No volvieron a escuchar el latido, pero eso no significaba que hubiera desaparecido. El vagabundo lo sentía ahora de otra forma, como una presión constante detrás de los ojos, como una idea que no terminaba de formarse pero que insistía en existir. Caminar se volvió un acto automático. Pensar, en cambio, era peligroso.
La ciudad comenzó a cambiar de ritmo. Las calles ya no estaban vacías, pero la gente se movía como si evitara mirarlos sin saber exactamente por qué. Nadie los señalaba. Nadie gritaba. Simplemente desviaban la mirada, aceleraban el paso, apretaban con más fuerza sus pertenencias.
—Nos sienten —murmuró el vagabundo—. Aunque no sepan qué sienten.
La rata avanzaba con paso firme, guiándolo hacia zonas cada vez menos familiares. Los edificios perdían altura, pero ganaban densidad. Todo estaba más junto, más comprimido, como si el espacio mismo se negara a expandirse. El aire olía a metal viejo y agua estancada.
Se detuvieron frente a una plaza pequeña, casi invisible, rodeada de muros altos. En el centro había una fuente seca, cuarteada, cubierta de polvo y hojas muertas. El vagabundo reconoció el lugar sin haber estado allí nunca.
Eso fue lo que más le asustó.
—Aquí… —dijo lentamente— aquí se dijeron cosas.
La rata levantó la cabeza. Sus ojos reflejaron algo que no estaba en el presente. No era un recuerdo propio. Era colectivo.
El vagabundo se acercó a la fuente. Al apoyar la mano sobre la piedra, una oleada de imágenes lo atravesó. Vio personas reunidas en círculo, hablando en susurros. Vio miedo convertido en acuerdo. Vio un nombre compartido solo una vez, y luego enterrado bajo capas de silencio.
Retiró la mano de golpe.
—No lo quiero saber —dijo, respirando con dificultad—. Los nombres atan. Siempre lo hacen.
La rata se movió inquieta. Caminó alrededor de la fuente, marcando el suelo con pasos lentos, deliberados. Cada vuelta parecía cerrar algo invisible, como si trazara un límite.
El vagabundo comprendió entonces que ese lugar no era un punto cualquiera. Era un nudo. Un sitio donde la ciudad había decidido olvidar algo a propósito.
—Y tú estuviste aquí —dijo, mirando a la rata—. No como eres ahora. Antes.
La rata se detuvo. No negó nada.
El silencio se volvió espeso. El vagabundo sintió que si permanecían allí demasiado tiempo, algo terminaría de despertar. No una criatura concreta, sino una verdad demasiado grande para ser contenida.
—Escucha —dijo con voz baja—. Si hay un nombre… no lo digas. Nunca.
La rata lo miró con intensidad. Por primera vez, el vagabundo sintió resistencia. No desafío. Necesidad.
Entonces ocurrió algo distinto.
No fue la rata quien habló.
Fue la ciudad.
Un murmullo profundo recorrió la plaza, saliendo de las paredes, del suelo, de los espacios entre las piedras. No formaba palabras claras, pero el vagabundo entendió el mensaje con una claridad aterradora: el silencio estaba llegando a su límite.
Cayó de rodillas, con las manos en la cabeza.
—No puedo cargar con esto —dijo—. Yo no soy nadie.
La rata se acercó y apoyó su frente contra la de él. El contacto fue breve, pero suficiente. El vagabundo sintió una transferencia, no de recuerdos completos, sino de intención. De propósito.
Comprendió que la rata no era el centro de todo aquello. Era un guardián deformado por el tiempo, reducido, oculto, esperando a alguien que pudiera caminar en la superficie sin ser visto.
—Me elegiste —susurró—. Y yo no acepté nada.
La ciudad respondió con un nuevo estremecimiento. No amenazante. Expectante.
El vagabundo se puso de pie lentamente. Miró alrededor de la plaza, a las paredes altas, a la fuente seca, al cielo gris que apenas se veía desde allí.
—Está bien —dijo finalmente—. No diré el nombre. No dejaré que vuelva así.
La rata lo observó con algo que se parecía a alivio.
Pero en lo profundo, muy profundo, algo se removió.
Porque incluso los nombres que no se dicen encuentran otras formas de volver.
Editado: 11.01.2026