sonido leve surgió desde la oscuridad. No era un paso, ni un roce claro. Era más bien una respiración contenida. El vagabundo sintió cómo la piel se le erizaba bajo la ropa.

—No queremos problemas —dijo, sin saber a quién hablaba.

Las sombras parecieron moverse.

Por un momento eterno, pensó que algo emergería de la oscuridad, que el puente reclamaría su tributo nocturno como tantas otras veces. Pero no ocurrió. La presencia se replegó, como si hubiera decidido que no valía la pena.

El silencio regresó, más pesado que antes.

El vagabundo soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo. Sus manos temblaban. Miró a la rata, que ahora lo observaba con una quietud inquietante.

—Tú lo sentiste —dijo—. Lo sentiste igual que yo.

La rata no negó ni afirmó. Simplemente permaneció allí, como una sombra que había decidido quedarse.

Esa noche, el vagabundo no durmió. Observó las sombras, escuchó cada sonido, aprendió a distinguir los ruidos inofensivos de los que no lo eran. La rata apareció y desapareció varias veces, siempre en silencio, siempre atenta.

Cuando el cielo comenzó a aclararse apenas, con un gris sucio anunciando el amanecer, el vagabundo comprendió algo que lo inquietó más que cualquier criatura escondida:

La ciudad ya los había notado.

Y cuando la ciudad nota algo, nunca es por accidente.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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