La mañana no trajo consuelo. El amanecer apenas fue una variación de tonos grises que se filtró entre los pilares del puente, iluminando la mugre, los restos de cartón húmedo y las huellas de una noche que se resistía a desaparecer. El vagabundo abrió los ojos con lentitud, como si temiera que el mundo siguiera observándolo incluso a la luz del día.
El ruido de la ciudad despertando llegó poco a poco: motores lejanos, pasos apresurados, voces que se cruzaban sin detenerse. Arriba, la vida continuaba con la indiferencia acostumbrada. Abajo, bajo el puente, todo seguía igual… y, sin embargo, distinto.
La rata no estaba a la vista.
El vagabundo se incorporó con cuidado, sintiendo cómo las articulaciones protestaban. Miró alrededor, buscando ese pequeño cuerpo oscuro que ya se había vuelto parte del paisaje. No verla le produjo una punzada inesperada en el pecho. No era preocupación, se dijo. Era costumbre. Solo eso.
Recogió sus pocas pertenencias: una manta gastada, una bolsa con restos inútiles, un pedazo de cuerda que ya no recordaba para qué servía. El río seguía su curso, ajeno a todo. El vagabundo se levantó y, por primera vez en mucho tiempo, decidió alejarse del puente.
La ciudad de los olvidados comenzaba unos metros más allá.
No aparecía en los mapas ni en las postales. Era un entramado de callejones, edificios abandonados y esquinas donde el sol apenas llegaba. Allí vivían los que no tenían nombre, los que habían sido borrados sin ceremonia. El vagabundo caminaba por esas calles como quien transita un territorio conocido, con la cabeza baja y los sentidos atentos.
Los ojos de la ciudad lo seguían.
Desde ventanas rotas, desde puertas entreabiertas, desde sombras que parecían demasiado densas para ser solo ausencia de luz. El vagabundo sentía ese peso invisible, esa atención constante que se posaba sobre él sin tocarlo.
En un callejón estrecho, se detuvo. Un olor familiar lo atrajo: comida. No fresca, no abundante, pero real. Un contenedor abierto dejaba escapar restos olvidados. El vagabundo se acercó con cautela, revisando con manos expertas. Encontró poco. Siempre era poco.
Entonces la vio.
La rata estaba allí, sentada sobre una tubería oxidada, observándolo. No parecía sorprendida de verlo. Era como si lo hubiera estado esperando. El vagabundo exhaló lentamente, aliviado pese a sí mismo.
—Así que también sales de día —murmuró.
La rata descendió con agilidad y se acercó al contenedor. Husmeó, seleccionó, descartó. Sus movimientos eran precisos, casi metódicos. Dejó caer algo al suelo, empujándolo con el hocico hacia el vagabundo.
El gesto era claro.
Compartir.
El vagabundo tomó el resto y asintió, sin palabras. Comieron en silencio, lado a lado, rodeados por la ciudad que fingía no verlos. Por primera vez, el vagabundo notó algo distinto en la mirada de la rata. No era solo instinto. Había reconocimiento.
Mientras terminaban, una figura apareció al final del callejón. Un hombre, delgado, con la ropa tan gastada como la suya. Los ojos hundidos, atentos. Los observó durante unos segundos demasiado largos.
—Cuidado —susurró el hombre—. No todos los que miran olvidan.
Luego se marchó sin esperar respuesta.
El vagabundo se quedó inmóvil. La rata también. Ambos habían sentido lo mismo: la advertencia. La ciudad de los olvidados tenía reglas no escritas, y romperlas tenía consecuencias.
Cuando el vagabundo volvió a caminar, la rata lo siguió. No muy cerca. No muy lejos. Juntos atravesaron calles rotas, plazas abandonadas, rincones donde la ciudad parecía haberse rendido.
Al caer la tarde, el vagabundo entendió que ya no caminaba solo.
La ciudad los había reunido, no por compasión, sino por necesidad. Y en la ciudad de los olvidados, toda unión tenía un precio.
Bajo un cielo que volvía a oscurecerse, el vagabundo sintió que algo se cerraba detrás de ellos, como una puerta invisible.
Ya no había vuelta atrás.
Editado: 11.01.2026