La Rata del Vagabundo

Capítulo 7: El nombre que no se dice

El nombre flotaba en la ciudad como una enfermedad que nadie quería reconocer. No se pronunciaba en voz alta, no se escribía en las paredes, no se enseñaba a los nuevos. Simplemente estaba allí, latente, esperando a que alguien cometiera el error de invocarlo sin saberlo.

El vagabundo lo había sentido antes de entenderlo.

Tras el encuentro bajo el puente, la noche perdió su forma habitual. El silencio ya no era solo ausencia de ruido, sino una tensión continua, como si cada rincón aguardara una señal. La rata permanecía cerca, más atenta que nunca. Sus movimientos eran mínimos, calculados, como si el suelo mismo pudiera traicionarlos.

El vagabundo caminó con cautela por la orilla del río, siguiendo un trayecto que había repetido cientos de veces. Sin embargo, esa noche cada paso parecía nuevo, cargado de una expectativa oscura. Las luces distantes parpadeaban con debilidad, y el reflejo en el agua deformaba los edificios hasta volverlos irreconocibles.

Escuchó voces.

No eran claras. No formaban palabras completas. Murmullos. Fragmentos. El vagabundo se detuvo detrás de una columna caída, conteniendo la respiración. La rata se ocultó entre unas bolsas rotas, apenas visible.

—…no lo digas —susurró alguien—. Nunca lo digas.

—¿Y si ya lo sabe? —respondió otra voz, más áspera—. Dicen que escucha igual.

El vagabundo sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. No reconocía las voces, pero reconocía el miedo. Ese miedo específico que no nace de la amenaza directa, sino del conocimiento compartido.

Las sombras se movieron. Dos figuras cruzaron el extremo del puente, rápidas, nerviosas. No miraron hacia abajo. No se detuvieron. Era como si temieran que el simple acto de observar pudiera llamar la atención equivocada.

Cuando se fueron, el vagabundo soltó el aire lentamente. Su corazón latía con fuerza, no por el peligro inmediato, sino por la intuición de algo más grande, más profundo. Miró a la rata. Ella lo observaba fijamente, inmóvil.

—Hay cosas que no se nombran —murmuró—. Lo sé.

No supo por qué dijo eso en voz alta. Tal vez necesitaba oírlo. Tal vez necesitaba que alguien más lo oyera.

La rata se movió. Se acercó, despacio, hasta quedar frente a él. Se irguió sobre dos patas, como la primera noche, pero esta vez no ofrecía comida. Sus ojos brillaban con una intensidad distinta, casi incómoda. El vagabundo tuvo la sensación absurda de que la criatura estaba a punto de hablar.

No lo hizo.

En lugar de eso, golpeó suavemente el suelo con una de sus patitas. Una vez. Luego otra. Un ritmo breve, deliberado. El vagabundo frunció el ceño. No entendía, pero sentía que debía recordar ese gesto.

—¿Eso es una advertencia? —preguntó.

La rata bajó de nuevo y se alejó unos pasos, girando la cabeza para asegurarse de que él la siguiera. El vagabundo dudó. No le gustaba moverse sin saber a dónde iba. Pero algo en el aire le decía que quedarse sería peor.

La siguió.

Avanzaron por un pasaje estrecho, oculto entre dos edificios abandonados. El olor a humedad era más fuerte allí, mezclado con algo antiguo, rancio. El vagabundo sintió que ese lugar había sido olvidado a propósito.

Al fondo, una pared cubierta de símbolos toscos, casi borrados por el tiempo. Marcas hechas con carbón, con tiza, con sangre seca. El vagabundo se acercó, examinándolas. No entendía su significado, pero comprendía su intención: advertir.

—Esto no es para nosotros —susurró—. Es para mantener algo afuera… o adentro.

La rata se quedó quieta, mirando la pared. El vagabundo tuvo la certeza de que ese lugar guardaba un secreto que la ciudad prefería no recordar. Un nombre que había sido pronunciado una vez de más.

Sintió miedo.

No el miedo que obliga a correr, sino el que obliga a callar. El que se instala en el pecho y se vuelve parte de uno.

—No voy a decirlo —dijo, sin saber a quién se dirigía—. Sea lo que sea.

El aire pareció relajarse apenas. Como si algo hubiera escuchado… y aceptado.

Regresaron al puente cuando la noche ya estaba avanzada. El vagabundo se sentó en su lugar habitual, agotado. La rata se acomodó cerca, vigilante.

Esa noche comprendió que no solo compartían hambre y sombras. Compartían un secreto. Y en la ciudad de los olvidados, conocer un nombre prohibido era tan peligroso como pronunciarlo.

El vagabundo cerró los ojos, sabiendo que el silencio sería, a partir de ahora, su única defensa.

Y que algunas cosas, una vez sentidas, ya no pueden olvidarse.



#1401 en Fantasía
#238 en Magia

En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.