Salir del puente no fue un acto sencillo. No porque el camino fuera difícil, sino porque la ciudad parecía resistirse a dejarlos ir. Cada calle que el vagabundo tomaba se sentía equivocada, como si el suelo mismo intentara devolverlos al lugar donde todo había comenzado.
Caminaban despacio. El cielo seguía cubierto por nubes bajas, pesadas, que no dejaban pasar la luz del amanecer. No era noche, pero tampoco día. Era ese momento incómodo en el que la ciudad se muestra tal como es, sin disfraces.
El vagabundo avanzaba con la mirada baja, atento a cada reflejo en los charcos, a cada sombra que no coincidía del todo con su dueño. La rata iba a su lado, esta vez sin ocultarse del todo, aunque permanecía pegada a las paredes, como si supiera que ser vista era un riesgo.
—Aquí no éramos nadie —murmuró el vagabundo—. Eso nos mantenía vivos.
Recordó otras mañanas, otros recorridos, cuando su mayor preocupación era encontrar algo de comida antes de que los basureros fueran vaciados. Ahora el hambre seguía allí, pero había sido desplazada por algo más profundo: una sensación de persecución constante, silenciosa.
Pasaron frente a un mercado cerrado. Las persianas metálicas estaban cubiertas de grafitis antiguos, símbolos repetidos una y otra vez. El vagabundo se detuvo al reconocer uno de ellos. Era el mismo que había visto bajo el puente, tallado en la piedra.
—No puede ser casualidad —susurró.
La rata levantó la cabeza. Sus ojos se fijaron en el símbolo con una intensidad inquietante. Por un instante, el vagabundo tuvo la sensación de que ella no lo veía a él, sino algo detrás del muro, algo que no estaba allí físicamente.
—No mires —dijo—. Aquí, mirar demasiado es peligroso.
Siguieron caminando. A medida que se adentraban en calles menos transitadas, el silencio se volvía más denso. No había perros, ni gatos, ni pájaros. Solo el eco lejano de la ciudad que despertaba en otros distritos.
El vagabundo sintió un recuerdo ajeno rozarle la mente. No era suyo. Era antiguo. Oscuro. Vio fugazmente pasillos estrechos, túneles húmedos, multitudes que se movían bajo tierra mientras la superficie fingía no saber nada. Sacudió la cabeza, intentando expulsar la imagen.
—No… eso no es mío —dijo en voz alta.
La rata se detuvo.
Lo miró.
No con curiosidad. Con reconocimiento.
El vagabundo sintió un nudo en el estómago.
—No empieces —advirtió—. No me metas en eso.
La rata dio un paso adelante y tocó su zapato con una patita. El contacto fue leve, pero bastó para que el vagabundo sintiera una descarga fría recorrerle la pierna. Retiró el pie de inmediato.
—No me toques —dijo, respirando agitado.
No estaba enojado. Estaba asustado. Porque en ese contacto había sentido algo más que frío: había sentido pertenencia. Como si, sin darse cuenta, ya hubiera sido marcado.
Una puerta se abrió a mitad de la cuadra. Un anciano salió con una bolsa en la mano. Sus ojos se cruzaron con los del vagabundo por apenas un segundo. Fue suficiente. El hombre se quedó rígido, pálido, y retrocedió cerrando la puerta de golpe.
—Nos vio —murmuró el vagabundo.
La rata no se escondió.
—Eso es nuevo —añadió—. Antes nadie veía nada.
El vagabundo comprendió entonces que algo estaba cambiando no solo en ellos, sino en la ciudad. Las fronteras que separaban lo visible de lo oculto se estaban debilitando.
Siguieron hasta un callejón estrecho, donde el olor a humedad y óxido se mezclaba con basura vieja. Allí, el vagabundo se apoyó contra la pared, agotado.
—Escucha —dijo—. No sé qué eras antes. No sé qué recuerdas. Pero yo sigo siendo solo un hombre.
La rata lo observó en silencio. Lentamente, se irguió sobre dos patas. No abrió la boca. En lugar de eso, apoyó una garra contra su propio pecho, luego señaló al vagabundo.
El gesto fue claro.
—No —susurró él—. No somos lo mismo.
Pero ya no estaba tan seguro.
Desde algún lugar bajo sus pies, muy profundo, algo respondió. No fue un sonido, sino una vibración, como un latido enorme, enterrado bajo capas de piedra y olvido.
La ciudad no había olvidado.
Solo había estado esperando a que alguien recordara por ella.
Editado: 11.01.2026