La Rata del Vagabundo

Capítulo 12: Bajo la ciudad

El latido no se detuvo cuando retomaron el camino. Al contrario, parecía acompasarse con cada paso del vagabundo, como si la ciudad hubiera decidido caminar con ellos desde abajo, desde sus entrañas. No era un sonido que pudiera escucharse con los oídos; era una sensación que se instalaba en los huesos, un pulso lento y pesado que no admitía ser ignorado.

El vagabundo avanzaba sin saber exactamente a dónde iba. Las calles se estrechaban, torcían, se superponían unas a otras como cicatrices mal cerradas. Reconocía algunos lugares, pero todos parecían ligeramente distintos, desplazados, como si la ciudad estuviera reacomodándose mientras él la cruzaba.

—Esto no estaba así —murmuró.

La rata caminaba a su lado, más tranquila que él, como si ese desorden le resultara familiar. De vez en cuando levantaba el hocico, olfateando el aire con atención, y cambiaba levemente de dirección, guiándolo sin imponerlo.

Llegaron a una zona donde los edificios parecían más antiguos, con fachadas desgastadas y ventanas tapiadas desde hacía décadas. El aire era más frío allí, más denso. El vagabundo sintió una presión en el pecho, como si cada respiración costara un poco más.

—Aquí nadie vive —dijo—. O eso dicen.

La rata se detuvo frente a una alcantarilla oxidada. El metal estaba deformado, hundido hacia adentro, como si algo hubiera empujado desde abajo durante años. La criatura apoyó una patita sobre la rejilla y el latido se intensificó.

El vagabundo retrocedió un paso.

—No —dijo con firmeza—. No pienso bajar ahí.

La rata lo miró. No con súplica. Con paciencia. Como si supiera que la decisión no era realmente suya.

Un recuerdo ajeno volvió a golpearlo. Vio hombres descendiendo por túneles estrechos, cargando antorchas, murmurando nombres que no debían decirse en voz alta. Vio hambre, miedo, acuerdos sellados en la oscuridad. Cayó de rodillas, jadeando.

—Sácame esto de la cabeza —susurró—. No quiero ver.

La rata bajó la mirada. Por primera vez, pareció dudar.

El latido cambió. Se volvió irregular, impaciente. El metal de la alcantarilla vibró apenas, lo suficiente para que el vagabundo lo notara.

—No somos bienvenidos —dijo—. Pero tampoco nos dejan ir.

Comprendió entonces que la ciudad no era solo un lugar. Era un cuerpo enorme, vivo, compuesto de capas de historia, de pactos olvidados, de criaturas que habían aprendido a esconderse bajo la piel del mundo. Y él, sin quererlo, había rozado algo que no debía.

La rata volvió a erguirse sobre dos patas. Esta vez, el gesto no lo sorprendió. Lo que lo inquietó fue la lentitud, el cuidado con el que lo hizo, como si cada movimiento pesara siglos. Alzó una garra y la apoyó contra el pecho del vagabundo.

El contacto fue distinto. No frío. Profundo.

El vagabundo sintió algo abrirse dentro de él. No una herida, sino una puerta. Comprendió fragmentos: pasadizos que conectaban toda la ciudad, voces que se movían entre muros, una red antigua que vigilaba, protegía y castigaba.

—Me estás mostrando demasiado —dijo, con la voz quebrada.

La rata retiró la garra. Asintió, apenas.

Arriba, una sirena sonó a lo lejos. El ruido rompió el momento, pero no disipó la sensación. El vagabundo se puso de pie con dificultad, apoyándose en la pared.

—Escucha —dijo—. Si sigo viendo esto… no voy a poder volver atrás.

La rata lo miró con algo que se parecía demasiado a la tristeza.

El vagabundo entendió entonces que ya había cruzado el límite. No esa noche. No bajo el puente. Sino el día en que aceptó el pan ofrecido por una sombra.

Se alejaron de la alcantarilla sin abrirla, pero el latido los siguió. No como una amenaza inmediata, sino como una promesa.

La ciudad los había reconocido.

Y ahora, bajo su piel, algo comenzaba a moverse para encontrarlos.



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En el texto hay: esperanza

Editado: 11.01.2026

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