El amanecer no llegó.
No de la forma en que debería. Bajo el puente, la oscuridad seguía aferrada a las piedras como una mancha vieja, negándose a retirarse. El vagabundo despertó con el cuerpo rígido y la garganta seca, apoyado contra el mismo muro donde había caído horas antes. Por un momento no recordó nada. Luego el dolor regresó, puntual, preciso, recordándole cada segundo de la noche rota.
Se llevó la mano al costado. La herida no sangraba, pero ardía, como si algo se moviera debajo de la piel.
—Sigo vivo… —murmuró, más sorprendido que aliviado.
La rata estaba sentada frente a él.
No parecía una rata común. Nunca lo había sido, pero ahora la diferencia era imposible de ignorar. Su silueta era más definida, más firme, como si la oscuridad misma le diera forma. Sus ojos seguían brillando, aunque con una luz más apagada, cansada.
—Eso no debió pasar —dijo el vagabundo—. No así.
La rata inclinó la cabeza, observándolo con una atención que incomodaba. No habló. No hizo falta. El silencio estaba cargado de respuestas que el vagabundo no quería escuchar todavía.
Arriba, la ciudad comenzaba a moverse. Se oían motores lejanos, puertas cerrándose, pasos apresurados. La vida continuaba, ignorante de lo que había ocurrido bajo uno de sus puentes más antiguos. O fingiendo ignorarlo, que era casi lo mismo.
El vagabundo se puso de pie con dificultad. Cada movimiento parecía reclamarle algo. Miró alrededor. No había rastro de los hombres. Ni sangre. Ni huellas claras. Solo marcas irregulares en el suelo, como si la piedra hubiera sido arrastrada o mordida por algo invisible.
—Se fueron —dijo—. O algo se los llevó.
La rata dio un pequeño salto y se acercó a él. Por primera vez, el vagabundo sintió algo distinto al miedo o a la desconfianza. Sintió responsabilidad. Una pesada, irreversible.
—Escúchame bien —susurró—. Lo que hiciste… eso llama la atención. No solo de gente como ellos.
La rata levantó una de sus patas delanteras. Entre sus dedos sucios sostenía algo pequeño. El vagabundo entrecerró los ojos. Era un trozo de pan duro. Viejo. Exactamente igual al que él había compartido con ella días atrás.
—No —dijo él—. No puedes seguir haciendo eso.
La rata dejó caer el pan. El sonido seco al tocar la piedra resonó más de lo que debería.
El vagabundo sintió un frío recorrerle la espalda. No venía del aire. Venía de la certeza que empezaba a formarse en su cabeza.
—Tú no aprendes —continuó—. Tú recuerdas.
Las palabras pesaron en el aire. La rata se quedó inmóvil. Muy despacio, como si cada gesto le costara, volvió a erguirse sobre dos patas. No habló. Pero el mundo alrededor pareció inclinarse hacia ella, escuchando.
El vagabundo dio un paso atrás.
—No —repitió—. No aquí. No conmigo.
Algo respondió desde la oscuridad más profunda del puente. No fue una voz, sino una presión. Una presencia. Como si algo antiguo hubiera despertado al reconocer un llamado que no se oía desde hacía demasiado tiempo.
El río comenzó a agitarse sin viento. Las sombras se alargaron, deformándose contra las paredes de piedra. El vagabundo sintió que el suelo vibraba suavemente bajo sus pies.
—¿Qué eres? —preguntó, sin esperar respuesta.
La rata bajó la cabeza. Sus ojos dejaron de brillar un instante. Pareció… agotada.
Entonces, por primera vez, el vagabundo comprendió algo esencial: aquello no estaba creciendo. Estaba recordando quién había sido.
Y ese recuerdo no le pertenecía solo a ella.
Desde lo alto del puente, una figura observaba. No se movía. No hablaba. Pero estaba allí. El vagabundo lo supo sin necesidad de verlo claramente.
—Nos vieron otra vez —dijo en voz baja—. Y ahora no son curiosos.
La rata dio un pequeño paso hacia él, como buscando refugio. El gesto era casi humano.
El vagabundo apretó los dientes.
—Está bien —dijo finalmente—. Si esto va a despertar… no será aquí.
Tomó la bolsa raída que usaba para guardar lo poco que tenía. Miró una última vez el rincón bajo el puente que había sido su hogar durante tanto tiempo. Ya no lo era.
—Vámonos —susurró—. Antes de que la ciudad decida despertarse del todo.
La rata lo siguió.
Mientras se alejaban, algo se movió en la oscuridad que dejaban atrás. No los persiguió. No todavía. Solo observó, paciente, sabiendo que lo que había despertado ya no volvería a dormirse igual.
La noche, aunque comenzaba a retirarse en otros lugares, seguía viva bajo el puente.
Y estaba esperando.
Editado: 11.01.2026