La Rata del Vagabundo

Capítulo 8: Cuando la rata habla

El silencio ya no era vacío. Tenía peso, intención, memoria. El vagabundo lo sintió apenas abrió los ojos, antes incluso de incorporarse del suelo frío bajo el puente. Algo había cambiado durante la noche, algo que no podía señalar con precisión, pero que se le había instalado en el pecho como una certeza incómoda.

La rata estaba despierta.

Siempre lo estaba, últimamente. Ya no dormía cuando él dormía ni desaparecía por largas horas. Permanecía cerca, vigilante, como si el mundo se hubiera vuelto demasiado frágil para bajar la guardia. El vagabundo la observó en silencio, intentando recordar en qué momento dejó de preguntarse qué era exactamente esa criatura.

Se incorporó con cuidado. El cuerpo le dolía más de lo habitual, como si el miedo también dejara marcas físicas. Miró hacia el río. El agua estaba inquieta, rompiéndose contra las piedras con una fuerza innecesaria, como si discutiera con algo invisible.

—No nos quieren aquí —murmuró.

La rata giró la cabeza hacia él. No fue un gesto instintivo. Fue directo. Preciso. Como si hubiera entendido cada palabra.

El vagabundo se quedó inmóvil.

No era la primera vez que tenía esa sensación, pero esta vez fue distinta. Más clara. Más cercana. Tragó saliva.

—Eso no es normal —dijo, con la voz baja—. Tú lo sabes, ¿verdad?

La rata avanzó unos pasos y se irguió sobre dos patas. El gesto ya no le resultó tan perturbador como antes. Lo que lo inquietó fue lo que vino después.

La criatura abrió la boca.

No emitió un chillido. No fue un sonido animal. Fue algo más bajo, áspero, como una palabra malformada que aún no sabía en qué idioma existir.

El vagabundo sintió que el mundo se detenía.

—No… —susurró—. No hagas eso.

La rata cerró la boca de inmediato, como si hubiera cruzado un límite invisible. Bajó lentamente sobre cuatro patas, pero no retrocedió. Sus ojos seguían fijos en él, brillando con una intensidad nueva, incómoda.

El vagabundo se llevó una mano al rostro. Temblaba.

—No puede ser —repitió—. El hambre hace ver cosas. El frío. La soledad.

Pero no había frío suficiente ni hambre suficiente para explicar lo que había visto.

Se levantó y comenzó a caminar bajo el puente, de un lado a otro, intentando expulsar la sensación de su cuerpo. La rata lo siguió a una distancia prudente, sin perderlo de vista. Cada paso resonaba más fuerte de lo normal, como si la piedra amplificara su inquietud.

—Si hablas… —dijo de pronto, deteniéndose—, todo se rompe.

No sabía de dónde venía esa certeza, pero la sentía verdadera. Hablar significaba cruzar una frontera que no tenía regreso. Nombrar, explicar, entender… eran actos peligrosos en una ciudad que sobrevivía gracias a lo no dicho.

La rata se quedó quieta.

Luego, muy lentamente, volvió a erguirse. Esta vez no abrió la boca. En lugar de eso, golpeó el suelo con una patita. Una vez. Dos. Tres. El mismo ritmo que había visto antes, frente a la pared de símbolos.

—¿Eso es todo lo que puedes hacer? —preguntó el vagabundo.

La rata inclinó la cabeza.

El vagabundo sintió una presión en el pecho. No era miedo puro. Era responsabilidad. Comprendió entonces que la criatura no estaba intentando hablar por capricho, sino por necesidad. Como si el silencio, que hasta ahora los había protegido, comenzara a ser insuficiente.

Arriba, sobre el puente, resonaron pasos. Voces apagadas. Risas breves. El vagabundo se tensó de inmediato. La rata descendió y corrió a ocultarse entre las sombras, pero no desapareció del todo. Se mantuvo visible solo para él.

—Escucha —susurró el vagabundo—. No ahora. Nunca delante de ellos.

Los pasos se alejaron, pero la sensación de ser observados permaneció. El vagabundo entendió que ya no se trataba solo de sobrevivir. Algo los estaba empujando hacia adelante, hacia un punto que no alcanzaba a ver.

La rata volvió a acercarse. Sus ojos ya no parecían solo inteligentes. Parecían cargados de algo más antiguo, más pesado.

—No tienes que decir nada —dijo el vagabundo, con una calma forzada—. Mientras no hables, seguimos siendo sombras.

La rata lo miró largo rato. Luego asintió, apenas, con un movimiento mínimo.

El vagabundo sintió alivio, pero también una tristeza inesperada. Comprendió que ese silencio tenía fecha de vencimiento. Que tarde o temprano, la frontera se rompería.

Esa noche, bajo el puente, el vagabundo aceptó una verdad que le habría parecido absurda días atrás: no temía que la rata hablara.

Temía lo que pasaría cuando ya no pudiera callar.

Y la ciudad, que escuchaba incluso lo que no se decía, parecía estar esperando exactamente ese momento.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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