La Rata del Vagabundo

Capítulo 9: La noche se rompe

La noche no se quebró de golpe. No hubo un estruendo, ni un grito que partiera el aire. Se rompió como se rompen las cosas viejas: con un crujido casi imperceptible, con una grieta que avanza lentamente hasta que ya no hay forma de ignorarla.

El vagabundo lo sintió antes de verlo.

Estaba sentado bajo el puente, con la espalda contra la piedra y los ojos abiertos, aunque el cansancio le pesaba como plomo en los párpados. La rata permanecía a su lado, demasiado quieta, demasiado alerta. El río, que normalmente murmuraba sin descanso, había bajado su voz hasta convertirse en un susurro irregular, como si dudara de cada movimiento.

Algo estaba mal con la noche.

El aire se volvió espeso, difícil de respirar. No olía a humedad ni a basura, sino a metal viejo, a óxido recién expuesto. El vagabundo frunció el ceño. Ese olor no pertenecía al puente ni al río. Pertenecía a otra cosa. A un recuerdo que no lograba ordenar.

—No te muevas —susurró, sin saber por qué.

La rata no se movió.

Arriba, sobre el puente, un ruido seco resonó con fuerza. No eran pasos normales. Eran demasiados, desordenados, como si alguien caminara sin preocuparse por ocultarse. El vagabundo se incorporó lentamente, el cuerpo tenso. La rata retrocedió hasta quedar parcialmente oculta entre las sombras.

El ruido se detuvo.

Durante un segundo eterno, todo quedó en silencio. Incluso la ciudad pareció contener la respiración.

Luego, una voz descendió desde arriba.

—Ahí estás.

El vagabundo cerró los ojos un instante. No por miedo, sino por cansancio. Reconocía ese tono. No era amenaza directa. Era certeza. La certeza de quien ya decidió algo.

—No hay nada aquí —respondió, alzando la voz apenas lo necesario—. Sigue tu camino.

Una risa breve, sin humor, resonó entre las piedras.

—Eso decían antes —contestó la voz—. Antes de que empezaran los rumores.

Una sombra se deslizó por la pendiente del puente, torpe pero decidida. Luego otra. Dos figuras descendieron hasta quedar visibles bajo la luz débil del farol. El vagabundo los observó con atención. No eran policías. Tampoco mendigos. Eran otra cosa. Gente que se mueve entre mundos, tomando lo que puede de ambos.

—Dicen que no estás solo —dijo uno de ellos, mirando alrededor—. Dicen que hay algo contigo.

El vagabundo sintió cómo la rata se tensaba detrás de él. No se volvió. No la miró. No quería señalarla con un gesto involuntario.

—La gente dice muchas cosas cuando no entiende —respondió.

El hombre dio un paso adelante. Sus ojos recorrieron el suelo, las sombras, las grietas de la piedra. Sabía dónde mirar. Eso fue lo que más inquietó al vagabundo.

—También dicen que esa cosa comparte —continuó—. Que no es como las demás.

La noche se cerró un poco más alrededor de ellos. El vagabundo sintió el impulso de correr, pero lo aplastó de inmediato. Correr era admitir debilidad. Y la debilidad era una invitación.

—Vete —dijo—. Antes de que esto se vuelva un problema.

El segundo hombre se rió, una risa más nerviosa.

—Ya es un problema.

Se agachó, extendiendo la mano hacia una zona de sombra donde no había nada visible. La rata se movió. No corrió. Avanzó un paso.

El vagabundo reaccionó sin pensar. Se interpuso, el corazón golpeándole el pecho con fuerza.

—No la toques.

Las palabras salieron solas. Claras. Demasiado claras.

El primer hombre sonrió.

—Así que es verdad.

La noche se rompió en ese instante.

No hubo un estallido, sino una sucesión de movimientos rápidos, torpes, desesperados. El segundo hombre gritó cuando algo le mordió la mano. El primero retrocedió, maldiciendo. El vagabundo sintió un golpe en el costado, un dolor seco que le arrancó el aire de los pulmones.

Cayó de rodillas.

El mundo se volvió ruido, sombras, respiraciones agitadas. El río rugía ahora, enfurecido. El farol parpadeó, amenazando con apagarse.

—¡Atrápala! —gritó alguien.

La rata se movía entre las sombras con una precisión imposible, esquivando manos, desapareciendo y reapareciendo en lugares donde no debería estar. El vagabundo intentó levantarse, pero una bota lo empujó de nuevo al suelo.

Entonces ocurrió.

La rata se irguió sobre dos patas, completamente visible bajo la luz temblorosa. Abrió la boca.

Y habló.

No fue una palabra clara. Fue un sonido antiguo, áspero, cargado de algo que no pertenecía a ese mundo. El aire vibró. El farol estalló en una lluvia de chispas, sumiendo el puente en una oscuridad absoluta.

Los hombres gritaron.

El vagabundo sintió cómo la noche se plegaba sobre sí misma, como si la realidad hubiera decidido mirar hacia otro lado. Cuando el ruido cesó, solo quedó el sonido del río y una respiración agitada, cercana.

—No… —murmuró el vagabundo—. Ya pasó.

La rata estaba frente a él. Sus ojos brillaban con una luz que no venía de ningún farol. No habló de nuevo. No hacía falta.

La noche estaba rota.

Y ya no había forma de volver a unirla.

El vagabundo comprendió, mientras se apoyaba contra la piedra para ponerse de pie, que habían cruzado el punto sin retorno. La ciudad no solo los había visto.

Ahora los conocía.

Y eso, en la ciudad de los olvidados, era una sentencia que nadie sobrevivía igual.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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